Capítulo 6 Capítulo 6

Rico y Petro jamás habían experimentado una humillación en toda su vida.

Estaban acostumbrados a ser ellos quienes dictaban la sentencia, quienes pisoteaban la dignidad de cualquier empleado, subordinado o enemigo que se cruzara en su camino.

Jamás habían estado en el bando de los vencidos, y menos aún de una forma tan pública y vergonzosa.

—Ginevra, juro que te haré llorar lágrimas de sangre —amenazó Petro, mientras se sacudía la solapa del traje en la acera—. Desearás no haber nacido jamás.

Sintiéndose imponente, revestida por el poder que su abuelo le había entregado, Ginevra esbozó una sonrisa helada.

—Puedes ladrar todo lo que quieras, querido padre. Pero los ladridos de un perro rabioso ya no consiguen asustarme.

A pocos pasos de ahí, Augusto observaba la escena con preocupación. Él conocía a la perfección el historial y el alcance de Petro; sabía muy bien que no era un hombre de lanzar advertencias vacías.

Temía no solo por la seguridad de Ginevra, sino también por el bienestar de los tres pequeños.

—¡Tú no eres mi hija! —bramó de repente Petro, perdiendo por completo la compostura y tomando por sorpresa a todos los presentes—. ¡Tú no eres!... Yo jamás tendría a una cualquiera como hija.

Hasta el propio Rico se quedó pasmado ante la confesión de su padre. En un primer momento, pensó que era producto del calor de la discusión, o del resentimiento desde el día en que Ginevra quedó embarazada y fue repudiada por la familia.

Sin embargo, a Ginevra le importaba muy poco lo que Petro dijera o cómo pretendiera verla. Después de todo, jamás había atesorado un solo recuerdo afectuoso de él.

Nunca fue un padre amoroso, ni presente, ni comprensivo; siempre se había mostrado como un hombre despiadado.

Sintiendo las miradas curiosas de los empleados y del personal de seguridad, y conscientes de que la humillación crecía con cada segundo que pasaban allí expuestos a la luz pública, Rico tiró levemente del brazo de su padre.

—Padre, vámonos de aquí. Nos están mirando todos.

—Déjame —se zafó Petro con brusquedad, dedicándole una última mirada cargada de odio a Ginevra.

—Es mejor que le hagas caso a tu hijo, Petro —intervino Ginevra, cruzándose de brazos—. Porque de lo contrario, tendrán que terminar la discusión en una delegación de policía por escándalo en la vía pública.

—Voy a... destruirte —escupió con los dientes apretados.

Ginevra le dedicó una última sonrisa despectiva y dio media vuelta. No volvió a ingresar a las oficinas de la empresa; caminó hacia la salida y subió al automóvil junto a Augusto, dando la orden de dirigirse de inmediato al asilo donde sus hijos y su abuelo la esperaban.

El trayecto se mantuvo en silencio durante unos minutos, hasta que el abogado no pudo contenerse más.

—Ginevra... No era necesario llegar al extremo de esa humillación pública.

—Se lo merecían por cada hora del infierno que me hicieron pasar.

Un pesado silencio se instaló en el vehículo mientras avanzaban por el tráfico de la Roma de 1995.

—Petro es un hombre peligroso cuando se ve acorralado —volvió a advertir el abogado.

—Petro no es más que un perro rabioso que ladra y ladra, pero que ya no tiene dientes para morder.

Lo que Ginevra ignoraba, era hasta qué extremo su supuesto padre era capaz de llegar con tal de proteger su orgullo y su estatus.

—Ginevra, te lo ruego, en verdad debes cuidarte las espaldas.

Ella se giró para mirarlo con el ceño fruncido, desconcertada por el matiz de angustia que temblaba en la voz de Augusto.

—¿Acaso sabes algo que yo no sé?

Augusto apartó la mirada hacia la ventanilla y, evitando cruzar sus ojos con los de ella, respondió en un murmullo:

—Solo sé que, cuando un hombre como él se siente perdido, se vuelve totalmente incontrolable.

Ginevra suspiró con pesadez, sacudiendo la cabeza.

—Sin el poder de la empresa y sin la fortuna de los Rizzo, Petro no es absolutamente nadie.

El automóvil se detuvo frente a las tranquilas puertas del asilo.

Ginevra había tomado la precaución de dejar a sus hijos al cuidado de su abuelo ese día, sabiendo que el enfrentamiento en el corporativo iba a ser áspero y no apto para niños.

No tenía niñeras de planta; siempre se había encargado de ellos, teniéndolos a su lado tanto en casa como en sus jornadas de trabajo. Jamás se había separado de sus pequeños por tantas horas, y aquel día no fue la excepción.

—¡Mamá! —exclamaron los tres al unísono en cuanto la vieron aparecer.

Los gemelos corrieron emocionados a su encuentro, seguidos de cerca por Liana. Estaban jugando muy entretenidos cerca del viejo en el jardín trasero.

—Tardaste mucho hoy, mamá.

—Un poco más de lo habitual, amores. Pero supongo que no se aburrieron estando con el abuelo, ¿verdad?

—¡Para nada! Jugamos muchísimo. El abuelo es increíblemente divertido —contestaron alegres.

Ginevra pidió a los niños que se adelantaran y esperaran en el auto junto a Augusto, pues necesitaba regalarle un momento a solas al patriarca.

—Está hecho, abuelo —susurró Ginevra, sentándose a su lado—. Aunque... tal vez me pasé un poco con la forma en que los saqué de allí.

El anciano esbozó una sonrisa nostálgica y negó con la cabeza.

—Tengo la certeza de que recibieron exactamente lo que se merecían.

A Lionel le importaba muy poco los métodos que su nieta hubiera utilizado contra Petro y Rico; al fin y al cabo, ambos habían sido despiadados y crueles con ella en el pasado. Ya era hora de que alguien les pusiera un alto y ajustara cuentas de la manera en que su propia hija nunca pudo hacerlo en vida.

—¿Estás bien, abuelo? Te noto algo fatigado —preguntó al percibir una sombra de tristeza en la mirada del anciano.

—Lo estoy, hija mía. Ahora que has regresado a Roma con mis bisnietos, soy el hombre más feliz del mundo.

Ginevra le regaló un abrazo antes de despedirse. Apenas subió al vehículo de regreso, una silueta apareció por la parte delantera del asilo: era Petro, quien había llegado furioso tras ser desalojado.

Exigió a los recepcionistas ver a Lionel, pero la administración se negó a recibirlo, desatando una indignación aún mayor en él.

Sin embargo, Petro no estaba dispuesto a marcharse con las manos vacías; necesitaba hablar con su padre y resolver ese problema antes de que cayera la noche.

Aprovechó el descuido de una joven empleada de limpieza que salía por la puerta lateral cargando bolsas de basura, se coló hacia el interior de la residencia, y una vez adentro, caminó con paso firme por los pasillos sin que nadie se atreviera a detenerlo.

Llegó al jardín trasero donde su padre reposaba a la sombra de los árboles. Se paró frente a la silla de ruedas, se inclinó bruscamente apoyando ambos antebrazos sobre los reposa-brazos, invadiendo el espacio del anciano, y siseó con furia:

—No me digas qué haces todo esto porque piensas que así encontrarás el perdón de tu sucia hija.

Lionel le miró con rabia.

—Viejo. Hagas lo que hagas, nada cambiará. Así que, ordena a la bastarda de tu nieta que regrese por dónde vino, o de lo contrario...

—¿De lo contrario, qué?

—De lo contrario confesaré que no soy el padre de esa cualquiera. Que hace 24 años me obligaste a adoptarla como hija, porque la suelta de mi hermana se embarazó sin estar casada.

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