Capítulo 7 Capítulo 7

Lionel Rizzo miró fijamente al hombre que se erguía ante su silla de ruedas, agitado y con las venas del cuello hinchadas por la rabia. Una sonrisa serena, cargada de sabiduría, se dibujó en los labios del anciano.

—Sabía que vendrías a chantajearme con eso, Petro —dijo con voz pausada—. Pero sabes qué... nada de lo que digas o hagas provocará que cambie de opinión.

Petro apretó los dientes, dando un paso más hacia adelante hasta acorralar la silla de ruedas contra el césped.

—Bien... Entonces tu adorada nieta sufrirá las consecuencias de tu necedad —siseó con veneno—. Se enterará de la peor manera posible de la basura de donde proviene.

—No —interrumpió Lionel, alzando la barbilla con autoridad que los años no habían logrado arrebatarle—. El único que sufrirá todas y cada una de las consecuencias serás tú, cuando el mundo descubra que ni siquiera llevas una sola gota de la sangre Rizzo por tus venas.

Petro se quedó helado en su sitio, como si una descarga de agua congelada le hubiera golpeado la espalda. Sus ojos se abrieron con pavor.

—Durante décadas dejé que un bastardo dirigiera la joya de mi corporativo —continuó el anciano, fijando sus ojos grises en los del hombre que tenía enfrente—. Permití que tomaras decisiones de millones de liras sin consultarme, que te pavonearas con mi apellido ante la alta sociedad de Roma, simplemente porque te consideraba mi hijo.

—Te crié como tal porque amaba profundamente a tu madre, y por ese inmenso amor fui capaz de casarme con ella cuando el malandro sin escrúpulos con el que se enredó la dejó embarazada y a su suerte. Te di un hogar, te di afecto sincero y te eduqué como a mi propio primogénito... Pero tú jamás fuiste capaz de hacer lo mismo por mi nieta.

—¡Ella se embarazó de un desconocido! —rugió Petro, desesperado por justificar su crueldad, dando un manotazo al aire—. ¡Se preñó exactamente igual que tu hija sin estar casada! ¡Se entregó a la deshonra! ¡Yo solo hice exactamente lo mismo que tú hiciste en el pasado!

—¡No! ¡No hiciste lo mismo que yo! —sentenció Lionel, levantando la voz con firmeza que hizo eco en los muros de piedra del jardín—. Tú la echaste a la calle como si fuera un trapo sucio. La dejaste a la intemperie, a merced del frío de la noche, del hambre y de los peligros de esta ciudad.

—¡Lo hice para que recapacitara! —gritó Petro, fuera de sí, mientras algunos enfermeros a lo lejos comenzaban a voltear sobresaltados—. ¡Para que entendiera que lo único sensato era regresar arrastrándose y deshacerse de ese bastardo que llevaba en las entrañas!

—Tú no tenías el más mínimo derecho a decidir si mi nieto merecía vivir o morir —replicó Lionel con desprecio—. Lo que tenías que hacer como padre, si es que te quedaba un gramo de humanidad, era cuidarla. Era protegerlos a ambos del mundo.

Petro soltó una carcajada amarga, carente por completo de alegría.

—¿Protegerlos? ¿Como protegiste tú a mi hermana? ¿Encerrándola entre cuatro paredes hasta que nació esa bastarda? —se inclinó aún más, hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del rostro ajeno—. Dime, Lionel... ¿Qué demonios habrías hecho si mi hermana no hubiera muerto en ese maldito parto? ¿Le habías arrebatado a su bastarda para que yo la criara tal cual lo hiciste?

—La habría protegido hasta el último aliento de mi vida —respondió el anciano sin dudar un segundo, con una lágrima contenida brillando en sus ojos—. Como protegí a tu madre. Como te protegí a ti de la vergüenza social. Porque eso es precisamente lo que hace una familia de verdad: protegerse en las tormentas. Pero tú jamás comprendiste el verdadero significado de esa palabra. Por eso mismo, no mereces, ni merecerás jamás, llevar las riendas de mi conglomerado.

Apretando los puños hasta que las articulaciones le dolieron, Petro masculló entre dientes:

—¿Y de verdad crees que una muchacha inexperta como ella podrá liderar una cadena hotelera de la magnitud de la nuestra?

—Claro que podrá hacerlo —afirmó Lionel—. Porque Ginevra sí es una auténtica Rizzo. Sangre de verdadera empresaria corre por sus venas, no la cobardía que tú heredaste de tu progenitor.

Ciego de ira ante el insulto a su linaje, Petro descargó un empujón violento contra el respaldo de la silla de ruedas. La estructura rodó sin control hacia atrás sobre la hierba hasta chocar con brusquedad contra el tronco de un viejo árbol.

Un enfermero de turno que observaba la escena corrió de inmediato por el sendero para intervenir, interponiéndose entre Petro y el anciano mientras acomodaba la silla.

—¡Señor, no puede tratar de esa forma a los residentes! —le increpó el empleado con indignación—. ¡Le exijo que se retire ahora mismo o llamaré a la policía!

—Yo trato a este viejo exactamente como se lo merece —escupió Petro, ajustándose el saco de su traje y girando sobre sus talones.

Lionel observó la figura de Petro alejarse a pasos agigantados por el pasillo del jardín. Una sonrisa impregnada de amargura se dibujó en sus labios marchitos al contemplar al niño que había arrullado en sus brazos, al muchacho al que le había enseñado el negocio y que ahora, convertido en un hombre de cincuenta años, le pagaba la crianza, la fortuna y el apellido con semejante desprecio.

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Ginevra ingresó a la villa, invitó a Augusto a pasar a la estancia de la residencia para descansar un momento.

A través de los ventanales del salón, se divisaba el patio trasero, donde se alzaba el columpio y el pequeño parque infantil que su abuelo había mandado a montar para los niños.

—El parque quedó verdaderamente impecable —comentó Augusto, quitándose el sombrero y colocándolo sobre la mesa de centro.

—Sí, los niños están felices con él —sonrió Ginevra, observando desde la distancia cómo Liom y Liam perseguían a Liana mientras la niña intentaba imponer el orden en el juego.

—¿Y ya has conseguido a alguien para que se encargue de cuidarlos durante el día? —preguntó el abogado.

Ginevra contempló las risas de sus pequeños.

—A decir verdad, no creo que sea del todo necesario contratar a un desconocido.

—Ginevra, debes ser realista —le advirtió Augusto suavemente—. La cadena hotelera del Grupo Rizzo no es un negocio modesto como la pequeña empresa que levantaste en Palermo. Aquí estamos hablando de docenas de propiedades, contratos internacionales, cientos de empleados y un nivel de responsabilidad abrumador. Te consumirá horas enteras.

—Lo sé, Augusto —respondió ella, girándose para mirarlo—. Tal vez consiga a alguien más adelante, cuando la situación se estabilice. Por ahora, me encargaré personalmente de que se adapten y de buscarles un buen jardín de niños.

—Precisamente sobre eso quería hablarte —dijo el abogado, metiendo la mano en el bolsillo interior de su saco para extraer un sobre—. Conseguí algunos folletos e información detallada de los mejores colegios de la ciudad. Son instituciones privadas, con excelente reputación y muy altos estándares.

—Muchísimas gracias, Augusto —agradeció Ginevra al tomar el documento en sus manos, conmovida por la atención al detalle del hombre.

—No tienes nada que agradecerme, mi niña —respondió él con una sonrisa cálida—. Sabes que siempre estaré aquí para ayudarte en lo que necesites, tal como se lo prometí a tu abuelo.

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En otro punto de la ciudad, la puerta de la residencia de Petro Rizzo se abrió de golpe con un estruendo que retumbó en las paredes de la entrada.

Rico ingresó a la casa hecho una furia, tirando el portafolios sobre la consola del vestíbulo.

En la sala principal, su madre y su esposa se encontraban cosiendo y hojeando revistas de moda.

Ambas se sobresaltaron al escuchar el impacto de la puerta y cruzaron miradas de preocupación.

Valery, acostumbrada al carácter volátil de su marido, se puso de pie rápidamente y corrió hacia el pasillo para ayudarlo a quitarse la chaqueta del traje.

—¡Esa maldita! —rugió Rico con los ojos inyectados en rabia, jalando violentamente los puños de su camisa—. ¡Nos ha humillado públicamente delante de todos los empleados!

Valery no se atrevió a preguntar de quién se trataba; conocía demasiado bien las consecuencias de formular preguntas inoportunas cuando él se encontraba en ese estado.

Se limitó a tomar la chaqueta, la colgó cuidadosamente en el perchero del recibidor y caminó detrás de su esposo hacia la estancia.

—¿Ocurrió algo grave en la oficina, hijo? —preguntó Laura, levantando la vista de su tejido con el ceño fruncido—. ¿Tu padre no volvió contigo?

—¡Por supuesto que ocurrió algo grave, madre! —escupió Rico, dejando caer su cuerpo con frustración sobre uno de los sillones—. Mi padre tuvo que ir directamente a la residencia de ancianos a buscar al abuelo para intentar solucionar el desastre que provocó.

Ambas mujeres quedaron sumidas en la confusión.

Valery, intentando apaciguar el ambiente como solía hacerlo habitualmente, se acercó despacio y colocó una mano sobre el hombro de su marido.

—Sea lo que sea que haya sucedido hoy en la reunión, estoy segura de que tu padre lo solucionará, y mañana a primera hora todo estará bien —dijo con tono conciliador, restándole importancia al asunto.

Rico la miró con absoluta indignación.

—¡Esto no es una simple pequeñez que se pueda solucionar de un día para otro, mujer ignorante! —se giró hacia su madre y añadió con voz ronca—: El abuelo se volvió completamente loco. Lo que acaba de hacer en la junta directiva nos va a llevar a la ruina a todos.

Sin añadir una sola palabra más, Rico se puso de pie bruscamente, dejando a su madre atónita en la sala, y subió las escaleras a zancadas hacia el segundo piso para encaminarse a su dormitorio, ansioso por tomar una ducha de agua fría que le permitiera aplacar la ira que le quemaba por dentro.

Como era su costumbre, Valery lo siguió en silencio unos pasos por detrás, dispuesta a asistirle en lo que fuera necesario para evitar otro estallido.

—¿Cómo se le ocurre regresar a Roma después de lo que hizo? —refunfuñaba Rico mientras se desabrochaba la corbata con brusquedad frente al espejo del tocador—. Y para colmo, plantarse frente a mi cuñado...

Valery, que sostenía una toalla limpia entre las manos, frunció el ceño en un gesto de amarga comprensión.

—¿Estás hablando de... Ginevra? —preguntó en un murmullo vacilante.

—¿De quién demonios más voy a estar hablando? —escupió él, mirándola con fastidio por el espejo.

—¿Ginevra ha regresado a la ciudad?

Rico se giró abruptamente, le arrebató la toalla de las manos con un tirón:

—¡Hay veces en que de verdad te vuelves rematadamente tonta, Valery! —la mujer bajó la cabeza de inmediato, pidiendo disculpas en un susurro como hacía siempre que lo hacía enfadar—. ¡Si te estoy diciendo con todas sus letras que estuvo en la sala de juntas, es obvio que ha regresado!

El hombre azotó la puerta del cuarto de baño y abrió la llave de la ducha, dejando a su esposa sola en medio del dormitorio, sumida en una profunda pena.

Valery dejó escapar un largo suspiro, sintiendo una opresión en el pecho.

No pudo evitar pensar en su hermano Davide; si Rico se encontraba fuera de sí por la reaparición de Ginevra, no quería ni imaginarse la tormenta de resentimiento que debía estar destruyendo por dentro a Davide en ese instante.

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En el despacho de la mansión Lombardo, Davide se encontraba parado junto al gran ventanal de la propiedad, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, contemplando el jardín trasero con la mirada perdida en la nada.

En un sillón situado frente al escritorio, su padre, Octavio Lombardo, lo observaba fijamente, esperando pacientemente a que su hijo rompieces el silencio.

—Y bien... ¿Se puede saber cuál es ese asunto tan urgente que debías decirme en persona? —preguntó Octavio, acomodándose los anteojos.

Davide salió del trance, aunque no se giró para mirar a su padre.

—Ha ocurrido un problema con la firma de la alianza comercial con los Rizzo.

—¿Un problema? —Octavio se erguió en su asiento, frunciendo el ceño—. ¿De qué clase de problema estás hablando? El contrato estaba prácticamente listo para la firma.

—Petro Rizzo ya no está al frente de la compañía. Fue removido de la presidencia.

Octavio hizo un gesto de desdén con la mano, sin darle demasiada importancia al asunto.

—Bueno, Petro siempre ha sido un incompetente impulsivo. Me imagino que el viejo Lionel habrá decidido colocar a Rico en el puesto principal. No le veo el mayor inconveniente a negociar con el muchacho.

Davide suspiró pesadamente antes de responder.

—Rico tampoco está al mando. El viejo Rizzo ha nombrado a un... una nueva presidencia ejecutiva.

Octavio se puso de pie de inmediato, apoyando las manos sobre la superficie del escritorio.

—¿De qué me estás hablando? ¿A quién se supone que han nombrado? ¿Por qué no se nos notificó de un cambio de esta magnitud a los socios principales?

Davide guardó silencio. Se giró muy despacio, con el rostro ensombrecido por una mueca de dolor y rabia.

—Fue a ella —susurró apenas.

Su padre arrugó la frente, sin llegar a comprender la referencia.

—¿Ella? ¿Qué significa 'ella'? ¿De quién demonios estás hablando, Davide?

Antes de que pudiera pronunciar el nombre que le quemaba la garganta, la puerta del despacho se abrió sin anunciar. Mariza, la madre de Davide, ingresó con el rostro pálido y la mirada desencajada, dominada por la preocupación.

—¿Estás bien, cariño? —se apresuró a decir la mujer, acercándose a Davide para tomarlo del rostro y palparle los hombros—. Me enteré de que volvió ¿Es cierto que Ginevra...?

—¡No te atrevas a mencionar su miserable nombre delante de mí! —rugió Davide fuera de sí, apartando los brazos de su madre.

—Ella... volvió a Roma —musitó Mariza con voz temblorosa, llevándose una mano al pecho.

Otavio observó la reacción desencajada de su hijo. Atando los hilos en su mente, susurró con incredulidad:

—¿Es ella... la nueva presidenta ejecutiva del Grupo Rizzo?

—Sí, padre —sentenció Davide con frialdad, apretando los puños con fuerza—. Y si no se soluciona este inconveniente, presentaré mi renuncia irrevocable a la firma. Porque no pienso, bajo ninguna circunstancia, compartir el mismo aire ni el mismo espacio con esa traidora.

Sin esperar respuesta de sus padres, Davide caminó a pasos agigantados hacia la salida, azotando la puerta de madera del despacho tras de sí.

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Davide conducía su automóvil a gran velocidad por las calles de Roma hasta llegar al edificio residencial donde se ubicaba su departamento privado, un lugar que venía ocupando desde hacía un par de años cuando decidió buscar independencia de la mansión familiar.

Subió en el ascensor en absoluto silencio, con la mandíbula apretada y la cabeza a punto de estallar por los recuerdos del pasado que la presencia de Ginevra había desenterrado. Sacó el manojo de llaves, abrió la puerta principal y arrojó el metal sobre el pequeño plato de bronce del recibidor.

Apenas cruzó el umbral del pasillo de entrada, una figura femenina de silueta esbelta salió a su encuentro.

La mujer se abalanzó sobre él con una sonrisa radiante, rodeándole el cuello con los brazos y llenándole el rostro de besos apasionados.

—Regresaste mucho más temprano de lo que esperaba, mi amor —dijo Cleonice con voz mimosa, besándolo en los labios mientras le desabrochaba los primeros botones de la camisa.

Davide la tomó por la cintura de forma automática, pero su mirada permaneció fría, distante, fija en ventanal del salón, incapaz de borrar de su mente el rostro de la mujer que acababa de volver a ver después de tanto tiempo.

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