Capítulo 8 Quién ríe al último
BLAIR
Sus palabras me dejaron en blanco, pero la chillona risa de Kristen ni siquiera me dejó pensar y, para cuando alcé la vista, ella se acercaba a paso raudo.
—Papá, ¿por qué Dominik debería estar con Blair? ¡Ella es muy desabrida y no tiene el encanto que un hombre así busca! ¡Déjamelo a mí! Te aseguro que lo conquistaré. —Se sentó al lado del abuelo y tomó sus manos, haciendo un mohín.
Él respiró hondo y negó con la cabeza. Era un pez gordo conocido por ser implacable, pero se ablandaba con ella por el cariño que le tenía. Todos los hombres tenían un punto débil.
—Cariño, Dominik es un hombre inteligente, es astuto. No cualquier chico puede formar su propia gran empresa desde la nada con apenas veinte años, mucho menos hacerla crecer tanto como él lo hizo —comentó con tono dulce—. Es un tipo astuto y Blair pareció gustarle, además Blair también es muy inteligente y comparten intereses. Sabrá tratarlo mejor de lo que tú podrás.
Kristen frunció el ceño, consciente del fondo de esas palabras, y yo no pude evitar reírme para mis adentros.
—Papá, ¿estás diciendo que soy una tonta? —Se echó hacia atrás, mostrando su descontento.
El abuelo, conocedor de cómo tratar a la gente, negó con la cabeza.
—Para nada, Kristen. Solo digo que cada persona tiene sus fortalezas y debilidades. Tú eres una muchacha hermosa, y sin duda encontrarás al hombre indicado para ti pronto, y Blair es inteligente y comparte intereses con Dominik, ya que ambos se dedican al campo espacial. Es la más adecuada para esto.
Yo solo los veía curiosa. No me gustaba eso de ser amenazada, pero tampoco me representaba demasiado. Es decir, era una mujer independiente que vivía en esta casa porque me gustaba estar con mi abuelo, a pesar de lo molestas que podían llegar a ser Kristen y Celia; sin embargo, si tenía que irme no es que fuera el fin del mundo.
Pero, pensando en la herencia de mamá, y en esos sueños que tenía a futuro, también vi ventajas. Si podía llevarme el dinero y hacer lo que quisiera a costa de conseguir una sociedad de Dominik con mi abuelo, ¿era equiparable? ¿Valía la pena?
El tipo era guapo, vamos, un papasito con un físico que me parecía perfecto… pero su personalidad era el problema. ¡Era un cochino pervertido que solo pensaba en sexo!
Apreté los dientes y bajé la vista, ignorando el espectáculo que se desarrollaba con zalamería ante mí y, tras unos segundos, alcé la cabeza.
—Está bien, abuelo, haré lo que me pides. Cuenta conmigo —dije con firmeza, y el abuelo asintió sonriente.
—Perfecto. Tienes mi bendición entonces.
• • •
Pero una cosa era decir que lo haría y otra hacerlo, y tras subir a mi cuarto no pude dormir pensando cómo demonios conquistaría a ese tipo.
A la mañana siguiente llegué al trabajo de punta en blanco, aunque por dentro agotada, y tuve mi primera reunión de personal.
El proyecto VON55 aspiraba a revolucionar no solo el turismo espacial, sino que sus aplicaciones apoyarían otros aspectos de la vida diaria de los seres humanos, y el cronograma era ajustado.
Tenía un software base que era necesario rodear de un hardware de calidad y, aunque mi trabajo consistía más en cálculos y números, esperaba con ansias que llegara el momento.
—Blair, hoy te encargarás de clasificar los reportes de resultados que la empresa ha hecho estos años. Esta semana quiero un diagnóstico en mi escritorio —ordenó Benjamin—. Ten cuidado con los documentos, son clasificados.
Él habló como si aquello fuera nada, cuando en realidad se trataba de cientos y cientos de reportes que necesitaba leer a detalle y luego clasificar.
Tuve que pedir autorización para ingresar a las bases de datos y comencé con la tarea, olvidando de momento el hecho de que debía encontrar la manera de hablar con Dominik.
Pasé los siguientes dos días enterrada en eso y, aunque era cansino y no dejaba de escuchar a Benjamin presionarme, me permitió conocer a profundidad el proyecto y los deseos y conocimientos del jefe, del CEO de la empresa, que había desarrollado personalmente los primeros prototipos probados años atrás, cuando solo tenía unos veinte años.
Viendo el quién sabe cuál reporte, apenas al mediodía, no pude evitar soltar un bostezo, que enseguida tapé con una mano.
—Ni siquiera es mediodía y ya estás bostezando, ¿segura que quieres trabajar o solo vienes a flojear?
La mordaz frase vino de Helen, y en el momento en que alcé la vista encontré sus ojos desdeñosos.
—¿Disculpa?
La mujer volteó hacia mí con ojos despreciativos.
—No le causes problemas a Ben. Llevas tres días haciendo eso y aún no terminas, ¿qué de difícil hay en clasificar unos archivos? Yo lo hago a diario y no me ando con tanta tardanza.
La suficiencia imperaba en su tono, pero no pude evitar reírme.
—¿Eres astrónoma? ¿Has estudiado astronáutica o astrofísica? ¿Sabes de estructuras de aeronaves o motores? —Ella frunció el ceño, pero no dijo nada, y volví a reírme—. Entonces deja que los que sí sabemos hagamos nuestro trabajo, y tu sigue ocupándote de llevarle su café y sus papelitos al jefe, y de calentarle su camita por las noches. —Sonreí y volví a mis labores.
Pero Helen no estaba dispuesta a dejarlo pasar, era una rencorosa idiota; sin embargo, cuando quiso contestarme se encontró asediada por las miradas desdeñosas del resto de los empleados, pues interrumpía sus labores, y chascó con la lengua, dio la vuelta y se fue a la oficina de Benjamin, mascullando algo que no escuché:
—Ya verás, maldita. ¿Te crees superior? Ya veremos quién ríe al último.
