Capítulo 2 Me vuelve loco.
Paola contuvo el aliento, la presencia de Elías Castro fue suficiente para llenar la enorme sala en la que estaban, sin hacer el esfuerzo.
Él conectó su mirada con la de ella, para desviarla al instante, como si fuera una escultura más del lugar, inerte y sin vida.
Bastó un segundo para que esos ojos color café claro la quemaran como si pudiera rosar su cuerpo.
‘Su odio es un incendio imposible de apagar’ pensó Paola tragando saliva.
No es necesario que ella hable, un quejido detrás de sí llenó todo el lugar.
— ¡Hijo! ¡Elías mi amor! Esto es horrible, mira lo que esta mujer me hizo.
Carolina se acercó a él para mostrarle el rostro donde tenía marcados los dedos de la que era su esposa.
Elías cerró los ojos y soltó el aire…
Demasiados problemas por todos lados y siempre llevaban a ella.
— ¿Ahora la golpeas?— La pregunta carece de duda, es más una afirmación, sin sorpresa, un punto esperado de ella.
Paola guardó silencio, de nada serviría defenderse cuando ya fue declarada culpable, su mano ardía después del golpe.
Y dejó escapar una pequeña sonrisa de satisfacción.
— ¿No has robado suficiente? — preguntó él dando por hecho el rumor que la seguía como una sombra en cada paso que daba.
‘La esposa del joven Castro se acuesta con el señor Castro’ recordó ella, había escuchado incontables veces ese susurro solo con sentirla pasar.
Paola jadeó como si sus palabras fueran golpes directos hacia su pecho.
— Lo hizo hijo— su madre apuntó hacia Paola con desdén— esta mujercita que tu padre nos obligó a recibir no es más que una ventajosa y mi delicado rostro está pagando el precio por sus errores.
La mirada de Elías se desvió al suelo, justo en dirección de los pies de Paola.
Su mirada se suavizó al ver pequeños cortes carmesí en sus pies.
Su mano se acercó en dirección de sus heridas aunque solo un instante después se desvió para acomodar su cabello, declarando ese movimiento un gesto de agotamiento y no una debilidad de sus deseos.
‘Ella no’ pensó Elías Castro mostrando de nuevo la mirada fría e impenetrable que lo caracterizaba, incluso más al estar frente a ella.
Su mano izquierda sentía la prisión que sin paredes no le permitía escapar.
El maldito anillo que le dejaba clara una cosa…
No tenía control sobre su cuerpo, sus decisiones, incluso sobre sus deseos.
Para después girarse al jarrón hecho miles de pedazos detrás de ella.
— Madre el jarrón ¿qué pasó?
Carolina palideció, atrapada en su propia red de mentiras, si le confesaba que ella lo había lanzado, podría enfurecerlo o algo peor… Mostrarle la verdad
— Yo puedo decirte…
— ¡No tu cállate!— Gritó Carolina recomponiéndose de inmediato— Que otra cosa puede ser que esta mujer ignorante de lo que valen las cosas, hijo, ella lo arrojó con coraje solo porque le dije que no podrá ir a ninguna de las reuniones de beneficencia de este año.
— Eres increíble…— susurró Paola mirando cómo la mujer que un momento antes se mostró imparable ahora hasta encorvaba la espalda y bajaba la mirada apenada por tener que dar una noticia como esa a su hijo.
— Déjame ver si entendí, madre. Paola al enterarse que no podría ser un miembro público de la familia Castro, lo primero que hace es arrojar un jarrón invaluable contra el suelo deshaciéndose de una fracción de fortuna por su rabia.
Elías se relamió los labios, y apretó sus manos en un par de puños.
— Sí, hijo, eso es lo que hacen las personas que no tienen conocimiento y en este momento no sé si sea posible, pero deseo descontarle del monto de divorcio ese arranque de rabia, mujeres como ella no deberían tener fortuna, después pierden el suelo.
La mirada de Carolina se giró y toda su presencia se hinchó solamente por el respaldo de su hijo.
— Elías, yo no…— Paola no tuvo oportunidad de defenderse.
— Paola, no quiero saber absolutamente nada. En este punto no quiero más de tus mentiras.
— ¿Mías? —Cuestionó con una sonrisa amarga y dolorosa. Tenía meses peleando por hacer las pases, por decirle que para ella también era difícil su matrimonio que no quería verlo sufrir pero… jamás la había escuchado— ¿En verdad piensas que la que miente soy yo?
Elías acortó la distancia entre ellos, pero el aroma a jazmín y frescura lo frenó en seco golpeando sus instintos como un bloque de hierro.
Sus manos se apretaron volviendo blancos todos sus dedos.
Su mente le gritaba que no lo hiciera pero su cuerpo tenía otra opinión.
‘No, lo que ella quiere es utilizar cualquier estrategia para presentarse como la señora Castro.’
Un rayo atravesó el pecho de Elías porque su presencia, su esencia, ese par de ojos del color de la esperanza, no lo dejaban tranquilo.
La tortura era constante, día y noche, sin piedad.
Y eso era lo que lo ponía furioso.
— Quiero que entiendas una cosa y sólo una cosa—susurró Elías con tono gélido quedándose justo frente a ella, sin importarle la diferencia abismal de tamaño.— Mi madre, sólo ella y nadie más es la señora Castro, la señora de esta casa.
Paola dio un paso hacia atrás, dispuesta a responderle y gritarle sus verdades, pero alguien más carraspeó, llamando la atención de todos.
Ella se giró para mirar a una muchacha de servicio que tiene un paquete, una caja de cartón en sus manos.
— ¿Señora Castro?
— Sí— responden ambas mujeres y la muchacha de servicio se puso completamente roja.
— Le decía a… me refería a… la esposa del señor Elías.
— ¡Entonces no la llames señora Castro!— Gritó Carolina encolerizada— si es que valoras tu trabajo, no quiero escucharte mencionar de nuevo ese título para dirigirte a ella.
Carolina quien antes tenía como centro de atención a Paola, había cambiado directamente hacia la joven inexperta.
— Que te quede claro, la única señora Castro soy yo, y tú y cualquiera de los de tu calaña tienen que entenderlo.
Después Carolina se fue furiosa marcando el paso.
Sin embargo, la pequeña muchacha tenía el labio inferior tembloroso con la mirada directamente hacia el suelo, conteniendo las lágrimas.
— Tranquila, no pasa nada, no te hará daño— susurró Paola acercándose a ella.
— Sólo quería avisarle que le llegó un paquete señora…— Se detiene al instante— señorita Castro.
La confusión en ella era notable.
— Sólo dime Paola, ¿me entiendes? Sólo soy Paola.— Susurró ella al mismo tiempo que se alejó del lugar dejando completamente a solas a Elías. — Déjalo en mi habitación, lo revisaré más tarde— susurró Paola con delicadeza.
Ella estaba tan concentrada en la muchacha de servicio que no notó que Elías se giró para verla salir, concentrado en cada uno de sus pasos.
Respirando por primera vez con normalidad, pero sus pasos lo movían en automático en la misma dirección que ella.
— Esa mujer me vuelve loco. — susurró negándose a preguntar ¿quién es Héctor? ¿Por qué le mandaba paquetes? Era un nombre que había leído en la etiqueta del paquete y que no podría olvidar.
