Capítulo 3 Dime la verdad.
Paola preparó una jeringa enorme con un líquido color rojo sangre, el olor a hierro se coló por su nariz.
‘No importa cuánto tiempo pase… jamás me acostumbraría a este olor a muerte’ pensó ella.
— Pequeña Paola, ¿cómo te va en la mansión? Se que no es a lo que estás acostumbrada pero… No puedo hacer demasiado necesitándote diariamente, he escuchado quejas de algunos de los ayudantes del servicio…
— No te preocupes Rafael, todo está perfecto, el carácter frío de tu esposa no es dirigido a mí— dice ella fingiendo una sonrisa.— Estoy encantada de estar aquí a tu lado.
— Lamento que este viejo te obligara a…
— No me importa cuánto tiempo sea, solamente quiero tu recuperación.
El hombre aparentemente fuerte para sus sesenta años se recostó en la cama para desabrocharse el pantalón, solo una pequeña parte.
— Vamos, hazlo de una vez pequeña, cada vez siento que me duele más.
— No seas llorón— susurró Paola conteniendo las lágrimas.
Ese hombre imponente iba desgastándose de forma casi inexplicable, sutil, invisible.
Pero ante sus ojos que conocían la verdad, era algo extremadamente doloroso, estaba envuelto en tanto lujo que no quedaba espacio para la compasión o el amor.
Paola se mordió el labio, sus cuidados serían recompensados sin importar lo que le costara.
Rafael miró que tenía algunas heridas en las piernas.
— ¿Qué te pasó? ¿Te lastimaste?
Paola se había olvidado por cubrir las heridas más superficiales.
—Me corte al estar en el jardín con las rosas.
El hombre jadeó, un sonido profundo y doloroso.
— Debes tener mas cuidado.
Después de inyectarlo, se lavó las manos con alcohol como debe ser y para ocultar el olor a medicamento se bañó en el perfume que siempre utilizaba.
— Nadie debe saber este secreto— susurró Rafael tomándola de la mano justo antes de salir.— Mi vida está en tus manos pequeña Paola.
Ella se giró, suspiró y colocó su mano justo sobre la de Rafael.
— De mi boca nadie lo sabrá, ¿entiendes? No te preocupes, para mí siempre serás mi tío, mi adorado tío.
El hombre sonrió, se recostó en la cama y cerró los ojos, recibir el tratamiento no sólo era doloroso, sino también agotador.
Paola abrió la puerta y en cuanto salió de la habitación de Rafael Castro una hora después de haber entrado, como todos los días su cuerpo se erizó, la sensación de ser observada no la abandonó en ningún momento.
‘¿Quién me mira? ¿Quién me observa? ¿Qué quiere?’ pensó ella mordiéndose el labio inferior, aunque no alcanzó a identificar nada las enormes paredes parecían cerrarse sobre su cuerpo sin detenerse.
Su corazón latió acelerado y caminó más rápido en medio de la oscuridad de ese lugar.
Cuando sintió una mano fuerte y cálida cerrándose en su muñeca para jalarla hasta llegar a una habitación y cerrar la puerta para quedar a solas.
— ¿Quién demonios te crees que eres?— preguntó Paola al encontrarse con el hombre que estaba viviendo en su cabeza sin pagar renta.
Su esposo.
El hombre que debía amarla pero solo le daba dolor y desprecio helado.
Su corazón traidor ante lo que quería pensar y lo que deseaba sentir, comenzó a latir desesperado, sabiéndose a solas con ese hombre que parecía derretir el mismo polo con un suspiro.
‘Sin importar lo que sienta, esto tiene un final marcado antes de comenzar y después de eso seremos como dos extraños’ pensó haciendo sus manos un par de puños.
—Meses— susurró Elías, observando la debilidad de ese delicado cuerpo que se presentaba frente a él.— Meses, tienes meses entrando a la misma hora, quedándote una hora en la habitación de mi padre y después sales como si nada.
Él se agarró el cabello sin poder evitarlo.
Paola abrió los ojos.
— Así que eras tú.
Una sonrisa amarga salió de los labios de él.
— Ya no puedo tolerarlo, no puedo ignorar tus horrorosos hábitos, los asquerosos instintos de mi pa…
— Cállate— Ella dio un paso hacia Elías— guarda silencio, no te atrevas a hablar así de tu padre.
Apuntándolo con un dedo.
— De mí podrás decir lo que quieras Elías, ¡absolutamente lo que quieras!— gritó Paola conteniendo las lágrimas— pero de tu padre no, ¿entiendes? Él es de los hombres más fuertes y guerreros que conozco…
Elías rechinó los dientes de rabia.
‘Se atreve a defenderlo, a ser orgullosa por él.’
— Frente a mí. No puedes hablar mal de él.
— ¿Qué? Ahora me regañas como si fueras mi madre— él eliminó más distancia entre ellos— como si quisieras usurpar su lugar, no solamente en la cama de mi padre, sino también ante mí. ¿Qué vas a querer después?— El dolor en sus palabras era imperceptible para ella— Que te diga: sí, madre, por supuesto.
Las palabras de Elías eran dagas que se clavaban en su alma, y sus ojos las lanzaban sin compasión.
‘No’
Lo que quería era que la viera de manera diferente, que a pesar de ese matrimonio impuesto con el paso del tiempo él la mirara como era realmente una mujer amable y que podría ser amada, como Paola había llegado a identificar esos instantes que la volvían loca.
La delicadeza con que trataba a su madre y hermana, el cuidado hacia su mascota y la necesidad de siempre hacer lo correcto sin importar lo difícil que le resultara.
Siempre y cuando no se tratara de ella.
La cordura se evaporaba al instante.
Él se acercó a ella. La mirada de Paola enmarcada por pestañas tan hermosas, que rivalizaban con las alas de una mariposa, lo estaban desarmando.
Sus ojos que brillaban, con una fuerza de lucha que jamás había visto nadie más, y sus labios carnosos, rojos, deliciosos.
‘Suficiente’ pensó él, acercándose un poco más. ‘Ella es la amante de mi padre, no puedo desearla. No, cuando él ya la ha tocado.’ Pensó haciendo un par de puños sus manos serpenteantes ante la necesidad de tocarla.
A pesar de no quererlo su cuerpo tenía más control que su mente al pensar en ella.
— Dime, dime la verdad— susurró él, tomando sus manos, juntando sus muñecas sobre la cabeza de ella para colocarlas contra la pared.
El aliento de ambos se combinó, la intensidad de sus presencias se encapsula y no hay más que absorber el olor del otro, la esencia abrumadora del otro.
El calor abrumador ante la rabia y confusión de él ante la fría sensación de soledad y sentirse expuesta de ella.
Él pasó saliva contando el tiempo que están así, cerca uno del otro, acercando su rostro hasta rosar con delicadeza su mejilla con la nariz.
— Dime la verdad, acéptalo en voz alta y te aseguro que tendré compasión.— Declaró sintiendo cómo su alma se apagaba ante la verdad frente a su cara.
