Capítulo 4 ¿Qué haces aquí?
Paola cerró los ojos tratando de contener la respiración.
Cada inhalación era como beber la esencia del hombre al que se supone debía odiar.
El calor de su mano quemaba sus muñecas como si pudiera atravesar su piel, como si pudiera fusionarse con ella.
‘No, esta no es la realidad.’ Pensó desconcertada.
Todo había comenzado seis meses atrás.
Rafael había ido a visitarla constantemente cada mes y ella estaba feliz en una de las comunidades más arraigadas y, sobre todo, aisladas del país.
— Querida Paola, qué feliz te veo en estas tierras.
El rostro lleno de culpa de Rafael la había puesto alerta anticipando algo grave oculto en su rostro amable.
— Dime, tío, ¿qué pasa? ¿Qué me ocultas? ¿Qué vienes a decir? –No le gustaba guardar secretos y si se hablaba directamente cualquier tema sería perfecto.
Un suspiro sonoro de parte de Rafael llenó el lugar y él mismo la guio hacia un lugar a solas.
— Tengo algo que confesar y solo confío en ti.
— Dime, ¿qué pasa? ¿Qué sucede?
Él apretó las quijadas fijando la vista en el horizonte.
— Estoy enfermo, Paola, y nadie de mi familia debe saberlo, tengo dudas sobre su lealtad, sobre todo en este momento de debilidad.
—Tío pero debes tenerlos cerca, estar con tu esposa y tu hijo…—El hombre había negado con la cabeza.
Su mirada se concentró en ella, y el cuerpo de Paola se erizó.
Esa mirada era intensa incluso hasta suplicante.
— Será nuestro secreto—Ella contrajo las cejas— y solo a ti puedo confiarte mi salud, mi integridad, el resto de mi vida.
El silencio llegó a ellos y sin esperarlo una carcajada infantil al fondo de ellos fue la horrible ironía del inicio de la vida y su lucha contra la muerte.
— Sólo si lo aceptas.
— ¿Cómo? ¿En mí? Yo no soy enfermera, tío. Yo no soy doctora. Yo no soy...
—Te necesito cerca. No solo por mí, sino por tu propio bien.— Había dicho ese hombre recargando la cabeza hacia atrás en el aire, con el peso de un secreto guardado en sus hombros por décadas.
Un frío glacial recorrió su columna.
Se le secó la boca, lo que había comenzado como un favor ahora era algo más…
Una lucha por mantenerse con vida.
— ¿Por qué?...—Dijo ella con un susurro atorado en su garganta.
—Sí, con el paso del tiempo he estado cuidándote, pero si yo estoy enfermo, si no puedo resguardarte, mantenerte a salvo como ha sido todos estos años, no creo que tú puedas... Durar demasiado tiempo con vida.
Ella sintió que el estómago encogía.
— Tío, ¿de qué hablas? No… no entiendo. Yo soy solo…
— Tú eres más de lo que piensas. Eres más de lo que sabes. Y eres el punto clave para una verdad casi impensable, una verdad que solo yo conozco.
Ella se mantuvo en silencio sin saber qué decir.
— Hija, necesito meterte a mi casa, que me acompañes, que formes parte de mi tratamiento y sobre todo para que cuides que nadie se encargue de adelantar mi muerte.
— ¿Puedo ir de invitada? ¿Puedes decirme...?
Rafael comenzó a negar.
— No. Te daré la protección de mi apellido, de mi linaje y mi poder y para conseguirlo…
Él endureció la mirada justo como en su juventud implacable e indomable, por primera vez desde que había llegado ese día.
— Te casarás con mi hijo, Elías Castro.
Paola soltó el aliento.
— Será la excusa perfecta para estar juntos sin despertar sospechas.
— Tío, puedes encargar ese trabajo a cualquiera.—Las manos de Paola sudaban
— No. ¿Sabes cuánto pagarían por poder deshacerse de mí? ¿Sabes cuántos enemigos tengo que estarían haciendo un festín, solamente por saberme enfermo?
Paola cerró los ojos.
—Te necesito, hija.
Hija, Paola jamás lo había escuchado de nadie más… sólo de él y ahora no podría negar que lo quería con toda su alma, como ese padre que no recordaba haber tenido.
Y esa fue la frase que deshizo absolutamente todos sus argumentos que pensó para negarse, porque él había llegado a salvarla cuando estaba en medio de la oscuridad, en un orfanato, después de haber perdido toda su familia y no recordar ni su nombre.
Porque gracias a él tenía un futuro y ahora ella podía devolverle el favor.
—Sí, tío, como tú digas.
— Sólo te pido seis meses. Seis cortos meses. — Había dicho Rafael.
Paola regresó al presente abriendo los ojos y encontrarse con la mirada escrutadora de Elías.
Parecía atravesarla por completo.
Tragó la saliva.
— No me importa lo que digas o lo que pienses que sabes. Nada de lo que tú piensas que es verdad tiene sentido, Elías.
Ella empujó el cuerpo de su esposo hacia atrás.
— No me toques. ¿Comprendes? No te acerques. Incluso no te hagas el indignado.— Ella siente su respiración cortarse al saberlo tan cerca, con las muñecas ardiendo al resentir ya no tener su roce.
— No pienses un solo instante que tienes derecho a reclamarme absolutamente nada.
— Es increíble— declaró Elías, mordiéndose el labio.
—Lo increíble es que tú todavía seas un niño malcriado— declaró Paola saliendo de la habitación.
Se detuvo en el umbral de la puerta para declarar.
— Pero que se puede esperar, si te educo una mujer como tu madre.— Ella cerró la puerta escuchando el aullido furioso de Elías dentro de esas cuatro paredes.
Horas más tarde.
Paola caminó por el pasillo decidida a revisar la calidad de lo que traía el paquete.
Sin embargo, ese par de ojos deslumbrantes y cálidos como el mismo fuego no abandonaban su cabeza.
‘Suficiente, Paola, suficiente. No te distraigas tienes demasiado que hacer y el tiempo se agota’.
Abrió la puerta, y se encontró con la figura del hombre que no había abandonado sus pensamientos.
— ¿Qué haces aquí?— cuestionó Paola, resistiendo el instinto de desviar la mirada hacia las manos de Elías.
— ¡¿Qué?! ¡¿Ahora resulta que vas a comprar lencería especial?!— gritó Elías, como si intentara contener el fuego que quemaba cada uno de sus pensamientos. —¿Para qué la encargarías?
— Ese no es asunto tuyo. No tienes por qué revisar mis cosas.
Paola se acercó a él tratando de arrancar la prenda de sus manos.
‘Pero al ser un tejido tan delicado, lo puedo romper si lo cojo con demasiada fuerza.’ Hizo una mueca resignada y decidió soltarlo en contra de su voluntad.
El cuidado a la prenda solo alimenta la furia que consume a Elías.
‘Si la cuida tanto es… que quiere usarla… con alguien más’
— Dime — exigió Elías al acercarse con paso amenazante tratando de envolver a Paola hasta encerrarla en una de las esquinas de su habitación.
— ¿Qué es lo que vas a hacer con ropa como ésta si tú y yo no hemos consumado nuestro matrimonio?
