Capítulo 1 La Melodía Del Caos

—¡Dios, más! ¡Por favor, no pares!

El grito me rasga la garganta, una súplica desesperada que rebota contra las paredes de esta habitación de hotel.

No reconozco mi propia voz.

En toda mi vida, jamás he sonado así: tan hambrienta, tan rota, tan increíblemente sucia.

El desconocido sobre mí no duda.

Sus manos grandes y ásperas se aferran a mis caderas con una posesividad que roza lo doloroso, dejando marcas en mi piel que seguramente mañana serán moretones oscuros.

Pero ahora no importa el mañana. Solo importa la fricción, el sudor y la electricidad violenta que me recorre la columna cada vez que él se hunde en mí.

Y se hunde profundo.

Me llena por completo de una forma que Leonidas jamás ha logrado en tres años de relación.

No hay delicadeza aquí. No hay esa rutina mecánica y aburrida de los viernes por la noche en el apartamento de mi prometido.

Aquí no existe el deber.

Él se retira casi por completo, dejándome con una sensación de vacío insoportable por una fracción de segundo, solo para volver a embestir con una fuerza bruta que me sacude hasta los dientes.

Mi espalda choca contra el colchón con cada golpe, marcando un ritmo salvaje.

—Mírame.— ordena.

Su voz es grave, un gruñido cavernoso que vibra contra mi pecho.

Abro los ojos y me encuentro con una mirada oscura, depredadora.

Me observa como si quisiera devorarme, como si pudiera ver directamente a través de mi fachada de niña buena.

—Eso es.— murmura, y su boca desciende con hambre voraz hacia mi pecho.

Arqueo la espalda, ofreciéndome.

Sus labios atrapan mi pezón derecho, chupando con fuerza, su lengua experta juegan con la piel sensible mientras sus dientes raspan ligeramente.

Un gemido agudo se me escapa.

La sensación es un latigazo directo desde mi pecho hasta mi clítoris.

Con Leonidas, el sexo es un trámite.

Es cumplir con mi deber de novia para que él se descargue y se sienta complacido.

Es el sexo misionero, en silencio, escondidos como ratas para que mis padres no se enteren de que su preciosa hija perdió la virginidad hace años.

Pero con Leonidas, mis senos son adornos; con este hombre, son instrumentos de placer.

Él suelta mi pezón con un chasquido húmedo y me da la vuelta en un movimiento fluido, dejándome a cuatro patas.

—Arriba esa cola.— gruñe, y obedezco sin pensar.

Siento su pecho pegado a mi espalda desnuda, y su respiración agitada quemándome la nuca.

Sus manos recorren mi columna, y bajan despacio, agarrando mis nalgas con fuerza, separándome, exponiéndome para él.

Y entonces, vuelve a entrar de una sola estocada, tomándome desde atrás.

El ángulo es obsceno, profundo.

Roza ese punto exacto dentro de mí que ha estado dormido toda mi vida.

—Ah... ¡ahí!— jadeo, empujando mis caderas contra su pelvis, buscando más presión.

Él responde con un azote sonoro en mi nalga derecha.

El ardor se mezcla con el placer, disparando mis terminaciones nerviosas.

—No te contengas.— me ordena al oído, aumentando la velocidad— Sé que lo quieres. Sé que no eres la santa que aparentas con ese vestido caro.

Tiene razón.

No soy la hija perfecta que mis padres creen haber criado para un matrimonio casto.

Y definitivamente no soy la novia satisfecha que Leonidas cree tener.

Soy esto.

Soy esta mujer que gime bajo el cuerpo de un extraño, traicionando cada norma moral que me han inculcado.

Una de sus manos rodea mi cintura, manteniéndome firme, mientras la otra viaja hacia adelante, entre mis piernas mojadas, buscando mi clítoris.

Cuando sus dedos lo encuentran y empiezan a frotar con un ritmo endiablado, el aire se escapa de mis pulmones.

Es demasiada estimulación.

El calor se acumula en mi vientre como lava líquida.

Ya no pienso en la cena familiar del domingo. No pienso en mi boda inminente.

—Voy a... voy a...— balbuceo.

—Córrete para mí. Ahora.

Y lo hago.

Mi cuerpo se tensa, los músculos de mi vagina se contraen alrededor de su miembro, apretándolo, y estallo.

Es un espasmo violento que me sacude entera.

Grito, mientras las oleadas de placer me golpean, dejándome ciega a todo lo que no sea esta sensación.

Siento cómo él también se tensa detrás de mí.

Con tres estocadas finales, brutales y profundas, se vierte en mi interior, gruñendo contra mi cabello húmedo de sudor.

Colapso sobre las sábanas revueltas, mis brazos cediendo.

Él se deja caer a mi lado, respirando con dificultad, hundiendo el colchón.

El silencio que sigue solo se rompe por nuestra respiración entrecortada.

Me quedo mirando a la nada, con el corazón desbocado, y una sola verdad brillando en mi mente: Acabo de destrozar mi vida perfecta. Y nunca me he sentido tan viva.

El desconocido pasa un brazo por mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo caliente.

—Vaya baile el que diste en el club.—murmura con voz ronca— Sabía que escondías fuego.

Me giro para mirarlo.

A la luz tenue, sus rasgos son duros, atractivos de una forma peligrosa.

No sé quién es.

Solo sé que, en una hora, me ha dado lo que mi prometido no ha logrado en tres años de sexo a escondidas.

Pero la realidad golpea rápido.

Mi celular vibra violentamente en la mesita de noche.

La pantalla se ilumina, hiriendo mis ojos en la penumbra.

Llamada entrante: Mamá.

Son las 3:00 a.m.

El pánico me golpea como un balde de agua helada.

Me siento de golpe, cubriéndome con la sábana.

Si mis padres descubren que no estoy en casa de mi amiga Sofía... Si se enteran de que su hija, a la que creen virgen e inmaculada para su boda, está en un hotel con un desconocido...

—¿Problemas?— pregunta él, apoyándose en un codo, divertido.

—Tengo que irme.— digo temblando.

Salto de la cama, buscando mi ropa interior y mi vestido con manos torpes.

—¿Te vas así?— su tono es seco— Ni siquiera me has dicho tu nombre real.

—Esto fue un error.— miento mientras lucho con la cremallera.

Él suelta una risa baja.

—Fue muchas cosas, preciosa. Pero un error no fue.

No le respondo.

Agarro mis tacones y mi bolso, y salgo huyendo de la habitación 802 sin mirar atrás, rogando que este secreto se quede enterrado aquí para siempre.

Siguiente capítulo