Capítulo 2 El Fantasma De La Habitación 802
—¿Mamá?— pregunto, inyectando una falsa preocupación soñolienta en mi tono— ¿Qué pasa?
—¿Dónde estabas?
Su voz es afilada, una navaja que corta a través del auricular sin piedad.
No hay saludo, ni cariño maternal.
—Dormida, mamá. Tenía el celular en silencio porque Sofía duerme.— miento.
Y la mentira fluye de mis labios suave y ensayada, pulida por años de práctica.
—¿Pasó algo grave para que llames a esta hora?
Hay una pausa al otro lado de la línea.
—Solo quería asegurarme de que habías llegado bien de esa. Sabes que odio que andes sola de noche, y más con esa amiga tuya que tiene tan poco decoro y ninguna aspiración matrimonial seria.
Sofía es mi salvavidas, mi coartada, la única persona que sabe que no soy la santa que mis padres exhiben como un trofeo en su vitrina social.
—Todo bien mamá. Ahora, por favor, déjame dormir. Mañana tengo el almuerzo con ustedes y Leonidas, y quiero estar descansada.
—Está bien. No llegues tarde. Sabes que a Leonidas le molesta la impuntualidad, aunque sea demasiado caballeroso para decírtelo a la cara.
Cuelgo antes de que pueda hacer más preguntas, exhalando un suspiro tembloroso.
El alivio es momentáneo, reemplazado casi al instante por una mezcla tóxica de culpa y una excitación residual que me hace apretar los muslos instintivamente.
Me siento sucia y no por el sexo sino por la facilidad con la que vuelvo a ponerme la máscara.
El domingo es un ejercicio de tortura psicológica diseñado a medida.
Estoy sentada a la mesa del comedor, con mi vestido de domingo familiar de color pastel y cuello alto, atrapada en una obra de teatro que odio protagonizar.
A mi derecha, mi madre critica sutilmente mi apariencia mientras sirve la ensalada.
A mi izquierda, mi padre preside la mesa con severidad bíblica, hablando de moral, decencia y las fluctuaciones del mercado de valores.
Y frente a mí, Leonidas.
Mi prometido me sonríe de vez en cuando, de manera educada, sin fuego.
Hace tres años me parecía seguro, pero después de la noche anterior, me provoca náuseas físicas.
—¿Estás bien, mi amor?— me pregunta en voz baja, aprovechando una pausa en el monólogo de mi padre— Te noto... distante hoy.
Me tenso.
Por un segundo, temo que pueda oler el sexo en mí. Que pueda ver las marcas invisibles que el desconocido dejó en mi alma.
—Solo es cansancio del trabajo.—miento, forzando una sonrisa frágil— Con la noticia de la adquisición de la empresa, todos estamos muy tensos.
Él asiente con comprensión y me aprieta la mano suavemente.
Su mano es suave, tibia. No tiene la fuerza bruta, la demanda de posesión que tenían las manos de aquel desconocido.
Cuando Leonidas me toca, siento un cariño aburrido. Cuando el desconocido me tocó, sentí que me quemaba viva.
—No te preocupes por eso.— dice Leonidas, con ese tono tranquilizador que usa para todo— Sabes que, una vez que nos casemos, no tendrás necesidad de trabajar si no quieres. Yo me ocuparé de todo.
Miro su boca mientras habla de los planes para la luna de miel y mi mente traicionera viaja de golpe a la habitación 802.
Recuerdo la boca del otro hombre en mi pecho, sus dientes raspando mi pezón.
Aprieto los muslos debajo de la mesa, sintiendo una humedad vergonzosa. Estoy cenando con mi futuro marido y mis padres, y lo único en lo que puedo pensar es en cómo un extraño me puso a cuatro patas y me hizo olvidar mi propio nombre.
Lunes, 8:30 a.m.
El aire en la oficina está cargado de tensión.
Nuestra pequeña empresa de marketing ha sido devorada, y el miedo se respira en cada esquina.
Mi jefe actual, el señor Martínez, camina de un lado a otro de la sala de conferencias como un animal acorralado.
—Compórtense.— nos sisea, ajustándose una corbata que parece estar estrangulándolo— El nuevo Presidente Ejecutivo viene personalmente. Sonrían, asientan y no hablen a menos que les pregunten.
Me aliso la falda.
Mi corazón late con fuerza, pero no por el trabajo.
Es una ansiedad flotante, un presentimiento oscuro que se me ha instalado en el pecho desde que salí de ese hotel.
—Ya está aquí.— susurra la secretaria, pálida como un espectro.
El silencio cae sobre la sala.
Nos ponemos de pie al unísono, rígidos como soldados.
La doble puerta de cristal se abre despacio. No entra una comitiva ruidosa. Entra él.
Una ola de frialdad y poder absoluto que succiona el aire de la habitación. Luego, los zapatos italianos impecables golpeando el suelo con un ritmo lento y deliberado.
Es alto. Demasiado alto para esta sala pequeña.
Lleva un traje gris carbón hecho a medida que se ajusta a unos hombros anchos que reconozco al instante.
Su cabello oscuro está peinado hacia atrás, severo, revelando un rostro de ángulos duros y belleza cruel.
Mi corazón se detiene y se convierte en una piedra fría en mi pecho.
El sonido del aire acondicionado desaparece. Las caras de mis compañeros se borran. El mundo se reduce a un túnel oscuro donde solo estamos él y yo.
El señor Martínez se adelanta, temblando, con la mano extendida.
—Señor... es un honor... soy Martínez, el gerente de...
Ni siquiera lo mira.
Camina hacia la cabecera de la mesa, pero no se sienta.
Se queda de pie, dominando el espacio, irradiando una autoridad que hace que me falte el oxígeno.
Sus ojos, negros como pozos de petróleo, empiezan a escanear la mesa. Es la mirada de un depredador evaluando qué pieza del rebaño es la más débil.
Pasa por mis compañeros con total indiferencia. Pasa por la secretaria con aburrimiento.
Y entonces, llega a mí.
El impacto es físico. Siento como si me hubiera golpeado en el estómago.
Se detiene.
Sus pupilas se dilatan. Veo el reconocimiento instantáneo, la chispa de sorpresa que dura una fracción de segundo antes de ser reemplazada por algo mucho peor: diversión oscura.
Me mira con la misma intensidad brutal con la que me miraba mientras me embestía contra el colchón hace treinta y seis horas.
Baja la mirada, lenta y descaradamente, recorriendo mi cuello alto, mis pechos cubiertos por la blusa recatada, y baja hasta mis manos, que se aferran al borde de la mesa con los nudillos blancos.
El silencio en la sala es ensordecedor. Nadie se atreve a respirar, pero nadie sabe que la tormenta es solo para mí.
El nuevo dueño de mi empresa da un paso hacia mí.
Invade mi espacio personal, trayendo consigo ese olor a madera y peligro que me ha atormentado durante dos días.
Una sonrisa lenta, perezosa y terrorífica curva sus labios.
—Interesante.— murmura, y su voz grave vibra en mis huesos, haciéndome temblar las rodillas.
Me quedo helada, incapaz de moverme, incapaz de hablar.
Siento el rubor subir por mi cuello, traicionándome.
—Siéntense.— ordena sin dejar de mirarme a los ojos— Vamos a empezar. Y señorita...— hace una pausa, saboreando mi pánico— quiero que se quede al final. Tenemos que discutir su... posición en mi empresa.
El doble sentido de sus palabras flota en el aire, pesado y cargado de promesa sexual, invisible para todos menos para mí.
Estoy muerta.
Mi vida perfecta acaba de arder en llamas.
