Capítulo 3 Jaula De Cristal

El sonido de la puerta cerrándose tras el último de mis compañeros resuena en la sala como un disparo con silenciador.

La sala de juntas, con sus inmensas paredes de cristal y la vista panorámica a la ciudad, de repente se siente minúscula, asfixiante.

El aire se ha vuelto denso, cargado con una electricidad estática que emana del hombre parado al otro lado de la mesa de caoba.

Dastian.

El nombre flota en mi mente, peligroso y seductor.

Dastian Blackwood.

Lo escuché entre los murmullos aterrorizados de la secretaria, pero es el nombre de pila el que se me clava en la piel como una astilla infectada.

Él no se mueve.

Permanece de pie junto a la cabecera de la mesa, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de traje, observándome con esa calma depredadora que me hace querer correr y, al mismo tiempo, caer de rodillas.

Lo peor es que no sabe nada. No sabe que soy una mujer comprometida a punto de casarse.

Puedo verlo en sus ojos negros. Veo deseo, reconocimiento, y posesión… pero no veo juicio moral.

Para él, solo soy la chica del bar que se entregó sin reservas. Y quiero que siga siendo así.

—Señorita…— hace una pausa deliberada, y veo cómo sus ojos bajan a la carpeta de recursos humanos que tiene frente a él, aunque sé que no necesita leerla— Eylin Valerius. Un nombre exótico para una mujer con tantos secretos bajo la falda.

Mi nombre en su boca suena diferente.

Cuando Leonidas lo dice, suena a porcelana, a algo frágil que se debe colocar en una estantería.

Cuando Dastian lo pronuncia, suena sucio. Suena a sábanas revueltas y a gemidos ahogados contra una almohada.

Me aclaro la garganta, intentando convocar los restos de mi dignidad profesional.

Me aferro al respaldo de mi silla de cuero, clavando las uñas en la tapicería.

—Señor Blackwood.— empiezo, mi voz temblando apenas un poco— Si esto es sobre mi puesto en la empresa, le aseguro que mis cifras de rendimiento son impecables. El señor Martínez puede corroborar que…

Dastian suelta una risa corta, seca, que corta mi discurso de raíz.

Empieza a caminar hacia mí, rodeando la mesa con pasos lentos y medidos, como un lobo cercando a una presa que ya está herida.

—¿Rendimiento?— repite, paladeando la palabra con ironía— Oh, no tengo dudas de tu rendimiento, Eylin. Tuve una demostración de primera mano hace menos de cuarenta y ocho horas. Y déjame decirte… tus cifras fueron impresionantes. Especialmente la frecuencia con la que suplicaste.

El rubor me sube por el cuello, caliente y violento.

Siento que me arde la cara. Quiero gritarle la verdad: “¡Me voy a casar! ¡Tengo novio! ¡Fue un error!”.

Pero las palabras se mueren en mi garganta, estranguladas por mi propio egoísmo.

No puedo decírselo.

Si le confieso que tengo un prometido, que llevo un anillo guardado en el fondo del bolso porque me lo quité para esa noche… ¿qué veré en sus ojos?

Dejaré de ser la mujer apasionada y libre que lo volvió loco y me convertiré en una vulgar adúltera. Una mujer fácil que engaña a su pareja buena y aburrida.

Y por alguna razón retorcida, la idea de ver decepción o asco en la mirada oscura de Dastian me duele más que la propia culpa.

Prefiero que piense que soy salvaje, a que sepa que soy una traidora.

—Eso es irrelevante.— siseo, retrocediendo un paso hasta que mi espalda choca contra el frío ventanal— Lo que pasó el sábado… eso pertenece a mi vida privada. No tiene nada que ver con mi trabajo aquí. Yo no sabía quién era usted.

Él se detiene a un paso de mí.

Invade mi espacio personal sin tocarme.

Puedo olerlo. Ese aroma a madera, tabaco caro y peligro invade mis sentidos.

—En mi mundo, Eylin, todo es relevante.— murmura, inclinándose hacia mí.

Apoya una mano en el cristal, justo al lado de mi cabeza, encerrándome.

Compré esta empresa. Soy dueño de este edificio, de los contratos… y técnicamente, durante las próximas ocho horas al día, soy dueño de tu tiempo. Y me gusta tener mis mejores inversiones al alcance de la mano.

—Usted no es mi dueño.— replico, aunque mi voz carece de convicción.

Mi cuerpo me traiciona de la manera más humillante: mis pezones se endurecen contra la seda de mi blusa, reaccionando a su cercanía, traicionando mi falsa indignación.

Dastian baja la mirada a mi pecho, notando mi reacción al instante. Una sonrisa de satisfacción oscura curva sus labios.

—Tu cuerpo no parece estar de acuerdo con tu boca.—susurra.

Levanta la mano libre y, con un solo dedo, traza la línea de mi mandíbula. Su tacto quema.

—Sigues temblando igual que esa noche.

—Por favor…— es una súplica débil.

—¿Por favor qué?— su voz baja una octava, volviéndose ronca— ¿Por favor vete? ¿O por favor termíname? Porque recuerdo claramente que el sábado tu “por favor” iba seguido de un “no pares”.

Cierro los ojos, incapaz de soportar la intensidad de su mirada.

—Tengo… tengo una vida complicada.—balbuceo, buscando una excusa que no sea la verdad completa— No busco nada serio. Lo del sábado fue solo… una válvula de escape. Estrés acumulado.

—¿Una válvula de escape?

Dastian se ríe, y el sonido vibra en su pecho.

—Llámalo como quieras. Pero tú y yo sabemos que lo que pasó en esa cama no fue casualidad. Fue química. Fue hambre. Y no soy un hombre que deje comida en el plato cuando todavía tiene apetito.

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