Capítulo 5 La Cena De Hipócritas
El espejo me devuelve la imagen de una extraña.
La mujer que me mira desde el cristal lleva un vestido de color crema, de corte midi, con un cuello barco recatado que apenas deja ver las clavículas.
El cabello está recogido en un moño bajo, pulcro, sin un solo mechón rebelde, tal como le gusta a la madre de Leonidas.
No hay rastro de la mujer salvaje de la habitación 802. No hay rastro de la ejecutiva ambiciosa que desafió a Dastian Blackwood ayer en la sala de juntas.
Solo queda Eylin, la prometida perfecta. La cáscara vacía.
Me aplico un poco más de corrector en las ojeras.
No he dormido nada. Cada vez que cerraba los ojos anoche, veía la sonrisa arrogante de Dastian y escuchaba su promesa implícita: "Nos vemos".
El claxon del auto de Leonidas suena dos veces en la calle.
Puntual, como un reloj suizo. Como la cuenta regresiva de una bomba.
Bajo las escaleras con el estómago hecho un nudo.
Al entrar en su sedán alemán inmaculado, Leonidas me recibe con esa sonrisa de satisfacción propietaria que antes interpretaba como amor y ahora veo como lo que es: orgullo por tener un buen accesorio.
—Estás preciosa, mi amor.— dice, inclinándose para darme un beso casto en los labios.
Huele a su colonia habitual, cítrica y ligera.
—Mi madre estará encantada con ese vestido. Es muy elegante.
—Gracias.— murmuro, abrochándome el cinturón de seguridad con manos que luchan por no temblar— ¿Estás... estás nervioso por ver a tu primo?
Leonidas arranca el auto y se incorpora al tráfico del domingo.
—¿Por Dastian?— suelta un resoplido despectivo— No, nervioso no es la palabra. Dastian es... complicado. Siempre ha sido la oveja negra, aunque ahora tenga más dinero que Dios. Es arrogante, cínico y cree que puede comprarlo todo. Pero es familia. Y mi tía Augusta insistió.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—¿Se llevan mal?
—Digamos que tenemos visiones diferentes de la vida. Él vive en el caos, yo prefiero el orden.— me lanza una mirada rápida— Por eso te elegí a ti, Eylin. Porque eres paz. Eres pureza en un mundo que ha perdido los valores. Dastian... él probablemente traiga a alguna modelo de turno o venga solo a presumir sus adquisiciones. No es alguien que entienda el compromiso.
Trago saliva, sintiendo que la bilis me sube por la garganta.
Si supieras, Leo. Si supieras que tu novia pura gritó obscenidades hace dos noches bajo el peso de ese caos.
El trayecto hasta la mansión de los padres de Leonidas en las afueras se me hace eterno y, a la vez, demasiado corto. Cuando el auto se detiene en la entrada de grava, siento el impulso irracional de abrir la puerta y echar a correr hacia el bosque.
Pero no lo hago.
Sonrío, tomo el brazo de mi prometido y camino hacia el matadero.
El jardín trasero es una escena sacada de una revista de alta sociedad.
Mesas con manteles de lino blanco, camareros discretos sirviendo champán, y el murmullo educado de tíos y primos lejanos.
Mi suegra, una mujer con el peinado lacado como un casco de guerra, se acerca a nosotros con los brazos abiertos.
—¡Eylin, querida!— me besa al aire, sin tocar mi piel para no estropear su maquillaje— Estás divina. Ese color te sienta de maravilla. Ven, quiero presentarte a los Vanderbilt, acaban de llegar de Suiza.
Me dejo arrastrar de un lado a otro, asintiendo, sonriendo, respondiendo preguntas sobre la fecha de la boda y las flores.
Interpreto mi papel a la perfección, pero mis sentidos están en alerta máxima. Cada vez que se abre la puerta de la casa que da al jardín, mi corazón se detiene.
Pasan veinte minutos. Treinta.
Empiezo a tener una esperanza estúpida.
Tal vez no venga. Tal vez Dastian tiene cosas más importantes que hacer que venir a un asado familiar aburrido. Tal vez fue solo una amenaza para asustarme.
Y entonces, el aire cambia.
No es algo que se pueda ver, es algo que se siente.
La conversación en los grupos cercanos se detiene poco a poco, como una ola de silencio que se expande desde la terraza.
Giro la cabeza hacia la casa, atraída por una fuerza magnética que no puedo controlar.
Y ahí está.
Dastian Blackwood está parado en el umbral de las puertas francesas, observando el jardín con una copa de whisky en la mano y una expresión de aburrimiento absoluto.
No lleva traje hoy. Lleva unos pantalones oscuros y una camisa negra desabotonada en el cuello, con las mangas remangadas hasta los codos, dejando ver los antebrazos fuertes y venosos que me sostuvieron contra el colchón.
Incluso vestido de casual, destaca entre la multitud de polos pastel y mocasines náuticos como un depredador en un zoológico de mascotas.
Mis rodillas chocan entre sí.
Leonidas, a mi lado, se tensa.
—Ahí está.— murmura con desagrado— Llegando tarde, como siempre, para hacer una entrada triunfal. Vamos, Eylin. Acabemos con esto.
Me tira del brazo suavemente.
Quiero clavarme en el suelo. Quiero desvanecerme. Pero mis pies se mueven, un paso tras otro sobre el césped perfecto, acercándome al abismo.
Dastian está hablando con su tía, pero sus ojos escanean el lugar.
Sé el momento exacto en que me ve.
Su mirada pasa por encima del hombro de Leonidas y se clava en mí.
Se congela.
Por una fracción de segundo, veo la confusión en su rostro.
Ve mi vestido recatado, mi pelo recogido, mi mano entrelazada con la de Leonidas. Ve a la "santa".
Y luego, veo la comprensión.
Es como ver una tormenta formarse en el horizonte. Sus ojos se oscurecen, pasando de la indiferencia a una intensidad letal.
Una sonrisa lenta, incrédula y afilada, empieza a curvar sus labios.
No es una sonrisa de saludo. Es la sonrisa de alguien que acaba de descubrir que le ha tocado la lotería y el premio es mi destrucción.
