Capítulo 10 CAPÍTULO 10: El valor de Bella
La fiesta aún continuaba. La música suave seguía llenando el ambiente, pero el ambiente estaba lejos de ser festivo. Los murmullos de los invitados persistían; todos seguían conmocionados por la confesión que Rafael había hecho hacía unos momentos.
En uno de los rincones del salón, Mateo permanecía inmóvil junto a una larga mesa decorada con frescas rosas rojas. Desde la distancia, sus ojos no dejaban de seguir a Rafael, que guiaba a Bella hacia la salida del salón. Cada segundo en que Bella permanecía junto a Rafael le oprimía el pecho.
Sin decir una sola palabra, Mateo extendió la mano hacia el florero que tenía delante. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de una rosa cubierta de espinas. Cuanto más fuerte la apretaba, más profundamente las espinas se clavaban en su piel. La sangre comenzó a brotar, tiñendo los pétalos que hasta hacía un instante habían sido perfectos.
Pero Mateo no la soltó.
Al contrario, apretó con más fuerza, como si el dolor de aquella herida fuera insignificante comparado con la otra que estaba desgarrándole el corazón. Su mirada seguía siendo fría, pero en su interior ardía un fuego de celos imposible de apagar.
Bianca, que no había dejado de observarlo, empezó a comprender lo que estaba ocurriendo. Sus ojos se abrieron de par en par al seguir la dirección de la mirada de su prometido. No estaba mirando a Rafael, quien siempre había sido su rival en los negocios y dentro de la familia.
Estaba mirando a Bella.
A aquella sencilla muchacha que, en teoría, no debía significar absolutamente nada.
Una vez más, Bianca quedó atónita. Con la voz atrapada en la garganta, apenas pudo murmurar para sí misma:
—No... no es por Rafael. Es por ella... por esa empleada doméstica.
Su mano se cerró con fuerza al costado de su vestido de gala. Su corazón temblaba, no solo por los celos, sino también por el miedo.
Por primera vez, Bianca sintió que el lugar que ocupaba al lado de Mateo no era tan seguro como siempre había creído.
Mateo seguía sin pronunciar palabra. La sangre continuaba goteando de su mano mientras su mirada permanecía fija en la espalda de Bella, que se alejaba cada vez más junto a Rafael.
Aquella mañana, la casa seguía tranquila mientras Bella ayudaba a preparar el desayuno en la cocina. El silencio se rompió cuando Beatriz se acercó con un botiquín entre las manos.
—Bella... por favor, cura la mano del joven amo. Se lastimó anoche —dijo Beatriz con preocupación.
Bella detuvo de inmediato lo que estaba haciendo.
—¿Tengo que hacerlo yo, tía Beatriz? —preguntó en voz baja.
Deseaba con todas sus fuerzas que aquella tarea se la asignaran a otro empleado. Después de lo ocurrido la noche anterior en la fiesta junto a Rafael, el miedo volvía a instalarse en su pecho.
Beatriz suspiró y le dio unas suaves palmadas en el hombro.
—Fue el propio joven amo quien pidió que fueras tú quien curara su herida. Además, tú vas a convertirte en doctora.
Sus ojos brillaban con un orgullo imposible de ocultar.
La anciana sonrió ampliamente mientras acariciaba el brazo de Bella.
—Aunque estudies gracias a una beca, me siento muy orgullosa de ti, Bella. En nuestra humilde familia, por fin habrá alguien que llegue a ser médico.
Bella se quedó inmóvil.
Sintió que un enorme peso caía sobre su pecho al ver la sincera sonrisa de su tía. No quería decepcionar a la única persona que depositaba tantas esperanzas en ella, aunque el miedo siguiera dominando su corazón.
—Está bien, tía Beatriz. Curaré la mano del joven amo.
Forzó una pequeña sonrisa para que su tía no descubriera la ansiedad que la consumía.
Con el corazón encogido, tomó el botiquín. Sus manos estaban frías mientras sujetaba el asa de la caja. Se dio la vuelta y comenzó a subir lentamente las escaleras, peldaño tras peldaño, hacia el segundo piso, sintiendo que la inquietud aumentaba a cada paso.
Ahora estaba inmóvil frente a la puerta de la habitación de Mateo.
Permanecía allí de pie, con la mano suspendida en el aire frente a la puerta.
Vacilaba.
No sabía si llamar de una vez para terminar cuanto antes aquella tarea o dar media vuelta y regresar corriendo a la cocina.
Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho.
Respiró hondo varias veces, intentando llenar de aire unos pulmones que parecían comprimidos por la ansiedad.
Cuando por fin logró calmarse un poco, reunió el valor para llamar tres veces a la pesada puerta de madera.
—Adelante.
La voz de Mateo llegó desde el interior, firme, fría y nada amable.
Bella entró lentamente.
Sus piernas temblaban ligeramente al adentrarse en aquella amplia habitación impregnada de un aroma masculino.
Mateo estaba sentado al borde de la cama. Con la mano izquierda sujetaba la muñeca derecha, donde se veía una herida con manchas de sangre ya seca.
—Voy a curar su mano, señor.
Bella se acercó y se arrodilló sobre el suelo, justo frente a él.
—¿No piensas preguntarme por qué me lastimé? —preguntó Mateo con frialdad.
La intensidad de su mirada era tal que parecía querer atravesarle el alma.
Bella guardó silencio.
Se concentró en abrir el botiquín, sacar un trozo de algodón y el antiséptico.
—Puede que le arda un poco. Por favor, resista.
No se atrevió a levantar la vista.
Cuando el algodón húmedo tocó la herida de la palma de Mateo, él ni siquiera hizo un gesto de dolor.
Al contrario, continuó interrogándola.
—Antes dijiste que solo eran amigos. ¿Me mentiste?
Bella siguió sin responder.
Con movimientos precisos y procurando que sus manos no temblaran, comenzó a vendar cuidadosamente la herida con una venda blanca.
—Ya terminé, señor. Procure que durante estos días la herida no entre en contacto con el agua.
Mientras guardaba el material médico en el botiquín, Bella se dispuso a levantarse para despedirse.
Pero, de repente, Mateo le sujetó la mano con brusquedad.
La fuerza de aquel tirón hizo que el pequeño cuerpo de Bella cayera directamente sobre el regazo de Mateo.
—¿Por qué sigues callada? ¿Por qué no respondes a mi pregunta? —susurró Mateo frente a su rostro.
Bella intentó apartarse, tratando de liberar su muñeca del férreo agarre que parecía un grillete de acero.
—Creo que tengo derecho a no responder una pregunta tan personal, señor —contestó con firmeza, aunque su respiración comenzaba a acelerarse.
Los ojos de Mateo brillaron con intensidad.
Con un movimiento brusco, empujó a Bella sobre la cama y enseguida se colocó encima de ella, inmovilizándola con el peso de su cuerpo.
—Veo que cada día eres más valiente, Bella —dijo con una voz baja y amenazante—. ¿Será porque ahora te sientes protegida como la futura esposa de Rafael?
Esta vez Bella no forcejeó como en ocasiones anteriores.
Permaneció completamente tranquila.
Lo miró directamente a los ojos con una frialdad inesperada.
Aquella calma solo consiguió enfurecer aún más a Mateo.
El hombre comenzó a inclinar el rostro, intentando besar los labios de Bella por la fuerza.
Bella reunió todas sus fuerzas, empujó con violencia el pecho de Mateo hasta abrir un pequeño espacio entre ambos y...
¡PLAF!
El sonido de una fuerte bofetada resonó en la silenciosa habitación.
La palma de Bella golpeó con tal fuerza la mejilla de Mateo que el rostro del hombre se giró hacia un lado.
Bella respiraba agitadamente.
Sus ojos estaban enrojecidos por la rabia.
Ya no lloraba como antes.
Esta vez, la mirada de Bella lo desafiaba abiertamente.
