Capítulo 3
Ella vaciló antes de empezar.
—Xandar, una cicatriz es algo normal entre los guerreros, más aún entre los Gamma. Si revisas los cuerpos de los otros Gamma que están aquí hoy, verás que muchos también tienen cicatrices. Algunas pueden ser peores que la mía. Conozco a unos cuantos Alfa y a un puñado de Luna que tienen cicatrices así por pelear junto a su manada. En verdad, esto no es para tanto.
Él escuchó sus palabras, y sus ojos se suavizaron al ver cómo ella hacía a un lado su propio calvario para poner bajo el reflector de la valentía a otros guerreros y líderes de manada.
Nadie sabía que, en ese momento, todo lo que Lucianne decía solo hacía que su Rey estuviera más seguro de que no había nadie más calificada para liderar a su lado como su Reina.
El corazón le dolió cuando su mirada volvió a la cicatriz en su hermosa pareja. Cuando se inclinó y estuvo a punto de besar la cicatriz, Lucianne retiró el brazo de golpe mientras decía:
—Quizá no sea lo más apropiado, dadas las circunstancias.
Él se había olvidado por completo de la gente a su alrededor. Solo la veía a ella. Con esas palabras, lo devolvieron a la realidad. Sonrió, dejando atónitos a los licántropos en la sala.
El Rey nunca sonreía. Nunca.
Xandar se alegró de que Lucianne no fuera sumisa solo porque él era el Rey. Entonces dijo:
—Tienes razón. Me gustaría conocer a los líderes de tu manada, Lucianne. ¿Nos presentas?
—Por supuesto.
Ella sonrió e hizo una seña para que su Alfa y su Luna se acercaran.
Caminaron hacia el Rey e hicieron una reverencia, con la cabeza todavía inclinada hacia el suelo, mientras Lucianne decía:
—Este es el Alfa Juan y esta es la Luna Hale de la Manada Media Luna Azul, su Al—… Xandar.
De pronto decidió no llamarlo por su título cuando vio, con el rabillo del ojo, que él estaba a punto de armar un escándalo.
—Arriba la cabeza, líderes de la Manada Media Luna Azul —dijo Xandar con una sonrisa.
Cuando levantaron la cabeza, Xandar extendió la mano hacia el Alfa Juan.
—Quiero agradecerte personalmente por liderar el ataque contra los renegados en el Norte el año pasado. Los renegados habrían seguido causando estragos de no ser por el liderazgo y la contribución de tu manada.
El Rey recordaba haber leído un informe sobre el exitoso aniquilamiento de una de las manadas de renegados más fuertes el año anterior, y desde hacía tiempo sabía que la Manada Media Luna Azul había estado al frente de la victoria. Se decía que esa manada contaba con la confianza de las otras y que era respetada por el liderazgo que había demostrado.
Había muchos testimonios de guerreros de otras manadas que le daban las gracias a la Manada Media Luna Azul, diciendo que «habían aprendido mucho» en cuanto a estrategia y combate.
El Alfa Juan y Luna Hale quedaron atónitos ante la amabilidad del Rey. No era ningún secreto que uno debía darse por agradecido con no terminar muerto. No era costumbre que el Rey repartiera elogios.
Juan tomó la mano del Rey y se la estrechó una vez antes de admitir, con timidez:
—Como sus súbditos, estamos más que agradecidos de ayudar en sus esfuerzos, Su Alteza. Pero mi Luna y yo no podemos atribuirnos el mérito del éxito del año pasado. Puede que seamos los más grandes en tamaño dentro de nuestra manada, pero nuestra Gamma, Lucy...
Juan hizo un gesto en dirección a Lucianne antes de continuar:
—...fue la estratega, la mejor entrenadora y guerrera, ya fuera en el campo de batalla el año pasado o dentro de nuestra propia manada. En lo que respecta al entrenamiento, yo estoy bajo sus órdenes. Ella fue quien nos condujo a la victoria.
Lucianne se mordía el labio inferior. Cuando supo lo que Juan iba a decir, intentó detenerlo a través del vínculo mental, pero a él no le importó escucharla. Tenía los ojos fijos en el suelo mientras rogaba que el momento terminara.
Ella no podía verlo, pero los ojos de Xandar brillaban de admiración por ella. Cuando notó que su mirada estaba clavada en el suelo, frunció el ceño y preguntó, preocupado:
—Lucianne, ¿qué pasa?
Lucianne negó con la cabeza y respondió con mansedumbre:
—Nada. Solo estoy cansada.
Él asintió, comprensivo. La mayoría de los lobos tenía que viajar una larga distancia hasta el territorio lican, así que era normal que llegaran agotados.
Se giró para mirar a todos mientras anunciaba:
—Mis queridos súbditos, les agradezco que hayan hecho el viaje hasta aquí. Que esta noche sea el comienzo de una colaboración valiosa entre manadas y especies. Por favor, coman algo si aún no lo han hecho. Me gustaría conocerlos a todos. Denme unos minutos. Volveré enseguida para agradecer a cada manada que me ha asistido estos últimos años. Disfruten la velada.
El discurso dejó a todos sorprendidos. El Rey nunca era tan acogedor. No era ningún secreto que detestaba esa noche todos los años. ¡Pero ahora no solo los recibía con los brazos abiertos, sino que prometía agradecer personalmente a las manadas que lo habían ayudado!
Sin prestar atención a las miradas, se volvió hacia Lucianne y dijo:
—Lucianne, deberías descansar un poco. Déjame acompañarte de regreso.
Ella miró a los líderes de su manada, presa del pánico, pero Juan dijo:
—Estaremos bien, Lucy. Ve. Anoche casi no dormiste.
El corazón de Xandar se encogió otra vez ante las palabras de Juan, pero decidió no decir nada. Cuando su mano se posó en la estrecha cintura de Lucianne, ella jadeó y se puso rígida, pero no hizo ningún movimiento para apartarla. Así que él dejó la mano allí mientras la guiaba fuera del salón.
En cuanto estuvieron fuera del edificio, Xandar preguntó:
—¿Por qué no dormiste anoche?
