Capítulo 4

—Servicio en la frontera —respondió con sencillez.

—¿Cómo es que estabas de guardia en la frontera la noche anterior a cuando se suponía que debías viajar?

—Los miembros disponibles estaban enfermos o tenían una familia que atender. No quería desacomodarle los turnos a nadie por esto, así que me quedé en mi puesto —se encogió de hombros.

Su respuesta desinteresada desprendía la nobleza de una Reina, su Reina.

Pero algo seguía inquietándolo.

—Lucianne, ¿por qué te incomodaste cuando tu Alfa te dio crédito por el éxito del año pasado? ¿Por qué no le diste las gracias y aceptaste el elogio?

Ella resopló y lo miró directo a los ojos.

—No lo hice por los elogios, su Al... Xandar. Cuando el Alfa Juan recibió la petición, les dejé claro a mis guerreros que el objetivo último de la guerra era mantener a salvo a los lobos inocentes. Les metí esa idea en la cabeza día tras día. Tenían que luchar para proteger, luchar con honor y nobleza, no por el simple hecho de complacer a alguien de un rango superior.

Él escuchó la firmeza de su voz, y sus labios se curvaron mientras ella continuaba:

—No acepté el elogio porque no lo hice por eso. Tampoco lo hice por ti, Xandar. Te respeto como mi Rey, pero no combatí a los renegados por ti. Luché por quienes no podían luchar. Por eso no acepté el elogio. Nunca lo haré, así que no intentes convencerme.

Su animal aulló por dentro, colmado de alegría y orgullo. Él y el lican que llevaba dentro no podían agradecerle lo suficiente a su Diosa. Estaban completamente eufóricos de que la Diosa de la Luna los hubiera unido a... una diosa. Noble. Desinteresada. Valiente. Hermosa. Lo que más despertó su interés fue su confesión segura de que priorizaba la vida de lobos inocentes a los que nunca había conocido por encima de su gobernante, a quien todos estaban obligados a complacer.

Pero, de algún modo, ella seguía pareciendo inalcanzable. Sentía que no se permitía acercarse a él tanto como él quería que lo hiciera. Y luego estaba esa confusión sobre su disposición a rechazarlo, o a que él la rechazara. ¿De qué se trataba eso? ¿Por qué pediría algo así?

Entonces recordó que ella había mencionado a sus «parejas anteriores». Parejas. Así que la habían rechazado más de una vez. Pero ¿por qué pensaría que él era como los demás? Él no era un lobo. Seguramente los licántropos eran más conocidos por su negativa a negar el vínculo de pareja, ¿no?

Admiró su perfil en silencio, contemplando a la criatura más hermosa que había visto en su vida. Esperaba aprender algún día todo sobre ella, pero para bien o para mal, estaba absolutamente seguro de que jamás dejaría ir a su pareja.

Cuando llegaron al hotel donde alojaban a una parte de los lobos, Lucianne se sorprendió de que Xandar aún insistiera en acompañarla hasta que llegaran a su habitación. Frunció el ceño al mirar su cicatriz mientras ella abría la puerta.

—Gracias por acompañarme de regreso. Que tengas buena noche, Xandar.

Su voz dulce hizo que él alzara la mirada hasta encontrarse con la suya.

Ella apenas había dado un paso dentro de la habitación cuando Xandar la sujetó de la muñeca y le levantó la mano hasta sus labios. Lucianne se quedó rígida, conmocionada, cuando él depositó un beso profundo en el dorso de su mano, enviándole una fuerte oleada de chispas por el brazo y luego por todo el cuerpo.

Aún le sostenía la mano cuando la miró a los ojos y dijo:

—Buenas noches, Lucianne.

Ella retiró la mano y entró en su habitación antes de cerrar la puerta tras de sí. Xandar se quedó donde estaba, y la oyó suspirar después de que cerró. Luego oyó abrirse y cerrarse puertas de alacenas, y después sus pasos cruzando la habitación, hasta que escuchó que se cerraba una segunda puerta.

Tras algunos sonidos de movimiento, oyó el agua de la ducha, y la parte licántropa de él se encendió ante la idea de su compañera desnuda en el baño. Se alejó de su puerta con rapidez, antes de que su autocontrol se evaporara.

Podía romper las bisagras y derribar la puerta con facilidad si quisiera. Ignorando a su animal gimoteante, que prefería saltarse el encuentro y pasar la noche con su compañera, regresó al pasillo y empezó a hacer sus rondas.

Le resultó divertido ver cómo los líderes de manada y los guerreros mostraban su sorpresa después de que él les expresara su gratitud. Había varios Alfas engreídos y Lunas esnobs que intentaron, y fracasaron de forma lamentable, parecer nobles mientras presumían con falsa modestia.

Xandar empezó a interesarse por las cicatrices que se veían en los cuerpos de sus súbditos pese a la ropa. El guerrero de la Manada Eclipse de Sangre, Gamma Raden, tenía una cicatriz en el rostro que bajaba hasta el cuello. Si la cicatriz hubiera estado un poco más arriba, habría quedado ciego de un lado.

—¿Cómo sucedió? —preguntó con preocupación, señalando la cicatriz.

El guerrero sonrió con cortesía mientras explicaba:

—Un ataque de renegados hace cinco años, Su Alteza. Atacaron a nuestra manada y formamos alianzas con Luna Azul Creciente y Sangre Blanca para erradicar a los renegados.

—¿Hubo muchos heridos? —preguntó el Rey.

—Perdimos a dos lobos en el ataque final, por desgracia, pero el número de muertos era mayor antes de nuestra alianza. Aunque no es agradable a la vista, debo admitir que esta cicatriz solo me trae alegría —dijo con sinceridad.

La curiosidad del Rey se avivó.

—¿A qué te refieres con eso, Gamma Raden? —preguntó.

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