Capítulo 1 Obligada
Valeria miraba con atención el horno de su pastelería. El aroma a chocolate le decía que el pastel estaba listo, solo faltaba decorarlo para que luciera atractivo en la vitrina principal.
Cocinar era su mayor forma de relajarse.
—Valeria —susurró su única compañera y mejor amiga, Sara Díaz.
—¿Sí? —respondió.
—Ahí viene tu hermana… —murmuró, con el ceño fruncido—. Me pregunto qué quiere, si nunca viene por estos lados.
Valeria levantó la mirada justo cuando la campanilla de la entrada tintineó. Verónica, su hermana gemela, desfiló como modelo con pasos elegantes. Cabello castaño, ojos azules y pecas exactamente igual que las suyas. Eran idénticas.
Llevaba puesto un abrigo de cinco mil dólares y unos tacones de diseñador que resonaban contra el suelo. Verónica recorrió el lugar con la mirada y su expresión al entrar fue de total asco.
—¡Valeria! ¿Es que no lees mis mensajes? —exclamó, acercándose a la caja.
—Bienvenida —habló Sara, preparada para atenderla.
—Quiero hablar con mi hermana. No vine a comprar nada —le ordenó.
Valeria escuchó todo, se quitó los guantes de cocina y miró a su gemela. La pastelería era un lugar pequeño.
—¿Necesitas algo?
—¡Te he dejado diez mensajes! ¿En dónde demonios estabas metida? —se quejó, inclinando ambas cejas.
—Lo siento, estaba ocupada haciendo los postres del día —le dijo.
—Es una estupidez. Ni siquiera tienen clientes —Rodó los ojos—. No deberían esforzarse tanto si al final del día solo consiguen una venta.
Valeria apretó los puños, con ganas de darle una bofetada, pero se contuvo. Verónica siempre se había creído la mejor solo por ser la favorita de su madre, y por haber tenido éxito en su carrera de chef, aunque fue a costilla de ella.
—Confío en mi talento —le respondió Valeria—. ¿Por qué viniste? Siempre has dicho que esta pastelería te parece un lugar muy cutre y de bajo nivel.
—Y mi opinión no ha cambiado, pero como soy una buena hermana, te pago el alquiler —le recordó—. En fin, necesito un favor tuyo.
—¿Un favor?
—Esta noche tendré una cita con un hombre importante. Necesito que me cubras en el restaurante —soltó, mirándose las uñas que se había hecho esa mañana—. Ya sabes qué hacer. Usar mi uniforme, actuar como yo y listo.
—¿Otra vez con eso? —cuestionó, horrorizada—. No estoy para tus jueguitos, Vero.
—¡Tienes que hacerlo! No puedo dejar mi puesto porque Joshua va a sospechar de mí y mis ayudantes de cocina son unos inútiles. No podrán sobrevivir una jornada sin su chef —bufó, con fastidio.
Valeria estaba harta de vivir bajo la sombra de su hermana y hacerle el trabajo sucio mientras se enfocaba en salir a flote.
—¿Por qué estás con Joshua si te vas a ver con otros hombres? —preguntó.
—Hermana, te he dicho muchas veces que gracias al dinero de Joshua puedo pagar mis lujos. No lo pienso dejar, aunque a veces me irrita —confesó, con ojos arrogantes.
—No lo haré. Nadie se merece eso… —refutó, cruzada de brazos.
Verónica alzó una ceja.
—¿No lo harás? De acuerdo. Entonces te vas a quedar sin local y supongo que dejaré de pagarle el tratamiento a papá ya que todo ese dinero proviene del contrato millonario con Joshua —la amenazó, con los dientes apretados—. ¿Estás segura de que quieres eso, hermanita?
Una rabia profunda y amarga le quemó el pecho. A veces sentía que a Verónica no le importaría dejar morir a su padre. Lo peor era saber que el maldito éxito de su hermana le pertenecía a ella; pues Verónica se había hecho famosa en todo el país, atrayendo incluso la mirada del poderoso Joshua Miller, usando las recetas originales y la sazón que Valeria había creado por cuenta propia.
Sin embargo, se tragó el orgullo al pensar en la frágil salud de su padre, el único que siempre la había apoyado, y también en la desesperada necesidad de mantener la estabilidad económica para su tratamiento contra el cáncer.
Tenía que agachar la cabeza porque lo que hacía en la pastelería no era suficiente.
—Está bien —Aceptó a regañadientes.
—¡Perfecto! Mi turno empieza hoy a las cuatro de la tarde.
Cuando Verónica se marchó, Sara se acercó.
—No deberías hacer todo lo que te dice —mencionó—. Verónica solo te está utilizando cada vez que quiere.
—Lo sé…
(...)
Valeria se colocó el uniforme, se recogió el cabello y se miró en el espejo. Aunque eran gemelas idénticas, Valeria podía notar la diferencia en sus miradas. ¿Cómo iba a igualar el rostro frío de Verónica? ¿Cómo iba a tratar mal a sus ayudantes sin querer hacerlo?
—Maldición.
Cuando llegó al restaurante, fue recibida por la mirada de todo el personal de cocina. Podía notar la tensión en el ambiente hacia ella. Tenía que hacerse la fuerte y mirar a todos con odio como Verónica lo hacía.
—¿Cómo van los platillos? —preguntó.
Valeria se tensó al pensar que su voz había salido ronca e insegura.
—E-estamos en ello. El turno de la mañana nos dejó todo listo para no tener retrasos —explicó uno, con temor.
—Bien.
Valeria se acercó a la sopa que estaba haciendo un par, el plato principal de la noche. Ella le dio una probada mientras los dos hombres se alejaban con miedo de ser empujados.
—Mmh, le falta una pizca de sal y el ingrediente secreto.
Valeria ya conocía ese lugar porque había suplantado a su hermana en varias ocasiones por la misma razón. Caminó hasta una estantería y agarró el frasco de aceite de trufa. Echó unas cuantas gotas en la olla y le dio otra probada, sonriendo con satisfacción.
Los murmullos se hicieron presente.
—¿Qué le pasa?
—Está actuando extraño.
—Me parece que está de buen humor hoy.
Valeria escuchó todo y supo que ya había metido la pata.
—¡Cállense! ¿No ven que intento arreglar su desastre? —gritó.
Todos reaccionaron al instante y la duda que tenían se esfumó. Valeria inhaló hondo, aunque odiaba gritarle a los demás, tenía que actuar como su hermana esa noche.
Se acercó a la mesa de picar y comenzó a rebanar la cebolla y las verduras, siguiendo la receta exacta que dominaba desde niña. De pronto, las puertas de la cocina se abrieron de golpe y Valeria se sobresaltó tanto que perdió el control del cuchillo, provocándose una cortada en el dedo.
—Auch…
Se lavó inmediatamente, aunque no dejaba de sangrar.
En ese momento, entró Joshua Miller, CEO de la cadena de restaurantes más famosa de todo el país “Miller Gastronomy”. Un hombre alto, de cabello castaño y ojos verdes. Podía intimidar a cualquiera.
Él enfocó a su novia.
—Verónica, ven aquí —ordenó.
Valeria se quedó helada porque en sus veces de suplantación, nunca había tenido que hablar por más de dos minutos con Joshua, y mucho menos la llamaba.
—¿Verónica? Necesito hablar contigo —repitió.
Valeria quería ser tragada por la tierra, se armó de valor y caminó hacia Joshua. En ese momento, él la tomó de la muñeca y la atrajo, atrapándola en un cálido abrazo. Ella se quedó sin habla, con la respiración cortada, sintiendo por primera vez el calor del hombre que su hermana utilizaba.
