Capítulo 4 Mi propiedad

Esa misma noche, Verónica estaba esperando a Valeria en su habitación. 

—¡Por fin llegas, hermanita! ¿Qué te tomó tanto tiempo? 

—Había mucho tráfico —dijo, sin ánimos—. ¿Qué haces despierta? 

—Necesito que me informes qué sucedió —se cruzó de brazos. 

—Vanguard Haute hará una gala exclusiva dentro de dos semanas y Joshua te encargó el menú. El plato principal será salmón con… —El chillido de Verónica no la dejó terminar. 

—¡¿Vanguard Haute?! ¡No puedo creerlo! Esta es mi oportunidad de destacar —habló, emocionada—. ¿Significa que voy a conocer a su CEO? 

—Por lo menos escúchame cuando te hablo —se quejó—. Joshua y yo discutimos sobre el plato principal y debes tener mucho cuidado a la hora de implementar el cacao. 

—Ay, ya. Luego me explicas a detalle —bufó, sacudiendo la mano—. ¿Joshua estuvo hoy en el restaurante? 

—Sí… —Valeria bajó la cabeza—. Él… ¿Suele ser así de extraño con la comida? Me dijo algo raro sobre su pasado. 

Verónica soltó una carcajada porque ya se sabía esa historia y le parecía ridícula. 

—Ay, por favor. Joshua siempre está obsesionado con un cuento tonto de su infancia y una niña que le dio un plato de sopa —alegó, sin importancia—. Yo solo le sigo la corriente para tener su tarjeta de crédito. No le prestes atención. 

Valeria no podía creer la frialdad en las palabras de su hermana. Había sido testigo de lo mucho que Joshua la quería, aunque ese amor fuera un poco posesivo… pero Verónica no mostraba ni una pizca de ese afecto hacia él, y eso le hacía hervir la sangre. Verónica solo estaba manipulando los sentimientos de Joshua por puro interés y dinero.

​—¡Eres una cínica, Verónica! —exclamó, apretando los puños con fuerza—. ¿Cómo puedes hablar de él con tanta frialdad mientras te revuelcas con otro?

​—¿De verdad vas a ponerte sentimental a estas alturas, Valeria? Por favor, madura. El amor no paga las cuentas, ni el estilo de vida que me merezco. ¡Y mucho menos va a pagar el costoso tratamiento de papá! Agradece que por mí es que siga vivo —rodó los ojos—. Joshua es un excelente proveedor.

—¡Él no es un juguete! —la voz de Valeria tembló por la rabia—. Joshua no merece a una mujer como tú. 

—Ay, miren qué tierna, le curó la manito —se burló Verónica, viendo la curita en su dedo—. No es la primera vez que lo hace porque no le gusta verme herida y está estúpidamente obsesionado conmigo. No te sorprendas. Escúchame bien, hermanita. Agradece todo lo que estoy haciendo por ti y por nuestra familia. Al final del día, el anillo de diamantes va a ser mío, no tuyo. Así que bájale a tu drama de heroína y ayuda a tu querida hermanita sin quejas.

—No puedo creer que seamos hermanas gemelas. Si no fuera por papá, le diría a todo el mundo eres un fraude. 

Valeria salió de la habitación sin esperar respuesta, fue directo al baño para ducharse y despejar la mente. 

(...) 

Al día siguiente, en las oficinas de la empresa de Joshua, él no había podido concentrarse en toda la mañana porque seguía saboreando el beso de la noche anterior y el impacto de la sopa. 

Le recordó de nuevo a la calidez de su infancia. 

Una idea brillante apareció en su mente. Iba a darle una sorpresa a su novia comprándole un enorme ramo de flores costosas. 

—Ya regreso —le avisó a su asistente. 

Joshua llegó al restaurante sin avisar y se encontró de golpe con Verónica. Cuando entró, pudo escuchar cómo ella le estaba gritando furiosa a un ayudante porque había roto un frasco de mayonesa.

—¡¿Eres imbécil o qué?! Te toca arreglar tu desastre. 

Parecía un completo ogro. 

—Verónica —la llamó—. Te traje un regalo. 

Ella lo observó con fastidio y miró las flores. Sonrió al ver que eran las más costosas de la ciudad y se acercó a él para tomarlas. 

—Gracias, cielito —le dio un beso en la mejilla—. ¿Cuándo me dijiste que sería la gala de Vanguard Haute? Estoy muy emocionada. 

—Ayer no te veías tan emocionada. 

—¡Estaba asimilando todo! 

Verónica ni siquiera leyó la pequeña carta que Joshua le había escrito a mano, le entregó el regalo con desdén a un ayudante para que las llevara a su casillero. Joshua observó la escena con indiferencia. No le importaba el mal carácter de Verónica con los empleados, al contrario, su arrogancia era parte de ella. Y ella era la misma niña que lo salvó. 

—¿Cómo está tu herida? —miró su mano—. ¿Te hiciste las uñas? Ayer no tenías… 

—¡Me las hice hoy! —se apresuró a decir—. ¿Y qué herida? —inquirió, luego recordó el dedo de su hermana—. Ah, ya ni se nota. No seas exagerado, Joshua. 

—Almorcemos juntos. Quiero que hablemos sobre algo. 

—Sí, déjame servir dos platos de lo que he preparado hoy. Una sopa deliciosa —respondió. 

Joshua esperó con paciencia en una de las mesas del restaurante y Verónica no tardó en servir el almuerzo. La sopa se veía exactamente igual a la que probó el día anterior, así que sonrió. 

La magia se desvaneció cuando llevó el primer bocado a su boca. 

—Esto es… 

—¿Me vas a decir que está horrible? Ahórrate tus críticas, Joshua. 

El plato era estéticamente igual, pero no tenía el "alma" ni la nostalgia de la noche anterior. Joshua estaba extrañado porque lo había preparado ella misma. 

—¿Anoche usaste algún ingrediente secreto? 

—D-de hecho sí —Verónica titubeó, sabía que podía ser descubierta—. Hoy la hice más… sencilla. 

—Por supuesto, debe ser eso —concluyó—. No tiene el mismo sabor de anoche, siento que le falta algo y estoy muy seguro de que los clientes frecuentes pensarán igual. Trata de no equivocarte en ningún detalle, por favor. Y si tienes algún ingrediente secreto, úsalo sin dudar. 

Verónica abrió la boca con ofensa. 

—¡No necesito tus críticas, Joshua! Eres tan cruel. 

—Soy un hombre de negocios que sabe lo que quiere —replicó, sin inmutarse por el berrinche de su novia—. Y mañana quiero esa perfección de regreso.

—Ash. 

Verónica se levantó de mala gana y se marchó. Joshua solo suspiró porque sabía que pronto se le pasaría el enojo. 

(...) 

De nuevo en la empresa, Joshua estaba contemplando la ciudad por la ventana. 

—Siento que Verónica está jugando conmigo y probando mis límites —aseguró—. A veces es un ogro, y a veces una santa, pero no me importa. Ella sabe que es mía...

El asistente suspiró.

—Pienso que le das demasiada libertad y aprovecha su posición para tratar mal a los demás. 

Joshua soltó una carcajada arrogante.

—Que haga lo que quiera, Enzo. Tengo suficiente dinero para comprar el maldito mundo entero si así lo desea. Ella es mía porque yo lo decidí el día en que me salvó… la busqué sin parar durante años y ahora que la encontré, no pienso dejarla ir —aseveró, apretando los puños—. Ninguna actitud suya va a cambiar eso. Enzo, organiza un evento exclusivo y pequeño, será la excusa perfecta para que Verónica prepare esa sopa y me encargaré de recordarle quién es su dueño.

—Sí, señor.

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