Capítulo 4 Franco de Lucas
He pasado un día pesado desde que regresé de Italia, el jet lag es lo de menos, ahora el verdadero problema es que los cimientos de mi imperio parecen estarse agrietando… La empresa, los cargamentos que fallan, las rutas bloqueadas... Todo es una completa mierda.
Regresé a los Estados Unidos porque Guillermo me notificó que hay un traidor en la asociación… Alguien está filtrando información y robando la mayoría de los cargamentos haciéndome quedar mal frente a los rusos y los demás compradores internacionales.
En este mundo la reputación es la única moneda que no se devalúa y no permitiré que la mía caiga, mi asociación solo se hundirá si yo estoy muerto… Solo así.
Ya son las seis de la tarde, el cansancio me pesa en los hombros y solo deseo un trago de whisky para relajar mi cuerpo, pero las puertas de mi despacho se abren sin que nadie se moleste en tocar.
Solo hay una persona con la audacia suficiente para hacer eso… Quenan.
—¿Se puede saber por qué no tocas antes de entrar?
Gruño sin levantar la vista de mis papeles.
Él no me presta atención y solo detiene frente a mi escritorio con el rostro endurecido, una máscara de seriedad que rara vez muestra.
—Tenemos problemas, Franco.
—¿Qué problemas?
Suelto un suspiro de fastidio.
—Espero que sea algo que tú puedas resolver, estoy agotado y necesito una siesta.
—Hackearon tu cuenta.
Suelta él, cortante.
—¿Qué?
Me pongo en pie de un salto sintiendo cómo la sangre me hierve instantáneamente.
—Como lo escuchas Fran, han vulnerado tu cuenta de seguridad principal y ahora nadie puede entrar, he buscado a los mejores informáticos de la zona, pero dicen que el cortafuegos es una pesadilla… Se les está haciendo imposible.
Me presiono el puente de la nariz y respiro profundo tratando de no romper el escritorio de un golpe.
—Llévame con ellos, Quenan, y te juro que si encuentro al que se atrevió a meterse en mis asuntos, recibirá la tortura más lenta y dolorosa que se haya visto jamás.
No miento, no me tiembla el pulso para apretar el gatillo ni me pesa la conciencia al eliminar a quien se interponga en mi camino, el que juega conmigo, juega con fuego, y yo me encargaré de que se reduzca a cenizas.
Llegamos al lugar, es un almacén de fachadas desconchadas y aspecto abandonado en la zona industrial.
Por fuera es basura, pero por dentro es un centro de operaciones de alta tecnología.
Al entrar el silencio se rompe con el chirrido de las sillas; todos se ponen de pie al verme.
—No esperaba tu llegada tan pronto, muchacho.
Dice Francio mi tío, acercándose con cautela.
—Aquí tengo que estar, para así asegurar que estos incompetentes hagan su trabajo.
Respondo con voz gélida.
—Lo siento señor.
Interviene uno de los hombres mayores con la frente empapada en sudor.
—Pero nunca habíamos visto esta clase de códigos en toda mi vida profesional, es una firma digital nunca antes vista.
Entrecierro los ojos estresado… Creo que tendré que aplicar mis propios métodos de motivación.
—¿Cuál es tu nombre?
Le pregunto al viejo.
—Olivio.
—Bien, Olivio.
Saco mi arma con un movimiento fluido y la presiono contra su sien, el metal frío lo hace temblar y yo sonrío.
—Te doy tres días para que hagas una lista de todos los hackers de esta ciudad…Todos, sin excepciones y luego de que lo hagas quiero que los investigues hasta descubrir cuál fue el idiota que se atrevió a hacerme esto ¿De acuerdo?
—S... sí... s... sí, señor
Tartamudea, al borde del colapso.
—Bien, eso es todo, ya es hora de irme.
Aparto el arma y él se desploma sobre su silla.
—Y quiero a todos trabajando, quiero esa información para el jueves, si no la tengo, los asesinaré a cada uno de ustedes y me aseguraré de que no quede rastro de su existencia ¿Entendido?
—¡Sí, señor!
Responden a coro con el miedo inyectado en los ojos.
Salgo del almacén con Quenan y Francio pisándome los talones. El aire nocturno me refresca un poco la rabia.
—Ustedes encárguense de supervisar aquí.
Les ordeno.
— Iré a descansar, los veo mañana.
Me subo a mi Audi negro y conduzco hacia mi mansión…
Tras una ducha rápida, mi nana sube con una bandeja de comida, es la única persona a la que le permito verme vulnerable.
—¿Estás bien, mi niño?
Pregunta ella con esa mirada maternal que siempre me desarma.
—Solo algunos problemas de negocios, pero descuida estoy bien.
Ella me dedica una sonrisa de incredulidad, pero no insiste, solo se marcha dejándome a solas con mis pensamientos.
Intento revisar algunos documentos de la empresa legal, pero mi mente divaga… Me pongo de pie y abro el compartimento privado de mi armario y sonrío al ver las prendas que guardo ahí: los tacones y la lencería de una persona muy específica.
Nathalia... Qué caprichoso es el destino, ¿no? Cómo nos encontramos nuevamente, esa chiquilla es tan deseable como peligrosa.
Será un buen antídoto para toda esta frustración que cargo, sus labios, su cuerpo bajo el mío…
Maldición… Siento cómo la anticipación se instala en mi vientre y entro al baño con una sola imagen quemándome la mente…Nathalia... serás mía y te aseguro que caerás rendida a mis pies antes de que este juego termine.
