Capítulo 5 Cuatro?
Estoy que me como las uñas; creo que ya ni siquiera me queda cutícula que destrozar, son las siete de la mañana y la luz grisácea del amanecer empieza a colarse por las rendijas de mi persiana, recordándome que no he pegado el ojo en toda la noche… Mi mente es un nudo de cables cruzados por dos razones que me están destrozando los nervios.
La primera es puramente económica.
No recibí el pago por el trabajo. Como el acceso se bloqueó y la transferencia de datos se interrumpió abruptamente, mi empleador anónimo decidió que "sin resultados no hay dinero". Mis planes de enviarles ese bono a mis padres en Francia, de darles esa sorpresa económica para que se fueran de viaje y disfrutaran de su vida, se fue por el retrete… Me siento una inútil, ahora soy una criminal sin paga, por lo menos si tuviera el dinero, fuera criminal, pero con dinero… ¡Hay no que estoy pensando!
Y la segunda razón... es la que realmente me tiene al borde de un colapso cardíaco: Franco de Lucas.
Ese hombre no es un empresario cualquiera, es un depredador, un mafioso de alto calibre con recursos ilimitados, haber entrado en sus sistemas es como haberle dado una bofetada al diablo en su propia casa.
Debe tener a todos sus informáticos y perros de caza rastreando cada nodo, cada dirección IP, buscando un hilo del que tirar para encontrarme y eliminarme… Es cuestión de tiempo para que den con mi puerta.
—¿Qué hago? Alguien, por favor, que me diga qué demonios debo hacer.
Susurro el techo de mi habitación, sintiendo que las paredes se cierran sobre mí.
Me incorporo bruscamente, el pánico me da ideas desesperadas.
—Aaaah, ya sé.
Murmuro con voz frenética.
—Tomaré un vuelo ahora mismo…Iré a Francia con mis padres y mi hermana, renunciaré a este trabajo por correo, cambiaré de nombre y me perderé en un pueblo perdido de la campiña… Desapareceré.
Pero la realidad me golpea un segundo después y me vuelvo a desplomar en el colchón, no, no y no.
Si huyo ahora, estaré gritando mi culpabilidad a los cuatro vientos.
Franco sospechará de inmediato de la secretaria que desapareció justo cuando su cuenta fue vulnerada… Y lo peor: si me consideran una amenaza y no me encuentran a mí, irán por mi familia… Se me revuelve el estómago solo de pensarlo.
Me remuevo en la cama y pataleo contra las sábanas como una niña pequeña, frustrada, impotente y absolutamente aterrada.
Consideré llamar a Tyler y Amelia, mis dos mejores amigos, mis cómplices de risas… Pero esto no es una travesura, es confidencial y mortal, ya es bastante arriesgado que ellos sepan que soy una hacker por afición, si llegan a enterarse de que me metí con el hombre más peligroso de la ciudad, se morirían de miedo conmigo o peor, terminarían involucrados en mi tumba.
De repente el silencio de mi habitación se rompe con el chirrido de mi teléfono.
Un número desconocido brilla en la pantalla como una sentencia, siento un vuelco en el estómago que me provoca náuseas.
Contesto con la mano temblorosa, casi dejando caer el aparato.
—¿Diga?
—¿Es la señorita Smit?
Pregunta una voz grave, profunda y tan jodidamente sexy que me hace vibrar los huesos.
—Sí, así es... ¿Con quién hablo?
Intento sonar profesional, pero mi voz sale en un hilo… ¿Por qué dije que era yo? Mierda estoy jodida.
—Con Franco.
Mi corazón se detiene literalmente, el aire se congela en mis pulmones y un sudor frío me empapa la nuca… Es él… Sabe mi número personal. Sabe quién soy.
—Y... ¿qué... qué desea, señor De Lucas?
Las palabras salen torpes, entrecortadas, me obligo a respirar para no desmayarme.
—Necesito que canceles todas mis citas de la mañana, estaré ausente ocupándome de unos asuntos personales.
—Es... está bien... Lo haré de inmediato, señor, no se preocupe.
—Bien.
Suelta él con una frialdad que me corta la piel y cuelga.
El tono de ocupado suena en mi oído como un martillazo, me quedo mirando el teléfono en shock, procesando lo que acaba de pasar. Cielos, ¿Que voy a hacer? Esa voz... me puso los pelos de punta por el miedo, pero también, y esto es lo más retorcido, me generó una descarga de adrenalina y deseo que no debería sentir… Estoy loca.
Definitivamente el miedo me ha frito el cerebro.
Me obligo a levantarme, me tambaleo hasta el baño y abro la ducha, necesito agua fría, casi helada, para entumecer mis sentidos y obligar a mi mente a centrarse.
Me quedo bajo el chorro hasta que mis dientes castañean.
Hoy tengo que ser la secretaria perfecta, mi vida depende de que nadie sospeche.
Elijo mi "armadura"una falda negra ajustada de corte tubo, una camisa blanca impecablemente planchada y unos tacones bajos que no hagan demasiado ruido al caminar, dejo mi pelo suelto para que oculte un poco mi desastroso rostro cansado. Me delineo mis ojos grises con precisión quirúrgica y me pongo un labial rosa suave… Ya está: la máscara está puesta.
Salgo de mi apartamento y me dirijo a la empresa sintiendo que cada paso me acerca más a la boca del lobo.
Al llegar a la recepción, fuerzo una sonrisa y saludo a todos por cortesía intentando que no noten que me tiemblan las manos.
Excepto a Milania Álvarez, esa mujer me mira desde arriba con su aire de superioridad y sus venenosas sospechas.
No nos soportamos, y hoy menos que no tengo paciencia para sus juegos de poder.
Tyler y Amelia aún no han llegado, así que me refugio en mi escritorio.
Abro la agenda, respondo correos y organizo documentos como una autómata, trabajo con una intensidad febril esperando que los números y las reuniones borren la imagen de los códigos de seguridad de Franco de mi cabeza.
Me concentré tanto en una hoja de cálculo que el mundo a mi alrededor desaparece por completo, no siento el cambio en la atmósfera, ni el perfume caro, masculino y dominante que empezó a llenar el aire.
Ni siquiera escuché los pasos pesados y decididos que se detuvieron justo frente a mi escritorio.
Subo la cabeza esperando ver a un mensajero, pero el aire se me escapa de los pulmones de golpe.
—¿Cuatro?
Exclamo reconociendo de inmediato al hombre frente a mí.
Él no sonríe, su mirada es una barrera infranqueable de seriedad y se inclina ligeramente hacia mí, lo suficiente para que nadie más escuche.
—Me alegra volver a verte bonita.
Murmura sonriendo con felicidad y yo respiro.
—Vengo a hablar contigo... en privado, Nathalia.
Dice y asiento sin saber qué más decir
