Capítulo 6 Alessandro

Salimos a la azotea, un lugar desolado donde el viento sopla con fuerza y el ruido del tráfico de la ciudad se convierte en un zumbido lejano. 

Aquí nadie puede vernos, ni escucharnos, en cuanto la puerta metálica se cierra tras nosotros, me giro hacia él sintiendo que las paredes invisibles de mi paciencia se agrietan.

—Ahora dime, ¿qué es lo que quieres? 

Le exijo en un susurro sibilante, sabes perfectamente que está prohibido revelar quiénes somos y mucho menos tener comunicación fuera de los canales encriptados.

—Tranquila, Nat sabes que es gracias a mi recomendación que estás en este puesto.

Responde él con una tranquilidad que me crispa los nervios.

—Además, nadie sospecha nada, para el mundo, solo somos dos conocidos que crecieron juntos y que llegaron a este país buscando una oportunidad.

Lo fulmino con la mirada mirándolo fijamente, Alessandro, o "Cuatro", como lo conocen en el submundo, siempre ha tenido esa habilidad de hacer que lo peligroso parezca casual y demasiado tranquilo.

—Eso ya lo sé ¿A qué has venido entonces, querido amigo?

Hablo con un sarcasmo tan afilado que podría cortar el aire.

Él suelta una risa seca carente de humor.

—No uses ese tono conmigo... Solo quería preguntar si lograste ver algo, ya sabes, antes de lo de la cuenta.

Pregunta clavando sus ojos misteriosos en los míos, buscando cualquier grieta en mi expresión.

—No, no vi nada.

Miento sin pestañear.

—¿Segura?

Pregunta algo incrédulo, pero mantengo firme.

—Alessandro... ¿Por qué tendría que mentirte?

Ladeo la cabeza, adoptando mi mejor máscara de inocencia

—Además, ¿había algo especial que debería haber visto?

Si en algo soy buena, es fingiendo. He hecho de la simulación mi método de supervivencia, él me estudia unos segundos más tratando de descifrar si mi ignorancia es real o solo un cortafuegos.

—No, claro que no.

Responde de inmediato aunque su voz no suena del todo convencida.

—Solo quería saber si encontraste algo valioso y por eso bloqueaste el acceso a todos.

—¿Estás loco? 

Esta vez casi chillo dejando que la frustración real aflore.

—Sabes que necesito el dinero ¿Eres estúpido? No sé qué pasó el malware se corrompió, las cuentas se encriptaron solas, perdí el control y... ¡pum! Todo se fue al retrete… No pude seguir, la verdad no tengo idea de qué ocurrió.

Él suspira, frotándose la nuca.

—Entiendo, por favor disculpa, solo quería ofrecerte mi ayuda por si te habías metido en un laberinto sin salida.

—Está bien, no hay problema.

Le digo dedicándole la sonrisa más falsa que he fabricado en mi vida.

En ese momento mi teléfono vibra en el bolsillo de mi falda y siento una punzada de pánico. 

Lo saco y leo el mensaje haciendo que mi sangre se congele.

"La necesito aquí y ahora, señorita Smith, de lo contrario, será despedida."

—Mierda... 

Susurro mordiéndome el labio inferior con fuerza.

—Me tengo que ir ¡Adiós!

Salgo disparada hacia la puerta, bajando las escaleras a la velocidad de una bala. 

Escucho que Alessandro dice algo a mis espaldas, pero sus palabras se pierden en el eco del pasillo, ahora mismo, mi única prioridad es evitar que Franco de Lucas me mande a la calle... o a una fosa común.

Llego a la puerta de su oficina con el corazón martillando contra mis costillas. 

Me detengo un segundo para alisar mi falda y recuperar el aliento. 

Toco suavemente y tras escuchar un seco «pase», entro.

Franco está sentado tras su imponente escritorio de caoba, sumergido en una montaña de documentos. 

No levanta la vista de inmediato y yo me quedo ahí, con los nervios a flor de piel, observando la forma en que la luz de la mañana resalta sus rasgos duros. 

Cuando finalmente termina de leer, sube la cabeza y clava sus fríos ojos en los míos.

Rayos ¿Cómo no me di cuenta antes? Todo el porte de este hombre es Peligro con P mayúscula se le nota en cada poro; exhala un aire de dominación que te advierte que no debes meterte con él si quieres seguir respirando.

—¿Entendió lo que le dije?

Su voz retumba en el silencio de la estancia.

—Ehh... disculpa... ¿Qué decías? 

Balbuceo dándome cuenta de que me había quedado hipnotizada por su presencia.

Él entrelaza sus dedos sobre el escritorio y me mira con una fijeza que me hace querer encogerme.

—Señorita Smith, si desea conservar su empleo, le sugiero que escuche cuando hablo, no me gusta repetir las cosas dos veces ¿De acuerdo?

—S... sí señor De Lucas.

Respondo con una sonrisa forzada, acomodando un mechón de cabello tras mi oreja para ocultar el temblor de mis dedos.

—Bien, le decía que en horas de trabajo no permito que mis empleados anden paseando ni tomándose libertades para hablar con sus parejas, está terminantemente prohibido.

—Pero, señor... Él no es mi pareja.

Suelto de inmediato, y por un microsegundo, veo un destello en sus ojos. ¿Alivio? No, imposible. 

Estoy proyectando mis propias locuras en él.

—No me importa si es su pareja, su amigo o su primo.

Espeta endureciendo el gesto.

—Está prohibido salir del área de trabajo sin previo aviso ¿Entiende lo que digo?

—Sí señor.

Doy media vuelta ansiosa por escapar de esa presión asfixiante.

—Otra cosa más.

Su voz me detiene en seco.

—Nadie abandona mi presencia sin que yo le dé permiso.

Me quedo helada.¿Pero este hombre qué se cree? ¿Un rey? Aprieto los dientes para no soltar una impertinencia.

—¿Disculpa?

—Cómo acaba de escuchar señorita Smith y ya sabe cuánto odio repetir las palabras.

Su sonrisa perversa me hace temblar un poco, pero me mantengo firme.

—¿Y qué se supone que haga aquí? ¿Quedarme de pie mirándole la cara?

Suelto harta de sus regaños y de la arrogancia que emana.

Para mi sorpresa, una sombra de sonrisa cruza sus labios, pero no es una sonrisa amable, es la de un lobo que ha encontrado una presa interesante.

—Más le vale que cuide esa boquita, no se meta en terreno peligroso.

Peligroso mi trasero, maldito idiota.

Pienso, aunque me quedo inmóvil, esperando a que el «señor mandón» decida que ya he sido suficientemente castigada.

—¿Desea comer algo, señorita Smith? 

Pregunta de repente, cambiando el tono.

—No, no tengo hambre.

Miento y mi estómago ruge silenciosamente por el café que no pude tomar.

—Perfecto, entonces no le molestará revisar y sacar copias de estos documentos ¿cierto?

Me quedo con la boca abierta. 

Señala un muro de carpetas y papeles que parece casi de mi tamaño… Exagero un poco, sí, pero el volumen de trabajo es absurdo para una sola tarde.

—Sí, señor, lo haré ahora mismo.

Digo entre dientes.

—Maldito.

Susurro apenas audible.

—¿Qué dijo?

—Que... benditos sean estos papeles, señor.

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