Capítulo 8: Las copas de vino

La cabeza de Ellison se alzó de golpe, con la voz temblorosa.

—¿Conoces a Rosie? ¿Por qué te mandó a buscarme?

—Antes vivía en el campo —explicó Amelia—. Rosie llegó a nuestro pueblo el año pasado y se quedó un tiempo en una cabaña en la montaña.

—¿Un tiempo?

Ellison contuvo el aliento y preguntó con rapidez:

—¿Dónde está ahora?

—Rosie se fue y no dejó ningún dato de contacto.

Apenas Amelia dijo eso, la luz en los ojos de Ellison se apagó.

—Se llevó todo con ella… incluso desmanteló la cabaña. Dijo que no le gustaba quedarse en un mismo lugar demasiado tiempo.

Ellison apretó ligeramente los labios.

Sonaba exactamente a Rosie. Siempre había anhelado la libertad y odiaba estar atada a algo, lo que hacía casi imposible que alguien pudiera seguirle el paso.

—Dijiste que te pidió que me encontraras. ¿Necesitas algo?

Por fin, Ellison observó bien a Amelia, vestida con sencillez pero con una compostura singular.

—Antes de irse, Rosie me dijo que, si alguna vez necesitaba ayuda en River City, debía ir a un lugar llamado Crystal y buscar a un hombre llamado Ellison —continuó Amelia—. Rosie dijo que, si escribía cierto poema en una nota y se la daba a Ellison, él me ayudaría.

—En mí el tigre olfatea la rosa.

Era un verso que Rosie le había recitado en sus momentos más confusos, y que luego él se había tatuado en el hombro derecho.

El contenido de la nota no importaba. Lo que importaba era que, mientras fuera algo que ella quisiera, él jamás se negaría.

Ellison se irguió.

—Si Rosie te mandó a buscarme, significa que le importas. Dime qué necesitas y te ayudaré. Solo te pido una cosa.

Amelia parpadeó.

—¿Qué es?

Ellison sacó una tarjeta de presentación del bolsillo y se la entregó.

—Si alguna vez se pone en contacto contigo, por favor dame su número. Lo que quieras a cambio, me aseguraré de que lo consigas.

Amelia vaciló, luego tomó la tarjeta. Cuando alzó la vista otra vez, sus ojos estaban claros.

—Entendido, Ellison.

El afecto de Ellison seguía siendo puro, pero Rosie ya se había ido.

Hacer esto no tenía sentido.

Amelia le contó a Ellison que era de la familia Martinez y que esa noche necesitaba asistir a la gala benéfica de la familia Williams. No estaba segura de cómo vestirse ni de cómo maquillarse de manera adecuada.

—No te preocupes, déjamelo a mí —respondió Ellison.

Cuando los otros estilistas y empleados de Crystal vieron a Ellison llevar a una chica con una camiseta gastada y jeans a su sala privada de estilismo, se quedaron sin palabras, conmocionados.

—¿Qué pasa? ¿No estaba esa señorita esperando a un estilista regular? ¿Cómo terminó el señor Bennett atendiéndola?

—Sí, parece que es de la familia Martinez. Escuché que llama “madre” a la señora Martinez, pero la señora Martinez casi ni la reconoce; está claro que la trata con frialdad.

—Exacto, la señora Martinez y la señorita Martinez terminaron de arreglarse y la dejaron aquí. Yo creí que tendría que ir a la gala con ese vestido rosa tan barato.

—Las apariencias engañan. ¿Quién iba a decir que esa chica tan sencilla tenía una conexión con el señor Bennett? Una celebridad de primera le ofreció un millón de dólares por sus consejos de estilismo para alfombras rojas, y aun así se negó.

Los empleados que chismeaban miraron con envidia la puerta cerrada del salón.

La Mansión Williams.

La familia Williams celebraba su gala benéfica en el patio exterior de la Mansión Williams.

El evento comenzaba oficialmente a las 7:30 p. m., pero los invitados empezaron a llegar a las 7:00 p. m.

El extenso césped verde y la gran piscina, iluminados por costosos y deslumbrantes candelabros de cristal, disipaban la noche. Meseros uniformados, con moño, se abrían paso entre la multitud con bandejas.

Hombres de traje y mujeres con vestidos de gala lucían sonrisas corteses, haciendo tintinear las copas en los senderos empedrados, como si la estuvieran pasando bien.

Cerca de la fuente clásica de estilo europeo, se reunió un grupo de jóvenes nobles; cada una vestida con esmero y desbordando elegancia, atrayendo todas las miradas.

—Rachel, ¡tu maquillaje y tu atuendo están impresionantes hoy! Ese vestido es de la última colección de alta costura de SUNSHINE, ¿verdad? Te ves increíble.

—Sí —respondió Rachel con gracia—. Y el maquillaje de hoy me lo hizo Jasmyn, de Crystal, así que me queda perfecto.

—¿Jasmyn? Es la estilista número uno de Crystal, solo por debajo del señor Bennett. ¡Escuché que es dificilísima de agendar!

—No tanto, aunque sí es selectiva con sus clientes. —Rachel parpadeó; su expresión era modesta, pero no pudo ocultar el orgullo.

—La gente talentosa es así. Mira al señor Bennett, por ejemplo. Ni siquiera puedes contratarlo con dinero. Quién sabe qué clase de cliente podría llamar su atención.

—Hablando de eso, Rachel, ¿no llegó ayer a River City tu hermana criada en el campo? —preguntó Kelly Gonzalez—. Escuché que la familia Williams también la invitó a la gala de esta noche. ¿Dónde está?

Al mencionar a Amelia, la expresión de Rachel se endureció, pero enseguida sonrió con suavidad.

—Mi mamá también la llevó hoy a Crystal, así que quizá todavía se esté arreglando.

—¿También fue a Crystal? La señora Jenkins es tan amable y atenta… tratando tan bien incluso a una hija ilegítima.

Kelly soltó una risita despectiva.

—Claro, porque si esa palurda apareciera en este evento sin prepararse, haría quedar en ridículo a la familia Martinez.

Grace Faye intervino:

—Rachel, de verdad tienes mala suerte. Durante años fuiste la única chica de la familia Martinez, adorada por tus cinco hermanos. Y de pronto aparece esta palurda y se convierte en tu hermana.

—Lo más increíble es que esa hija ilegítima incluso esté comprometida con Quentin —se burló Grace—. No sé qué estaba pensando el señor Williams. ¿Cómo podría alguien como ella compararse contigo? Si Quentin de verdad te deja para casarse con ella, sería el chiste de todos.

—¡Yo nunca dejaría a Rachel! —sonó una voz masculina furiosa detrás de ellas.

—¿Quentin?

Rachel se dio la vuelta, sorprendida al ver a Quentin, alto y apuesto con su traje, acercándose a ella.

—Amelia no es nada, una hija ilegítima criada en el campo. ¿Acaso sabe cuál es su lugar? ¿Cree que puede estar a mi altura y entrar en la familia Williams?

Quentin resopló y le pasó un brazo por los hombros a Rachel.

—Rachel, no te preocupes. En cuanto termine la subasta, hablaré con mi abuelo y cancelaré el compromiso. ¡No me casaré con nadie que no seas tú!

La imagen que Quentin tenía de la gente del campo estaba anclada en las mujeres rurales de las viejas series de televisión: rostros ásperos, curtidos por el clima, y un aire tímido.

Aunque no había conocido a Amelia, se la imaginaba pequeña y escuálida, con la piel oscura y tosca, pómulos marcados y una manera de hablar apocada.

Quizá hasta tuviera acento, hablando en un dialecto rural muy cerrado, y tal vez llevara un mal olor capaz de darle náuseas a cualquiera.

Antes de que Quentin terminara de formarse aquella imagen en la cabeza, Kelly señaló la entrada.

—Rachel, ¿ese no es Kevin? ¿Trajo una acompañante esta noche?

¿Kevin estaba aquí?

Él había dicho que estaba demasiado ocupado con el trabajo como para asistir a la gala.

Rachel levantó la mirada, gratamente sorprendida, y vio a Kevin bajar de un Mercedes y extender la mano hacia el interior del auto.

Una mano con un guante de terciopelo negro se posó suavemente en la suya, y luego Amelia salió del coche con gracia.

Por alguna razón, el patio —hasta entonces ruidoso— quedó en silencio de golpe, y muchas personas se volvieron a mirar, atraídas por la curiosidad o la confusión.

Cuando Rachel vio a Amelia bajarse del auto, se le abrieron los ojos y casi se le cayó la copa de vino.

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