Capítulo 2 Cap.02
Grace
Odio cuando las fiestas se celebran en casa.
Mi cuerpo permanece sentado, pero hay una sonrisa en mis labios que podría confundirse con la de un maniquí. Una sonrisa que no puede ser demasiado abierta para evitar mostrar una falsa felicidad, pero tampoco puede ser demasiado tenue para no confundirse con tristeza. Es una sonrisa que debe transmitir que todo es perfecto dentro de estas paredes, que soy la hija ejemplar y el mejor prospecto de esposa que alguien podría tener. Solo por eso, me inclino ligeramente hacia adelante y le muestro, una vez más, esa sonrisa a uno de los tantos hijos de los socios de mi padre.
El salón está lleno de gente, hombres con trajes oscuros y mujeres enfundadas en vestidos caros que brillan bajo las luces de las lámparas de araña. El aire está impregnado de un aroma que mezcla el perfume caro con el licor y la comida. La música clásica suena en el fondo, un cuarteto de cuerdas que toca sin descanso en una esquina de la sala, aunque casi nadie parece prestarle atención.
Las risas sonoras de los hombres y las conversaciones susurradas de las mujeres llenan el espacio, entremezclándose con el tintineo de las copas al brindar. A mi izquierda, un camarero pasa con una bandeja de canapés que parecen demasiado elaborados para ser disfrutados. Todo aquí es un espectáculo, una fachada cuidadosamente construida para mostrar riqueza y poder.
Mi espalda me grita que deje de estar tan erguida, mi rostro ruega un descanso de la sonrisa perfectamente ensayada, y mi paciencia está al borde del agotamiento. Pero cuando papá, desde la distancia, me dirige una mirada, sé que debo seguir interpretando este papel de hija perfecta.
Es una burla total.
Sin embargo, aunque quiero huir, aunque sé que por más que lo intente jamás seré la chica recatada y buena que mi padre quiere que sea, jamás seré la mujer ejemplar, el prospecto perfecto de esposa que se queda en casa cuidando hijos, esperando con la cena caliente y soportando las infidelidades de su esposo.
No soy esa mujer.
Pero el miedo, el terror que siempre oculto pero que le tengo a mi padre, es lo que me hace desistir de la idea de rebelarme en este momento. Aunque odie el vestido que cubre todo mi cuerpo y me hace sentir que tengo muchos más años de los veintitrés que realmente tengo. Aunque los ojos de estos imbéciles me vean como la chica con la que se casarán para acceder al dinero suficiente y tener al suegro perfecto.
Todo esto me provoca náuseas.
—Y dígame, señorita Harrington, ¿cuáles son sus aficiones? —la voz del imbécil a mi lado me obliga a girarme hacia él. En sus ojos veo la vanidad y el simple deseo de poseerme. Yo bato mis pestañas con suavidad, creando en él la ilusión de la chica ingenua que no soy, pero que debo aparentar delante de todos.
—Oh, puede llamarme Grace, estamos en un ambiente más de confianza —mi tono es inseguro, como tantas veces lo he practicado y eso a él le gusta. Le da un largo trago a su copa y me mira con los ojos hambrientos, como quien contempla algo que tomará para destruir a su antojo.
—Entonces, Grace —saborea mi nombre en sus labios antes de esbozar una sonrisa torcida que no alcanza sus ojos—. La verdad, eres una mujer muy hermosa, y cualquier hombre estaría complacido de ser tu esposo. Seguro que cumplirás con el rol de esposa a la perfección. —Su voz desciende en un susurro cargado de insinuación, mientras su mirada se detiene en mi clavícula, apenas visible bajo la tela del vestido.
Él no tiene el porte elegante que intenta proyectar. Lleva un traje oscuro, pero la chaqueta está un poco arrugada, y el nudo de su corbata está ligeramente deshecho, como si no le importara lucir impecable. Su aliento huele a whisky, y sus dedos, adornados con anillos gruesos y dorados, sostienen la copa con una suficiencia que me irrita. Cada vez que se mueve, su perfume, demasiado fuerte, parece invadir mi espacio personal, envolviéndome en una nube sofocante.
Me trago las ganas de pegarle un puñetazo para que se dé cuenta de qué tan "perfecta esposa" puedo ser.
—¿Tú crees? —inquiero, con un tono tan neutro como puedo manejar.
—Claro. Estás en edad de casarte, eres hermosa, y tu padre es uno de los hombres más poderosos en los negocios. ¿Sabes por qué estoy a tu lado esta noche? —inquiere con una sonrisa que hace que mi piel se erice, pero no por algo bueno.
—Pensé que por mi agradable compañía —mi tono mordaz se escapa antes de que pueda detenerlo, y sus ojos se entrecierran un instante antes de que estalle en una risa grave, cargada de burla.
—La verdad, estoy aquí porque tu padre me pidió que valore si mi "compra" será bien recibida. —Frunzo el ceño, sintiendo cómo su tono y sus palabras me clavan en mi asiento, como si me encadenaran a esta maldita silla—. Estás buena, no lo negaré, pero hay algo en tus ojos que me hace dudar si eres tan pura como aparentas. —Se inclina hacia mí, sus movimientos lentos y estudiados, como un depredador al acecho. —Creo que no eres lo que busco. Quiero una mujer virgen, pero tú pareces una puta disfrazada de lo que no es.
El nudo de rabia y humillación en mi estómago se aprieta hasta doler. Aprieto los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavan en la piel, deseando que el dolor físico me distraiga de lo que acaba de decir. Desde la distancia, mis ojos encuentran los de mi padre. Él observa, con una expresión que no puedo descifrar, pero que sé perfectamente lo que significa: debo seguir sonriendo.
El bastardo a mi lado se lame los labios antes de alejarse y acomodarse en su lugar, aún sosteniendo su copa con desdén. A mi alrededor, las miradas curiosas y murmuradoras se clavan en mí como cuchillas. Respiro hondo y regreso a mi maldita sonrisa, esa máscara que me salva y me condena al mismo tiempo.
—¿Ya terminaste de evaluar la mercancía? —inquiero, manteniendo mi tono ligero. La sonrisa desaparece de su rostro—. Si es así, lárgate. Es fastidioso tener que respirar el mismo aire que tú. Y tranquilo, no pensé ni por un segundo acostarme con un idiota como tú, hasta las putas tenemos niveles y tú no llegas ni a las suelas de mi zapatos.
