Capítulo 3 Cap.03

Antes de que él pueda responder, me levanto con elegancia, mis pasos suaves y calculados, evitando llamar la atención de los demás. Bueno, de casi todos. A nadie excepto a mi padre, quien murmura algo a un hombre cercano antes de caminar en mi dirección con una tranquilidad fingida que solo yo puedo descifrar.

Una parte de mí, esa que odio y que intento enterrar, tiembla cuando su mano cae sobre mi brazo cubierto por la tela del vestido. Al principio, el agarre es firme, casi casual, pero rápidamente se transforma en una pinza que aprieta con fuerza. El dolor empieza a punzar, pero he perfeccionado el arte de fingir que nada me afecta.

—¿Qué acabas de hacer? ¿Por qué ese muchacho está solo y mirándote de esa manera, Grace? —inquiere en voz baja, su sonrisa fija, como si estuviéramos teniendo una charla amena entre padre e hija.

—¿Me estás vendiendo como si fuese una maldita prostituta? —le respondo, también en voz baja, manteniendo mi expresión neutra.

Su sonrisa no flaquea, pero sus ojos adquieren un brillo peligroso.

—Eso es lo que eres, si eso quiero que seas. Vuelve a esa mesa y no me hagas enojar. —Sus palabras son tan calmadas que parecen veneno derramándose con cuidado. Su mirada se cruza con la mía, como una advertencia que perfora mi piel—. O las consecuencias no te gustarán.

El miedo se anida en mi vientre, retorciéndose como un animal atrapado. Asiento levemente, obediente. Cuando suelta mi brazo, el ardor es insoportable, pero no lo toco. En cambio, camino hacia un grupo de personas, intercambiando palabras triviales y fingiendo ser una joven encantadora.

Finalmente, regreso a la mesa, encajándome nuevamente en el papel que él ha escrito para mí. Una mentira perfecta. Una máscara que nunca será quien realmente soy ni quien quiero ser.


Solo cuando la fiesta culmina siento que puedo respirar al fin. Ver a los invitados marcharse me da una sensación de tranquilidad que se rompe al cruzar la mirada con mi padre. Solo cuando Gustavo, mi hermano menor por dos años, aparece a mi lado, me siento mínimamente segura.

Había estado ausente toda la noche, y sé que eso a papá no le importa. No le interesa si Gustavo se pierde en fiestas, si anda rebelde, si fuma o se droga, si bebe demasiado o tiene sexo con cuanta chica se le cruce. Nada de eso importa porque Gustavo es hombre, porque esas son cosas que los hombres deben hacer, mientras que yo debo ser la chica buena, la hija perfecta, lista para ser valorada por un esposo digno.

Es una jodida mierda.

—¿Con quién estuviste esta vez? —le pregunto, mirándolo de reojo. A pesar de su intento por volver a lucir como el chico impecable que salió de casa, los detalles lo delatan: el rastro de un labial en su camisa, la corbata floja y mal ajustada.

—No seas tan chismosa —me guiña un ojo con diversión—. Yo no me meto en tus asuntos.

Ambos detenemos la conversación para despedirnos de un último invitado, quien nos agradece la hospitalidad antes de salir. Cuando finalmente estamos solos, suelto una risa seca.

—Eso es porque no estuve con nadie más que aguantando la interminable lista de propuestas matrimoniales. Pronto tendré que elegir a uno —comento, evitando mencionar cómo papá está, literalmente, vendiéndome al mejor postor.

No quiero que Gustavo se involucre con él ni con sus constantes arranques de violencia.

Mi padre no siempre fue así. Al menos, no en lo que recuerdo de mi infancia. Antes de que nuestra madre nos abandonara, era diferente, más amable, pero cuando ella se fue, todo cambió. Se convirtió en este hombre inflexible que detesto con todo mi ser.

—¿Y realmente lo estás considerando? —pregunta Gustavo con seriedad, sus ojos buscando los míos—. ¿Casarte, digo?

No respondo al instante, porque casarme no está en mis planes, mucho menos con los idiotas que tengo como pretendientes: niños ricos que no saben nada de la vida real. Sin embargo, debo tomar una decisión antes de que papá lo haga por mí.

—Ya estoy en edad de casarme —me encojo de hombros, fingiendo indiferencia—. Pronto terminaré mis estudios, así que creo que es hora de dar ese paso. ¿Qué opinas?

Gustavo me observa incrédulo, como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar.

—Casi suenas como padre. Tú no eres así, Grace. Mejor busca una respuesta que te convenza a ti misma antes de intentar convencerme a mí —dice antes de besarme la frente con afecto.

Luego se marcha con pasos lentos hacia las escaleras cuando escucha a papá llamarlo. Los veo conversar desde la distancia. La forma en que papá lo mira me lo deja claro: Gustavo es su orgullo. Mientras tanto, yo, yo solo soy una carga, una mercancía que está desesperado por vender.

Respiro hondo y camino hacia él cuando me llama. La sala está casi vacía, solo quedan algunos empleados recogiendo las sobras de la fiesta.

—Termina lo que te dije y piensa en el esposo que te conviene. Te daré un plazo, o yo mismo lo elegiré. —Sus palabras son duras, y su mirada no deja lugar a dudas.

Asiento con obediencia, tragándome cualquier palabra que quiera salir. No me atrevo a contradecirlo, así que despido de él y subo las escaleras a mi habitación.

Cada día siento que esta casa me ahoga más y que mis días de libertad pronto terminarán.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo