Capítulo 5 Cap.05

Sí, es hora de largarme de este lugar.


Nunca me canso de venir al Green. Es el bar más exclusivo entre la clase alta, famoso por ser el lugar donde se descubren secretos y se guarda silencio. Este bar tiene tres plantas, cada una con su propia personalidad.

La primera planta es un bar tradicional, perfecto para ir con amigos y charlar mientras se disfrutan unas copas. Es mi lugar favorito cuando vengo a hablar con Sergey, mi mejor amigo desde que tengo uso de razón.

La segunda planta tiene un aire más oscuro y tentador. Allí se realizan apuestas y juegos, pero también funciona como una discoteca donde todo puede pasar. Es el lugar ideal para buscar y "pescar" lo que deseas, dejándolo todo listo para la tercera planta: la planta del placer.

Esa última planta es casi un mito para quienes no pertenecen al selecto círculo de clientes del Green. Es donde las fantasías se cumplen, un santuario de indulgencia reservado para quienes tienen el poder y el dinero necesarios para estar allí. Solo las personas más prestigiosas reciben el permiso del dueño para entrar. Las reglas son claras: lo que ocurre en el Green, permanece en el Green. Aquí se gestan alianzas, se rompen matrimonios y se cierran negocios turbios. Nadie se opone a la discreción que el lugar garantiza.

Cuando entro, tras la inspección habitual, no tardo en encontrar a Sergey. Está sentado en un sofá, con su corpulenta figura proyectando una energía inusualmente mortificada. Ajusto mi chaqueta y me acerco con paso tranquilo. Sergey Klassen, mi mejor amigo, no suele mostrar señales de debilidad, así que verlo bebiendo es suficiente para saber que algo anda mal.

Él levanta la mirada al verme y suelta un largo suspiro. Sus ojos oscuros, normalmente llenos de una intensidad casi intimidante, lucen apagados. Su cabello negro está desordenado y su rostro muestra el peso de un enfado que parece haberse apoderado de cada una de sus expresiones.

Me siento a su lado en silencio, observándolo mientras el camarero se acerca para tomar mi orden. Pido mi bebida y luego giro mi atención a Sergey, que vacía su copa con un gesto tenso.

—Estoy metido en la mierda —es lo primero que dice, y luego se queda callado—. Eso es todo lo que diré.

Levanto una ceja, sin comprender del todo, pero conozco a Sergey lo suficiente como para no presionarlo. Asiento lentamente, dándole el tiempo que necesita para hablar.

Con Sergey, las cosas siempre son así. Es reservado por naturaleza, y cualquier intento de inmiscuirme antes de tiempo solo provoca que se cierre aún más. Aprendí hace mucho que es mejor dejar que él tome la iniciativa.

Mientras espero, observo cómo juega con el borde de su copa, su expresión grave y perdida. El ambiente del Green, con su música suave y las luces tenues, parece amplificar el silencio entre nosotros. Finalmente, él toma aire y suelta una risa amarga.

—Mi matrimonio está colapsando.

La confesión cae como un peso en el aire. Sergey nunca habla de su vida personal, y mucho menos de su matrimonio. Lo miro, esperando que continúe.

—¿Qué pasó? —pregunto con cuidado, intentando no sonar demasiado inquisitivo.

Él se encoge de hombros, pero su mirada, fija en su copa, delata la tormenta que lleva dentro.

—Yo... hice cosas que no debí.

Guardo silencio, dejando que Sergey siga desahogándose a su ritmo, no es mucho lo que dice, pero me hace una idea de que quizás haya otra persona que esté pertubando su cabeza, de quién se trate es algo que no tengo idea.

La noche en el Green sigue su curso, pero llega un punto en que Sergey decide que es hora de irse a casa. No lo detengo. Simplemente asiento y lo veo marcharse antes de tomar mi propia decisión. Necesito distraerme, y qué mejor lugar para hacerlo que el segundo piso. Quizás pueda encontrar a alguien con quien aliviar el estrés acumulado de las interminables horas de trabajo.

Como es habitual los fines de semana, el lugar está abarrotado. Las luces parpadean al ritmo de los graves, y el aire se llena de risas, cuerpos en movimiento y un calor que no tiene nada que ver con la temperatura ambiente. Me acomodo en un rincón estratégico, dejando que mi mirada se deslice con calma por la multitud, buscando a alguien que despierte mi interés.

Nada capta mi atención, hasta que la veo.

Un cuerpo curvilíneo que se mueve con una sensualidad magnética al ritmo de la música. Su cabello castaño cae en rizos desordenados sobre su espalda desnuda, mientras la falda que lleva apenas logra cubrir lo necesario. Su top, demasiado ajustado, insinúa unos pechos que parecen moverse al compás de sus caderas. Es hipnotizante. Cada uno de sus movimientos parece un mensaje codificado, cargado de deseo y promesas implícitas.

No puedo apartar la vista. Hay algo en ella, una confianza descarada en la forma en que se mueve, como si supiera exactamente el efecto que tiene en quienes la observan. Y vaya que lo sabe. Me descubro imaginando mis manos enredadas en esos rizos, tirando de ellos mientras ella se arquea hacia mí.

El calor me invade, un calor al que no estoy acostumbrado, mientras sigo disfrutando de un espectáculo que sé que no es para mí, pero, aun así, lo reclamo como si lo fuera. Ella se da la vuelta y me golpea con un rostro impresionante. Su maquillaje, aunque recargado, resalta sus facciones de manera impecable. Es jodidamente hermosa.

Cuando veo a otros hombres intentando acercarse, mi decisión es instantánea. No lo pienso dos veces antes de moverme hacia ella. No soy de los que se quedan esperando. Es por eso que me detengo frente a ella quien tiene una sonrisa en la boca, el aroma dulce de rosas y vainilla me golpea y el cuerpo suave se ve demasiado pulcro y mis manos quieren tocarlo.

—¿Bailas? —pregunta, su voz apenas audible sobre el estruendo de la música.

No respondo con palabras, en lugar de eso, giro su cuerpo y pego sus curvas contra mí. Su piel es jodidamente suave, y el contacto hace que un sinfín de pensamientos sucios inunden mi mente. La balanceo con suavidad, siguiendo el ritmo mientras ella inclina la cabeza hacia atrás y empuja sus caderas hacia mí en movimientos que rozan lo obsceno.

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