Capítulo 1 Capítulo 1

Valeria

La carta de mi madre llega el día en que estoy a punto de odiarla para siempre. Estoy sentada en el jardín de la universidad, rodeada de flores moradas, árboles altos y un cielo tan azul que parece burlarse de mí. A unos pasos, mis compañeras hablan de vestidos, graduación y fiestas. Yo tengo una notificación del banco, una deuda que no sabía que existía y un sobre blanco temblando entre mis manos.

Reconozco la letra antes de abrirlo. Elena Santillana. Mi madre. La mujer que me dejó en un internado cuando tenía doce años y aprendió a quererme por distancia.

Rompo el sobre con rabia.

“Valeria, estoy muriendo. Ven a Las Tres Lunas. Hay cosas que debes saber antes de que sea demasiado tarde.”

Eso es todo, ni perdón, ni hija, ni te extraño. Solo una orden envuelta en agonía. Me quedo mirando las palabras hasta que se me nublan los ojos. Quiero odiarla. Quiero romper la carta, tirarla al suelo, seguir con mi vida y fingir que no duele.

Pero duele. Porque, aunque mi madre me abandonó, sigue siendo mi madre.

Viajo esa misma tarde. El camino al rancho parece interminable. Las montañas se vuelven oscuras, el aire huele a tierra húmeda y mi corazón golpea con una sola pregunta: ¿y si llego tarde?

Cuando el arco de hierro aparece frente a mí, siento que el pecho se me parte.

Las Tres Lunas.

El rancho del que mi madre siempre habló como si fuera un secreto. El lugar al que nunca me dejó volver.

La camioneta avanza por un camino rodeado de árboles, caballos y pasto dorado por el atardecer. Es hermoso. Demasiado hermoso para haberme negado tantos años.

Entonces veo la casa. Grande. Blanca. Imponente. Y llena de gente vestida de negro.

Bajo antes de que el conductor termine de detenerse. Camino con la maleta golpeándome las piernas, con la carta apretada en el puño y la respiración hecha pedazos.

Adentro huele a flores, velas y muerte. Mi madre está en un ataúd. Hermosa, fría, inalcanzable.

—Mamá… —susurro.

La palabra me sale rota, tarde, inútil. Siento las miradas clavadas en mi espalda. No conozco a casi nadie, pero todos parecen conocerme a mí. La hija ausente. La niña del internado. La que llegó cuando ya no servía de nada.

Me acerco al ataúd, pero una voz grave me detiene.

—Valeria.

Giro y lo veo. Leandro Montenegro, el viudo de mi madre. Alto, vestido de negro, con sombrero en una mano y el rostro duro de un hombre acostumbrado a mandar incluso en medio del dolor. Tiene barba oscura, ojos intensos y una presencia que llena la sala antes de que diga otra palabra.

Debería parecerme un extraño. Pero no lo parece, ese es el problema. Me mira como si yo fuera algo que no esperaba encontrar. Ya no una niña. Ya no una obligación incómoda. Una mujer. Y odio notar que también lo veo a él.

—Llegué tarde —digo, tragándome las lágrimas.

Su mandíbula se tensa.

—Ella te esperó hasta el final.

La frase me atraviesa. Quiero culparlo. Quiero preguntarle por qué no me llamó antes. Quiero odiar su voz, su calma, su forma de mirarme como si supiera cuánto me estoy rompiendo. Pero lo único que logro decir es:

—Usted estaba con ella.

—Sí.

—Entonces usted tuvo lo que yo no.

Algo cambia en sus ojos. No es enojo. Es culpa. Se acerca un paso. Demasiado cerca. Huelo cuero, madera, humo y lluvia. Mi cuerpo se queda quieto, confundido por una tensión que no debería existir frente al ataúd de mi madre.

—No sabes lo que pasó aquí, Valeria.

Levanto la barbilla.

—Entonces dígamelo.

Leandro baja la voz.

—No frente a ella.

Miro a mi madre. Luego a él. El dolor me quema. La rabia también. Pero hay otra cosa, más peligrosa, latiendo entre los dos.

—No vine a obedecerlo, señor Montenegro.

Sus ojos bajan un instante a mi boca y vuelven a los míos.

—Eso ya lo noté.

El silencio entre nosotros pesa más que todos los rezos. Y en ese momento entiendo algo terrible. Mi madre me trajo de vuelta al rancho con una carta. Pero Leandro Montenegro es la verdadera razón por la que no voy a poder irme.

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