Capítulo 2 Capítulo 2

Valeria

No alcanzo a llorar a mi madre en paz. Apenas me aparto del ataúd, una mujer de vestido negro y labios rojos se cruza en mi camino. Me mira de arriba abajo, como si mis zapatos manchados por el viaje fueran una ofensa para el mármol de la casa.

—Elena odiaba los escándalos —dice con una sonrisa fina—. Aunque supongo que en los internados no enseñan elegancia para los funerales.

El golpe llega directo, no por ella, por mi madre, aprieto la carta en mi mano.

—¿Y tú quién eres?

—Camila Montenegro. Sobrina de Leandro.

Claro. Otra Montenegro creyéndose dueña de una casa que a mí me fue negada.

—Entonces no eres nadie para hablarme de mi madre.

Su sonrisa se rompe.

—Llegaste tarde. Eso sí me da derecho.

Antes de que pueda responder, Leandro aparece entre las dos. No levanta la voz, no lo necesita.

—Camila, basta.

Ella lo mira, indignada.

—Solo estoy diciendo la verdad.

—La verdad no te queda bien cuando la usas para herir.

El silencio cae pesado. Camila aprieta los labios, me mira con odio y se marcha por el corredor. Yo debería agradecerle a Leandro. Debería sentir alivio. Pero lo único que siento es rabia.

—No necesitaba que me defendiera.

Él gira hacia mí. Está demasiado cerca otra vez. Alto, oscuro, con esa calma ruda que parece hecha para ordenar tormentas. Sus ojos no son suaves, pero hay algo en ellos que me sostiene aunque yo no quiera.

—Lo sé.

—Entonces no lo haga.

—No lo hice por ti.

Eso duele más de lo que debería. Levanto la barbilla.

—Perfecto.

Doy media vuelta y salgo al corredor. Necesito aire. Afuera, la tarde empieza a apagarse sobre el rancho. Los caballos se mueven detrás de las cercas, el cielo se mancha de naranja y morado, y el viento trae olor a tierra mojada.

Las Tres Lunas es hermoso. Odio que lo sea, odio que una parte de mí quiera quedarse mirando. Mis ojos arden, pero no lloro. No aquí. No frente a estas paredes que nunca tuvieron una foto mía.

—Tu habitación está lista —dice Leandro detrás de mí.

Cierro los ojos.

—No voy a dormir en esta casa.

—No hay hoteles cerca.

—Dormiré en la camioneta.

—No.

Me giro despacio.

—Usted no decide por mí.

Su mirada baja un segundo a mi boca. Es rápido. Casi nada. Pero lo noto, y el aire entre nosotros cambia.

—En este rancho, sí.

Debería ofenderme. Lo hace, pero también me enciende. Y eso me asusta más que su autoridad.

—No soy una de sus empleadas, señor Montenegro.

—Tampoco eres una visita cualquiera.

—¿Qué soy entonces?

Leandro no responde al instante. El viento mueve un mechón de mi cabello sobre mi rostro. Antes de que pueda apartarlo, él levanta la mano. Se detiene a mitad del movimiento, como si recordara quién soy, como si tocarme fuera un error. Baja la mano, pero ya es tarde. Los dos sentimos lo mismo: esa tensión incómoda, prohibida, imposible de nombrar.

—Eres la hija de Elena —habla al fin.

La frase cae entre nosotros como una pared.

—Y usted es su viudo —respondo.

Sus ojos se endurecen.

—No lo olvides.

—Créame, intento recordarlo.

No sé por qué lo digo, no sé por qué mi voz sale tan baja. Leandro respira hondo, como si mis palabras le molestaran más de lo correcto. Se quita el saco negro y lo pone sobre mis hombros sin pedirme permiso. El calor de la tela me envuelve. Huele a él, cuero, humo, madera, mi cuerpo se queda quieto.

—Está temblando —dice.

—No tengo frío.

—Entonces mientes muy mal.

Quiero devolverle el saco. Quiero lanzárselo a la cara. Quiero decirle que no necesito nada de él. Pero mis dedos se aferran a la tela. Porque sí tengo frío. Porque estoy cansada. Porque mi madre está muerta en una sala llena de flores y yo no sé dónde poner tanto dolor.

—No tenía que morirse antes de verme —susurro.

Leandro se queda inmóvil. La rabia se me rompe. Una lágrima cae antes de que pueda detenerla. La limpio rápido, furiosa conmigo misma, pero él ya la vio, no dice nada, solo se acerca un poco. No me toca y esa distancia me duele más que si lo hiciera.

—Ella te quiso, Valeria.

Me río sin ganas.

—Qué forma tan extraña de demostrarlo.

—A veces la gente ama mal.

Lo miro. Hay algo en su voz. Algo viejo. Una culpa que no sabe esconder.

—¿Usted la amó?

La pregunta sale antes de que pueda arrepentirme. Leandro mira hacia el campo. Su perfil se recorta contra el atardecer, duro y hermoso de una manera que no debería notar hoy.

—La respeté.

No es la respuesta que esperaba. Tampoco es la que una viuda quisiera escuchar.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Mi pecho se aprieta. Hay demasiadas verdades en esa sola palabra. Desde dentro de la casa, alguien llama su nombre. Leandro no se mueve. Sigue mirándome como si yo fuera el problema más peligroso que ha entrado a su rancho.

—Quédate esta noche —ordena—. Mañana decides si quieres odiarme desde lejos o desde esta casa.

Casi sonrío.

—No necesito su permiso para odiarlo.

—Eso también lo noté.

Desde que llegué, el dolor afloja apenas. No desaparece. Solo deja espacio para otra cosa. Una chispa. Una amenaza. Leandro abre la puerta del corredor.

—Ven.

Miro la casa. Luego a él.

—Solo esta noche.

Su mirada se oscurece.

—Eso dijiste como si pudieras irte.

—Puedo irme cuando quiera.

Él se inclina apenas hacia mí. Su voz baja hasta convertirse en un murmullo.

—Entonces deja de mirarme como si ya supieras que no vas a hacerlo— Me quedo sin aire, Leandro entra primero, yo lo sigo, con su saco sobre mis hombros. Y con la terrible certeza de que mi madre no es la única razón por la que este rancho puede destruirme.

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