Capítulo 3 Capítulo 3

Leandro

Valeria intenta irse antes de la medianoche. La encuentro en el corredor principal, con mi saco todavía sobre los hombros y una maleta en la mano. Camina en silencio, pero en Las Tres Lunas hasta la madera vieja del piso sabe delatar a quien huye.

—No vas a ninguna parte —digo.

Ella se detiene. No se sobresalta. No finge culpa. Solo gira despacio, con los ojos hinchados de tanto contener lo que no quiere llorar.

—No me diga qué hacer.

Otra vez esa frase. Otra vez esa forma de mirarme como si yo fuera una cerca que piensa saltar solo para demostrar que puede. Bajo los escalones con calma, aunque por dentro no tengo nada de calma.

—Son casi las doce. No conoces el camino. No hay luz hasta el pueblo.

—Entonces me perderé con dignidad.

Debería enojarme. Casi lo hago. Pero la veo apretar la manija de la maleta, veo cómo tiembla aunque intente esconderlo, y lo único que siento es una necesidad brutal de detenerla. No por el testamento. No por Elena. No por las tierras.

Por ella. Y eso es lo que me preocupa.

—Valeria.

Su nombre me sale más bajo de lo que debería. Ella aprieta los labios.

—No me llame así.

—Es tu nombre.

—En su boca suena como si tuviera derecho a usarlo.

El golpe es limpio, me acerco un paso, ella no retrocede. Tiene veintidós años, la rabia intacta y una tristeza que debería obligarme a mantener distancia. Pero ahí está, envuelta en mi saco, con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros y los ojos brillantes bajo la luz amarilla del corredor.

No parece una niña perdida, parece una mujer peligrosa. Para mí.

—Tu madre será enterrada mañana al amanecer —le recuerdo.

Su rostro se rompe apenas.

—Mi madre ya está muerta.

—Pero tú no te has despedido.

Esa vez sí baja la mirada. La maleta cae despacio a su lado, como si ya no pudiera sostenerla. Me acerco lo suficiente para verla respirar. No debería. Lo sé incluso antes de hacerlo. Esta casa está llena de ojos, de bocas, de apellidos podridos esperando convertir cualquier gesto en pecado. Pero Valeria llora en silencio y yo no sé quedarme lejos.

—No quiero estar aquí —susurra.

—Lo sé.

—Todo huele a ella.

—Sí.

—Y usted también.

La frase me inmoviliza. Valeria levanta la vista de golpe, como si acabara de darse cuenta de lo que dijo. Sus mejillas se encienden, no de vergüenza dulce, sino de rabia contra ella misma. Yo debería apartarme, en cambio, miro mi saco sobre sus hombros, mi ropa en su cuerpo, su dolor bajo mi techo. La clase de pensamiento que un hombre decente no debería permitirse.

—Tome esto —dice, quitándose el saco con torpeza.

Lo toma entre los dedos y me lo lanza al pecho. No lo agarro a tiempo. Cae al piso, entre los dos. Ninguno se inclina a recogerlo.

—No necesito nada suyo —añade.

—Nunca dije que lo necesitaras.

—Entonces deje de aparecer cada vez que intento respirar.

Me río, bajo, sin humor.

—Créeme, eso también intento.

Sus ojos cambian. Por un segundo, entiende que no hablo solo de esta noche. Hablo de ella. De su boca temblorosa. De su terquedad. De la forma en que entró a esta casa y desordenó una culpa que yo creía bien enterrada. Hablo de lo mucho que debería alejarme. Y de lo poco que quiero hacerlo.

—Usted me detesta —dice, pero su voz ya no suena tan segura.

—No.

La respuesta sale demasiado rápida, demasiado honesta, Valeria traga saliva. Afuera, un trueno parte el cielo. La luz parpadea. Durante un instante, el corredor queda casi a oscuras, y cuando vuelve la claridad, ella está más cerca. O quizá soy yo quien se movió. No importa. La distancia entre los dos ya no alcanza para proteger a nadie.

—Leandro… —murmura.

Es la primera vez que dice mi nombre sin usarlo como arma. Me atraviesa.

—No lo hagas —le advierto.

—¿Qué cosa?

—Mirarme así.

Sus pestañas tiemblan.

—No sé cómo lo estoy mirando.

Sí sabe. Los dos sabemos. Como si me odiara, pero quisiera entenderme. Como si quisiera empujarme lejos, pero no pudiera dejar de notar que sigo aquí. Como si el peligro no estuviera en el testamento, ni en la muerte de Elena, ni en los enemigos del rancho.

Sino en este corredor. En esta hora. En nosotros. Me inclino para recoger el saco. Necesito romper el momento antes de cometer un error que no tendría regreso. Cuando me incorporo, Valeria está mirando mis manos.

—Mi madre lo respetaba —dice de pronto.

—Eso dijiste tú.

—Pero no dijo que lo amaba.

No respondo. Porque la verdad es una cuerda tensa. Si tiro de ella ahora, nos corta a ambos. Valeria da un paso más cerca.

—¿La amó usted?

Miro su rostro. Su juventud. Su dolor. Esa belleza que no pidió tener y que ahora parece una acusación.

—No de la forma que debería haberla amado.

El silencio pesa. Ella entiende demasiado. O tal vez imagina demasiado. Ambas cosas son peligrosas.

—Entonces ¿por qué se casó con ella?

—Porque todos tenemos decisiones que nos condenan.

Valeria respira hondo.

—¿Y yo? ¿También soy una condena?

La pregunta me golpea más fuerte que el trueno. Quiero decirle que no. Que ella es la única cosa viva en esta casa llena de muertos. Que desde que apareció con los ojos rotos y la boca llena de orgullo, el rancho parece menos silencioso y más insoportable. Pero no puedo decirle eso. No a ella. No esta noche.

—Tú eres un problema —mascullo.

Sus labios se abren apenas, herida, ofendida, hermosa.

—Gracias por su sinceridad.

Pasa a mi lado, intentando recuperar su maleta. La detengo tomándola suavemente de la muñeca. Error, su piel está fría, mi pulso no. Valeria mira mi mano. Luego mis ojos.

—Suélteme.

Lo hago. Pero antes de apartarme, le digo la única verdad que sí puedo permitirme:

—Eres un problema porque no quiero que te vayas.

El aire se queda quieto. Ella no habla. Yo tampoco. El trueno vuelve a rugir sobre el techo, y por primera vez desde que Elena murió, no pienso en la tumba, ni en las cartas, ni en el testamento. Pienso en Valeria Monteverde parada frente a mí. Y en la certeza terrible de que, si se queda en Las Tres Lunas, no habrá enemigo más peligroso para ella que yo.

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