Capítulo 4 Capítulo 4

Leandro

Valeria aparece en el entierro con mi saco puesto. Y todo el rancho lo nota. No debería importarme. Es solo una prenda negra sobre sus hombros, una cortesía en una noche de lluvia, una forma torpe de evitar que temblara frente a todos. Pero cuando la veo cruzar el jardín con el rostro pálido, el cabello suelto y ese orgullo roto que no sabe esconder, entiendo que no hay nada simple en verla usando algo mío.

Camila también lo nota. Su mirada va de Valeria a mí, afilada como cuchillo.

—Qué rápido encuentra consuelo la hija perdida —murmura.

La escucho. Valeria también. Antes de que yo diga algo, ella se detiene frente a Camila y sonríe sin alegría.

—Y qué rápido se amarga quien no fue elegida para nada.

Camila se queda helada. Yo bajo la mirada para ocultar una reacción que no debería tener en pleno entierro de mi esposa. Porque Valeria no pide permiso para herir. Y eso me gusta demasiado.

El padre Anselmo empieza la oración. Los hombres bajan el ataúd de Elena. La tierra húmeda se abre para recibirla, y por primera vez en días siento el peso real de su ausencia. Elena se ha ido. Pero me dejó a Valeria, no como herencia, como castigo o como salvación. Todavía no lo sé.

Cuando cae el primer puñado de tierra, Valeria aprieta los dedos en la manga de mi saco. No se da cuenta. Yo sí. Sus nudillos se ponen blancos, su respiración se rompe y por un segundo parece más joven, más sola, más perdida de lo que quiere permitir.

Quiero tocarla. No lo hago. Hay demasiados ojos. Demasiada culpa. Demasiado pasado enterrándose frente a nosotros.

Cuando termina el entierro, Tomás Herrera se acerca con el portafolio en la mano. Detesto a los abogados en los funerales. Siempre llegan cuando el dolor todavía está caliente.

—Don Leandro —saluda—. La lectura debe hacerse hoy.

Valeria gira hacia nosotros.

—¿Lectura de qué?

Tomás me mira, buscando permiso. No se lo doy. Tampoco lo niego.

—Del testamento de tu madre —respondo.

Valeria suelta una risa baja.

—Ni muerta pudo esperar para seguir dando órdenes.

Nadie se atreve a responderle. Yo sí.

—Esa parte la heredaste de ella.

Sus ojos chocan con los míos. Hay dolor ahí. Pero también fuego. Siempre fuego.

Entramos al despacho de Elena. Valeria se queda de pie junto a la ventana, como si sentarse fuera aceptar pertenencia. Sigue con mi saco. Sigue con mi olor encima. Sigue fingiendo que no se da cuenta.

Tomás abre el documento y lee. Dinero. Joyas. Cuentas. Algunas propiedades menores. Valeria escucha sin interés, hasta que el abogado llega a la cláusula principal.

—Para recibir su parte de la herencia familiar, Valeria Monteverde deberá permanecer durante un año en el rancho Las Tres Lunas.

Ella levanta la cabeza.

—No.

Tomás traga saliva.

—Es una condición legal.

—Mi madre no podía obligarme a vivir aquí.

—No la obliga —digo—. Pero si te vas, pierdes lo que te dejó.

Valeria me mira como si la estuviera encerrando con mis propias manos.

—¿Usted sabía esto?

Sí. Y no hay forma noble de decirlo.

—Sí.

Su rostro cambia. Se cierra. Se endurece.

—Claro. Por eso quería que me quedara anoche.

—Quería que te quedaras porque estabas destruida.

—No use mi dolor para parecer decente.

La frase me golpea. Me lo merezco. Camila, sentada al otro lado del despacho, sonríe apenas.

—Nadie te está rogando que aceptes. Puedes irte si tanto desprecias este lugar.

Valeria no la mira, me mira a mí, eso es peor.

—¿Y usted qué quiere, Leandro? —pregunta—. ¿Que me quede o que me vaya?

La habitación entera desaparece, solo queda ella, su voz, sus ojos. Esa pregunta que no puedo responder como hombre, porque debo responder como viudo, como dueño del rancho, como guardián de una promesa que cada minuto pesa más.

Me acerco despacio.

—Quiero que estés a salvo.

—No le pregunté eso.

Lo sé. Maldita sea, lo sé.

—Quédate —digo.

La palabra sale baja, áspera, más honesta de lo que conviene. Valeria parpadea. No esperaba que lo dijera así. Yo tampoco. Camila se levanta de golpe.

—Esto es absurdo. Ella no pertenece aquí.

Valeria por fin la mira.

—Entonces será divertido verla acostumbrarse.

Casi sonrío otra vez.  Tomás continúa con la lectura, pero yo ya no escucho. Solo veo a Valeria caminando hacia la puerta, todavía con mi saco sobre los hombros. Antes de salir, se detiene junto a mí. Muy cerca. Lo suficiente para que su perfume se mezcle con el luto, con la tierra mojada, con todas las cosas que debería evitar.

—Me quedaré un año —susurra.

Mi pecho se tensa.

—Bien.

Ella inclina el rostro apenas hacia el mío. Sus labios están demasiado cerca para una mujer que debería odiarme.

—Pero no por usted.

La miro.

—Eso dices ahora.

Valeria sostiene mi mirada un segundo más. Luego se quita mi saco y me lo entrega. Sus dedos rozan los míos. Breve, peligroso, inolvidable.

—No se acostumbre a verme con cosas suyas, señor Montenegro.

Se va. Y yo me quedo con mi saco en la mano, rodeado de gente, papeles y cenizas de una vida que ya no existe. Porque Valeria Monteverde acaba de quedarse en mi rancho. Y yo, que debería sentir alivio, solo siento miedo.

No por lo que pueda pasarle. Sino por lo que voy a desear hacer para que nunca se vaya.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo