Capítulo 5 Capítulo 5
Valeria
Valeria baja a desayunar como si viniera a declarar una guerra. No trae vestido de luto. Tampoco mi saco. Viste unos jeans ajustados, una blusa blanca sencilla y el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Nada escandaloso. Nada provocador.
Y aun así, todos la miran. Yo también. Ese es mi primer error del día. El segundo es no apartar la vista a tiempo.
Camila lo nota desde el otro extremo de la mesa. Bruno también. Úrsula finge servir café, pero conoce esta casa demasiado bien como para no sentir cuando el aire cambia.
Valeria se detiene junto a la silla que solía ocupar Elena. Nadie habla. Ella tampoco. Solo apoya una mano en el respaldo y me mira.
—¿Puedo?
Camila deja la taza sobre el plato con un golpe seco.
—Ese era el lugar de Elena.
Valeria no se inmuta.
—Lo sé.
—Entonces deberías respetarlo.
Valeria sonríe apenas.
—Mi madre me dejó un año en esta casa. Supongo que también me dejó una silla.
Bruno suelta una carcajada baja. Camila palidece de rabia. Yo debería intervenir. No lo hago. Porque Valeria no necesita que la salven. Necesita que la dejen demostrar que no llegó aquí para esconderse.
Se sienta. En la silla de Elena. Frente a mí. Y el desayuno se convierte en un campo minado.
—¿Dormiste bien? —pregunto.
Valeria toma la servilleta y la coloca sobre sus piernas.
—No.
—La cama era cómoda —dice Camila—. Tal vez el problema no era la habitación.
Valeria levanta la vista.
—Tal vez el problema es dormir en una casa donde todos sonríen como si no odiaran tenerme aquí.
El silencio cae. Bruno aplaude una vez, burlón.
—Me agrada la muchacha.
—A ti te agrada cualquier cosa que incomode —le digo.
Valeria me mira de reojo. Hay una sombra de sonrisa en sus labios. Pequeña. Fugaz. Me afecta más de lo que debería. Úrsula sirve café. Valeria toma la taza entre ambas manos. Sus dedos son finos, pero no débiles. Tiene manos de mujer educada lejos de la tierra, manos que no conocen callos ni riendas. Y aun así, ayer sostuvo su dolor mejor que muchos hombres que presumen fuerza.
—Hoy quiero conocer el rancho —dice.
Camila ríe.
—¿Con esos zapatos?
Valeria mira sus botas nuevas.
—Compré lo más parecido a no morir en lodo.
Esta vez soy yo quien casi sonríe.
—Mateo puede mostrarte los establos —claudico.
La frase me sale antes de pensarla. Y me arrepiento al instante. Porque Valeria ladea la cabeza.
—¿Mateo?
—El capataz.
—Perfecto.
Perfecto no. Nada de perfecto. Camila bebe café para ocultar su sonrisa. Bruno me mira como si acabara de encontrar un hilo del cual tirar.
—Mateo es muy atento con las recién llegadas —dice él.
Lo miro.
—Bruno.
—¿Qué? Solo digo que la señorita merece un buen recorrido.
Valeria deja la taza sobre la mesa.
—No se preocupen. Puedo caminar sin enamorarme del primer hombre que me explique dónde están los caballos.
Debería alegrarme. No lo hago. Porque no me gusta imaginarla caminando con Mateo. No me gusta imaginarlo enseñándole el rancho, hablándole bajo el sol, acercándose para ayudarla a subir una cerca. No me gusta. Y eso me irrita.
—Yo te lo mostraré —digo.
Todos me miran. Valeria también. Sus ojos brillan con una sorpresa que intenta ocultar.
—Creí que estaba ocupado siendo el dueño de todo.
—Lo estoy.
—Entonces no se moleste.
—No es molestia.
Camila se levanta de golpe.
—Tío, tienes reuniones.
—Se cancelan.
—¿Por ella?
La pregunta queda suspendida. Valeria baja la mirada a su plato, pero alcanzo a ver cómo se le endurece el rostro. Está acostumbrada a que la hagan sentir sobrante. A que su presencia parezca siempre un inconveniente. No aquí. No mientras yo respire.
—Por el rancho —respondo—. Valeria debe conocer lo que también le pertenece.
Camila aprieta los labios y sale sin pedir permiso. Bruno sonríe.
—Esto se pone interesante.
—Termina tu desayuno y vete.
—Siempre tan amable.
Cuando quedamos casi solos, Valeria se levanta.
—No tiene que hacerlo.
—Sí.
—¿Por qué?
Porque no quiero que otro hombre camine a tu lado. Porque no quiero que este rancho te trague antes de que aprendas a defenderte. Porque anoche dijiste que no querías estar aquí y aún así te quedaste. Pero no digo nada de eso.
—Porque Elena lo pidió.
Su expresión se cierra. Error. Otro más.
—Claro —murmura—. Todo por Elena.
Pasa a mi lado rumbo a la puerta. La sigo. Afuera, el sol cae sobre los potreros. El aire huele a pasto, caballo y mañana nueva. Valeria camina unos pasos delante de mí, orgullosa, terca, demasiado hermosa para este luto.
—Valeria.
Se detiene.
—¿Qué?
Me acerco. Ella no retrocede, pero su respiración cambia.
—No todo lo que hago por ti es por Elena.
Sus ojos buscan los míos. Durante un segundo no hay rancho, ni testamento, ni muertos entre nosotros. Solo ella. Solo yo. Solo esta distancia peligrosa que cada vez se hace más pequeña.
—Entonces tenga cuidado, Leandro —susurra—. Porque yo no sé qué hacer con un hombre que dice querer protegerme, pero me mira como si también quisiera destruirme.
El golpe me deja sin aire. Valeria sigue caminando hacia los establos. Yo me quedo un instante mirando su espalda. Y entiendo que el verdadero problema no es que ella se quede un año en Las Tres Lunas. El problema es que apenas lleva un día aquí… y ya no sé cómo dejarla ir.
