Capítulo 6 Capítulo 6
Valeria
Bajo a desayunar decidida a no parecer débil. No dormí. No lloré. No descansé. Solo pasé la noche mirando el techo de una habitación que olía a lavanda, madera vieja y recuerdos que no eran míos. En esa casa todo tiene historia, menos yo. Las paredes, los retratos, los muebles, las voces en los pasillos. Todo parece pertenecer a alguien.
Menos yo. Cuando entro al comedor, las conversaciones se apagan. Camila está sentada con la espalda recta y una taza de café entre las manos. Bruno sonríe como si mi presencia fuera el entretenimiento del día. Leandro está al fondo de la mesa, vestido con camisa negra, serio, imponente, demasiado dueño de todo.
Y demasiado difícil de ignorar. Mis ojos se cruzan con los suyos. Solo un segundo. Suficiente para que recuerde su saco sobre mis hombros. Su voz en la oscuridad. Su frase clavándose donde no debía:
No quiero que te vayas. Aparto la mirada antes de que alguien note que me afecta.
Entonces veo la silla vacía. La de mi madre. No sé cómo lo sé. Tal vez por la forma en que nadie la toca. Tal vez porque la ausencia también ocupa espacio. Camino hacia ella y apoyo una mano en el respaldo.
—¿Puedo sentarme aquí?
Camila suelta una risa suave.
—Ese era el lugar de Elena.
La miro.
—Lo sé.
—Entonces deberías respetarlo.
Respiro hondo. El dolor intenta subirme a la garganta, pero lo empujo hacia abajo. Ya lloré demasiado por dentro.
—Mi madre me dejó en esta casa por un año —digo—. Supongo que también puedo usar su silla.
El rostro de Camila se tensa. Me siento antes de arrepentirme. Frente a Leandro. Error. Desde aquí es imposible no verlo. Sus manos grandes junto a la taza. La barba oscura. La mirada fija en mí, como si quisiera descubrir en qué parte exacta me estoy rompiendo.
—¿Dormiste bien? —pregunta.
Casi me río.
—No.
—Tal vez el problema no era la habitación —murmura Camila.
Leandro la mira. No dice nada, pero el silencio que le entrega basta para hacerla bajar la vista. Yo debería agradecerlo. No lo hago.
—Hoy quiero conocer el rancho —digo.
Bruno alza una ceja.
—¿Tan pronto?
—Pienso quedarme un año. Mejor saber dónde estoy atrapada.
Leandro deja la taza sobre la mesa.
—No estás atrapada.
Lo miro.
—¿No?
—Puedes irte cuando quieras.
—Y perderlo todo.
Su mandíbula se endurece.
—Eso no lo decidí yo.
No sé si creerle. Ese es el problema con Leandro Montenegro: parece culpable incluso cuando intenta protegerme. Y aun así, cuando me mira, una parte estúpida de mí quiere confiar. Camila sonríe con veneno.
—Mateo puede enseñarte los establos. Es amable con las recién llegadas.
No sé quién es Mateo, pero noto cómo cambia la mirada de Leandro. Apenas. Pero cambia. Interesante.
—Perfecto —digo—. Entonces que sea Mateo.
Leandro levanta la vista.
—Yo te llevaré.
El comedor queda en silencio. Camila se pone rígida. Bruno sonríe como si acabaran de servirle el mejor plato. Yo intento mantener la calma, pero el corazón me traiciona con un golpe fuerte.
—Creí que tenía cosas más importantes que hacer.
—Las tengo.
—Entonces no pierda su tiempo conmigo.
Sus ojos se oscurecen.
—No lo estoy perdiendo.
No sé por qué esa frase me toca, no debería. Nada en él debería tocarme. Es el viudo de mi madre. Es mayor. Es el hombre que representa todo lo que me fue negado. La casa. El rancho. Los años. Las respuestas.
Y aun así, cuando se levanta de la mesa, siento que el aire cambia. Salgo antes que él.
El sol de la mañana cae sobre Las Tres Lunas con una belleza cruel. El rancho huele a pasto húmedo, café y caballos. A lo lejos, los peones trabajan, los perros corren entre la tierra y las cercas, y los establos se levantan como si siempre hubieran estado esperándome.
Leandro camina a mi lado, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Esa distancia me molesta más que su cercanía.
—No tiene que hacer esto —digo.
—Sí tengo.
—¿Por mi madre?
Él tarda en responder.
—No solo por ella.
Me detengo. Leandro también. El viento mueve mi cabello sobre mi rostro. Antes de que pueda apartarlo, él levanta la mano. Se queda a medio camino, como si tocarme fuera una mala idea.
Lo es. Pero quiero que lo haga. Ese pensamiento me asusta tanto que doy un paso atrás.
—No me mire así —murmuro.
Su voz baja.
—¿Así cómo?
Como si quisiera cuidarme. Como si quisiera besarme. Como si yo fuera un error que está dispuesto a cometer. Pero no digo eso. Solo aprieto los labios y vuelvo a caminar.
—Como si no recordara quién soy.
Leandro se queda en silencio unos segundos. Luego camina detrás de mí, lento, firme, peligroso.
—Lo recuerdo demasiado bien, Valeria.
Mi nombre en su boca me recorre la piel. Odio eso. Odio no odiarlo lo suficiente. Llegamos a los establos. Un caballo negro levanta la cabeza al verlo y relincha con fuerza. Leandro se acerca, le acaricia el cuello y el animal se calma de inmediato.
Hay algo en esa escena que me desarma. Un hombre tan duro tocando con tanta paciencia.
—Se llama Sombra —dice.
—Le queda.
—Es difícil, desconfiado y no deja que cualquiera se acerque.
Lo miro de reojo.
—Entonces nos parecemos.
Leandro casi sonríe. Y esa casi sonrisa me golpea más que cualquier palabra. Por un instante, el luto se aleja. La rabia también. Solo queda el sol sobre su rostro, el olor a tierra, el silencio entre nosotros y esa tensión creciendo como fuego seco.
—Valeria —dice.
—¿Qué?
Sus ojos bajan a mi boca. Un segundo. Nada más. Pero basta para destruirme la respiración.
—Este rancho puede ser peligroso para ti.
Trago saliva.
—Creo que usted también.
No lo niego. No se aleja. Solo me mira con una intensidad que me deja inmóvil.
—Tienes razón.
El corazón me late demasiado rápido. Debería correr. Debería recordar a mi madre. Debería odiarlo. Pero cuando Leandro Montenegro se acerca un paso y el mundo parece quedarse sin sonido, entiendo algo terrible:
Las Tres Lunas no me va a destruir por sus secretos, me va a destruir por él.
