Capítulo 2 Bajo la máscara

La noche de Bolonia no era ruidosa, era insinuante

Las luces de las farolas caían sobre el asfalto húmedo, dibujando sombras qué parecían moverse. La ciudad tan pulcra durante el día, se despojaba de su rigidez para mostrar algo más íntimo, más peligroso.

El auto negro de Amarís se deslizó con suavidad por una calle secundaria, lejos del bullicio de los restaurantes y las plazas iluminadas. Sus manos, firmes sobre el volante, no temblaban, nunca lo hacían.

Pero aquí no era Amarís...

El vehículo se detuvo en un callejón estrecho, apenas iluminado por una luz tenue que parpadeaba en la pared de ladrillos. No había señales, ni nombres, ni indicios de lo que se ocultaba detrás de aquella discreción.

Y eso... era exactamente el punto, apagó el motor, el silencio la envolvió de inmediato.

Durante unos segundos, permaneció inmóvil, observando el reflejo de su rostro en el espejo retrovisor. La mujer que la miraba de vuelta era perfecta, intocable, vacía, exhalo lentamente, luego abrió la puerta.

El sonido de los tacones contra el pavimento resono en el callejón como un anuncio silencioso. Cada paso era seguro, medido, no había duda en su andar, nunca lo había.

Frente a ella, una puerta metálica, oscura, sin adornos, se alzaba como un umbral entre dos mundos. No había timbre, no había cerradura visible, solo una pequeña cámara, Amarís levantó la mirada.

Un segundo, dos un leve clic rompió el silencio, la puerta se abrió, sin palabras, sin preguntas, entró.

El contraste fue inmediato, mientras el exterior era frío, distante el interior respiraba. El aire era distinto respiraba, un pasillo estrecho, bañado en luces tenes de color rojo profundo, se extendía frente a ella. Perfumes sutiles se mezclaban con el aroma del cuero y algo más, algo difícil de nombrar, expectativa.

La música lejana, grave y envolvente, vibraba bajo sus pies, Amarís avanzó sin detenerse, conocía el camino, siempre lo hacía, nadie la interceptó, no había necesidad, en aquel lugar las identidades no importaban, los nombres eran irrelevantes.

Aquí solo existía lo que cada uno decía ser y Amarís estaba a punto de desaparecer.

La puerta al final del pasillo se abrió con suavidad al empujarla, la habitación la recibió como un secreto. Tonos rojo y negro dominaban el espacio, creando un ambiente íntimo, contenido.

Las paredes estaban re vestidas con telas oscuras qué absorbian la luz, dejando solo destellos suaves qué delineaban las formas.

Un espejo alto ocupaba una de las paredes, un sillón de terciopelo negro, una mesa perfectamente ordenada, en el centro una cama circular y en el techo un espejo. Era un santuario no de descanso, sino de transformación, Amarís cerró la puerta tras de sí, y por primera vez en todo el día se permitió bajar los hombros solo un poco.

Dejo su bolso sobre la mesa y se acercó al espejo, su reflejo la observó con la misma frialdad de siempre, pero había algo más ahora, una chispa, una promesa. Sus dedos se deslizar o hacia los botones de su blazer,uno a uno sin prisa.

Como si cada movimiento fuera parte de un ritual cuidadosamente repetido, la prenda cayó sobre el sillón, luego la blusa, la prenda de seda abandono su piel.

Amarís no apartó la mirada del espejo nunca lo hacía, se despojo de su identidad con la misma precisión con la que la construía cada mañana.

Cada capa, cada pieza era una versión de si misma qué quedaba atrás, hasta que quedo solo ella, sin título, sin nombre, sin expectativas. Abrió el cajón de la mesa y allí estaba el corsé negro, lo tomo con ambas manos, observandolo por un instante. La tela firme y delicada a la vez, prometía estructura, control, contención, exactamente lo que buscaba.

Se lo colocó con movimientos expertos, ajusto cada cierre, cada hebilla, hasta que el corsé abrazo su cuerpo con perfección, moldeandola, reafirmando.

Su respiración cambió más lenta, más consciente, luego tomo el pantalón de cuero se deslizó sobre su piel, como una segunda capa, ajustandose con precisión, marcado cada línea de su cuerpo.

Sus manos se detuvieron por un segundo sobre la mesa, allí estaba la peluca roja intensa indomable. Nada en ella era casual, la tomo con cuidado, colocandola sobre su cabeza, acomodando cada mechón hasta que el reflejo en el espejo comenzó a cambiar. La mujer de negocios desapareció, en su lugar emergia alguien más, alguien que no se contenía pero aun faltaba algo, la máscara de encaje negro, delicada y a la vez impenetrable. La sostuvo frente a su rostro como si evaluará por última vez la desicion.. Un segundo, solo uno luego la coloco, el mundo cambió.

Sus ojos, ahora enmarcados por el encaje, parecían más oscuros, más profundo, más peligrosos. Amarís ya no estaba allí, en su lugar estaba la Roja la doramatrix.

Se acercó al espejo, observó su reflejo con atención, no había dudas, no había titubeos, solo control, pero esta vez un control distinto, no impuesto, elegido. Sus labios se curaron apenas en una sonrisa, casi imperceptible pero real.

Tomo los guantes negros de la mesa los deslizó sobre sus manos, ajustandolos con precisión. Cada detalle importaba, cada elemento era parte del personaje, de la presencia del poder, por que en aquel lugar la apariencia no era superficial, era lenguaje, era autoridad, era deseo contenido, era liberación.

La roja giro sobre si misma, comprobando cada ángulo, cada línea, no había errores, no había fisuras, solo perfección. Pero no la perfección fría de Amarís, esto era algo más oscuro, más libre.

Un golpe suave en la puerta la saco de sus pensamientos, no era interrupción, era una señal. Había llegado el momento, no respondió no necesitaba hacerlo, el silencio, también era poder. Tomo aire lentamente y camino hacia la puerta, cada paso firme, cada movimiento deliberado.

Al abrirla, el murmullo del club la envolvío por completo, el eco de una música que parecía latir en las paredes, el mundo la esperaba. Pero no como Amarís, ahí ella era la roja, la doramatrix, la reina del club Luna Negra.

Cuando cruzó el umbral, nadie la vio directamente, todos bajaron la mirada en señal de respeto.

Pero esa noche algo era distinto, aún no lo sabía, lo sentía, una mirada qué aún no la encontraba.

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