Capítulo 3 La mirada del lobo.

El aire en Luna Nera parecía más denso esa noche, no por la música, no por las sombras, sino por algo que aún no tenía nombre. Pero que ya había comenzado, la roja avanzaba entre las luces rojas con la misma seguridad de siempre. Su cuerpo respondía al ritmo del lugar como si fuera parte de él, como si cada paso danza qué solo ella comprendía.

Y entonces, lo sintió esa mirada, no invasiva, no desesperada, precisa.

Como una mano invisible recorriendo su espalda, deteniendo se en los puntos exactos, analizando, comprendiendo, sin tocar.

Giró apenas el rostro y ahí estaba, el hombre de traje negro, inmóvil, observando.

No había arrogancia en su postura, tampoco urgencia, solo una calma peligrosa, como la de un animal que no necesita correr, porque sabe que la presa no escapara.

Sus miradas se encontraron y el tiempo se quebró, no hubo sonrisa, no hubo gesto.

Solo ese intercambio silencioso qué decía demasiado, él no se acercó, ella tampoco pero el mensaje estaba claro, esto no ha terminado, apenas comienza.

Solo ese intercambio silencioso qué decía demasiado, él no se acercó, ella tampoco, pero el mensaje estaba claro, esto no había terminado, recién comenzaba.

Las luces del salón principal comenzaron a cambiar, un pulso más intenso, más enfocado, la música bajó apenas, lo suficiente para que la atención de los presentes se dirigirá al escenario en el centro. Era el momento la roja no apartó la mirada de él... Hasta que lo hizo deliberadamente, decidiendo cuando terminar el contacto.

Diciéndole que él no tenía el poder, ella si, giro sobre sus tacones y avanzo hacia el escenario cada paso firme, cada movimiento calculado, sabía que el desconocido la observaba.

Subió los escalones sin apresurarse, la luz la envolvió de inmediato, dibujando su silueta negra con el fondo rojo. El contraste la hacía parecer irreal, intocable, en el centro del escenario había un hombre esperando de rodillas, la cabeza baja, las manos apoyadas sobre sus muslos, inmóvil, expectante, sumiso.

La roja se detuvo frente a él, no lo tocó, no de inmediato, lo observó evaluando cada detalle, decidiendo si merecía su atención.

El silencio se volvió absoluto, incluso la música parecía haber bajado para ese momento. Lentamente, levantó una mano y con ese gesto mínimo ordenó, el hombre alzó la mirada, sus ojos no buscaban dominar, buscaban aprobación, nesecitaba dirección y ella se la daría.

Desde su asiento, Kael no se movía, había elegido una mesa en la penumbra, lo suficientemente cerca para ver, pero lo bastante lejos para no ser visto fácilmente.

Pero ahora eso no importaba, porque ella ya lo había visto, sus ojos fijos en el escenario, en ella, en cada movimiento, no observaba con deseo común, era algo más profundo.

Su aroma le decía que le pertenecía, que era suya su lobo rasguño en su interior quería salir y reclamar lo q le pertenecía, pero se controlo porque esa mujer humana no era fácil, destilaba poder.

La roja comenzó a caminar alrededor del sumiso, lento como un depredador rodeando a su presa o como una reina evaluando a su súbditos. Sus tacones resonaban en el escenario, marcando un ritmo que hacia que el aire se tensara con cada paso.

Se detuvo frente a él, cerca sin tocarlo, su presencia bastaba.

El hombre inhalo con fuerza, como si pudiera sentirla incluso sin contacto, ella inclino apenas el rostro, observandolo desde arriba y entonces sus dedos descendieron lentamente, rozaron su mentón, lo elevaron no con brusquedad, con control, con dominio absoluto.

El gesto era suave, pero no dejaba lugar a dudas.

Kael entrecerro los ojos, interés, pero también algo más reconocimiento, ella no estaba actuando, era natural en ella, control, autoridad.

La forma en que el hombre respondía a cada gesto sin cuestionar, eso no se enseña se lleva dentro y ella lo llevaba.

La roja miraba al hombre, hasta que se inclino, —mírame.

El hombre la miró obediente, sin pestañear.

—¿Aceptas ser un sumiso, sabes las reglas?.

— Sí, ama.

La roja curvo sus labios en una leve sonrisa,—Dime las palabras de seguridad.

"rojo" significa "parar", "ámbar" o "amarillo" significa "proceder con precaución", y "verde" significa "¡más, por favor!"— respondió el hombre.

—Comenzemos — dijo la roja, camino alrededor del hombre de nuevo evaluando.

Solo tomo la cedena con firmeza, y con un movimiento preciso lo obligó a incorporarse, el paso de estar de rodillas a quedarse de pie. El cambio brusco hizo que su respiración se hiciera más profunda, más consciente.

El sonido metálico resono en la habitación cuando la cadena se tendía por encima de él.

Por un instante todo quedo suspendido, él sintió como su cuerpo respondía no solo a la posición, sino a la certeza de que ya no tenía el control. Sus muñecas quedaron aseguradas, elevadas lo suficiente para obligarli a mantenerse ergjido, vulnerable, expuesto ante ella.

Sus dedos recorrieron su espalda lentamente, no fue un simple roce, hubo intención, un recordatorio silencioso de quien guiaba cada segundo de lo que estaba ocurriendo. Él cerró los ojos un instante, sintiendo cómo la anticipación le tensa a cada músculo.

El primer impacto llegó sin aviso, preciso, su cuerpo reaccionó de inmediato, ella no se apresuró.

Se acerco de nuevo, despacio, dejando que el eco del momento se asentara en él.

—Quiero escucharte respirar — susurró en cerca de su oído.

Cada exhalacion de él se volvió más pesada, más cargada, como si el aire mismo pesará distinto.

La roja se movía con una gracia controlada, usó una vara de bambú, suave, para recorrer su piel. Primero por sus costillas, luego por su espalda, bajando por la curva de sus nalgas.

Otra palmada esta vez más firme, el ardor se convirtió en calor y el calor, en deseo.

Su sexo palpitaba, húmedo, expectante, pero la roja no se apresuraba.

Disfrutaba de cada gesto, cada estremecimiento.

Le colocó una pinza suave en cada pezón, unidas por una cadena delgada.

el hombre jadeó, el dolor punzante fue breve y luego... placer.

El juego cambió de ritmo, la roja se colocó detrás de él , respiró sobre su piel, hizo vibrar la cadena con un movimiento.El dolor se mezclaba con el deseo, la tensión de las cadenas amplificaba cada sensación.La falta de control se convertía en éxtasis.Lo llevó a un punto en el que su mente dejó de resistirse.Donde solo quedaban los sentidos y entonces, ella habló.

—Imagina, estás atado, sí, pero libre, más libre que nunca.— dijo la roja en su oído

Su voz era un arrullo.

Y entonces, la cadena vibró de nuevo, la vara golpeó con precisión.

El hombre gritó, pero no fue dolor, fue clímax. orgasmo intenso, repentino.

Su cuerpo se arqueó contra las cuerdas, su piel ardía, su alma flotaba.

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