Capítulo 5 El dominio de la Roja
La roja estaba sentada en el sillón, una pierna cruzada sobre la otra, envuelta en la penumbra de la habitación. La luz tenue dibujaba su silueta con precisión, resaltando cada línea como si fuera parte de un ritual silencioso.
Esperaba sin prisa, sin duda, dos golpes suaves en la puerta rompieron el silencio, ella no se movió de inmediato solo después de unos segundos, habló.
—Entra.
La puerta se abrió lentamente, el hombre cruzó con la cabeza ligeramente inclinada, como si al hacerlo dejara atrás su voluntad.
—Ama… —dijo en voz baja.
La Roja lo observó sin responder de importancia, sus ojos lo recorrieron con calma, evaluando, midiendo cada gesto, cada respiración.
—Termina de desvestirte.
No fue una orden dura, pero si absoluta, el hombre obedeció sin vacilar, cada movimiento estaba cargado de una mezcla de nerviosismo y deseo contenido, no había vergüenza en el solo entrega, ella no apartó la mirada. Cada gesto era observado, registrado, cuando terminó.
—Acércate.
Él dio un paso, luego otro, hasta quedar frente a ella.
La Roja se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodilla.
—¿Estás dispuesto a entregarte a mí?
La pregunta no era ligera, pesaba, el hombre sostuvo su mirada.
—Sí, ama.
La respuesta fue firme, convencida, ella sonrió apenas, se levantó.
Un movimiento fluido, elegante, cargado de intención, antes de que él pudiera reaccionar, lo empujó con suavidad controlada hacia la cama.
El hombre cayó de espaldas, sin oponer resistencia, La Roja se acercó despacio, no había prisa.
Se detuvo junto a la cama, observando desde arriba, su mirada intensa profunda, como si buscará algo más allá de lo evidente.
Tomó sus muñecas, las guió con firmeza, asegurandolas con precisión, no había búsquedad, pero tampoco duda, control, el hombre la miraba con deseo, con nesecidad y ella lo sabía y lo utilizaba.
La Roja dio un paso atrás y entonces comenzó a desvestirse lentamente, sin perder la mirada. Cada movimiento era deliberado, casi hipnotico, no buscaba provocar de forma evidente, sino dominar incluso ese instante.
El silencio se volvió más denso, más íntimo, el hombre no apartaba los ojos no podía, ella no se lo permitía.
Cuando terminó, se acercó nuevamente, subió a la cama con elegancia natural, como si ese espacio le perteneciera desde siempre.
Paso sus dedos suavemente sobre el pecho del hombre, recorriendo lentamente y haciendo círculos, llegando a sus abdominales, siguió bajando lentamente, la respiración del hombre se volvió agitada con ese simple toque.
Se colocó sobre él, sin peso real, pero con toda la presencia, el aire entre ambos cambió, más cercano, más cargado, más peligroso.
La Roja cerró los ojos por un instante y entonces aparecieron esos ojos oscuros profundos, observandola desde la distancia, desde las sombras.
Su respiración cambió, su cuerpo empezó a sentir calor uno que no sentía hace mucho.
—Quieres complacerme—preguntó La Roja, sin abrir los ojos.
—Sí, Ama.
El hombre ofreció su cuerpo sin miedo ni reserva, ella tomó lo que era suyo.
La Roja se posiciono haciendo que su hombría la penetrara profundo, sus movimientos fuertes con intensidad.El placer no estaba en el acto, sino en el dominio, en el gemido contenido. En el suspiro que él soltó cuando su voluntad fue doblegada por completo.
—Eres mío —dijo La Roja , con la respiración apenas alterada.
Abrió los ojos lentamente y volvió a la realidad, a la habitación, al hombre bajo ella, a la escena qué aun le pertenecía.
La Roja inclinó el rostro y dejó que sus labios rozaran su piel, apenas un contacto, casi un susurro. No besaba con urgencia, lo hacía con intención, como si cada roce fuera una orden silenciosa.
El hombre cerró los ojos, dejándose llevar, entregandose a ese ritmo que ella imponía sin necesidad de palabras.
Pero ella no estaba completamente ahí, porque en medio de cada movimiento, en cada pausa entre respiraciones…
aparecían esos ojos, oscuros, profundos, observándola desde las sombras.
Su mente los reconstruia con presicion, como si aun estuviera frente a él, como si esa mirada siguiera recorriendola, desafiandola incluso en ese momento.
Sus dedos se tensaron sobre el pecho del hombre, sus uñas presionando un poco más, como si nesecitara anclarse a la realidad.
Él reaccionó de inmediato, su cuerpo respondiendo a ese cambio, a esa intensidad qué aumentaba sin aviso Un gemido escapó de sus labios pero no era solo por ella. Era por lo que transmitía, por esa mezcla de domino y algo más difícil de nombrar.
La Roja descendió nuevamente, sus labios recorriendo con firmeza, sin perder el control, pero dejando que la intensidad creciera poco a poco.
No lo llevaba directo al límite, lo guiaba, lo sostenía justo en el punto donde la espera se volvía insoportable.
Donde cada sensación se amplificaba, donde la entrega era inevitable.
La Roja cerró los ojos un instante, su respiración se volvió más profunda, más irregular, por primera vez no era solo control. Había algo más, algo que no había previsto, algo que no dominaba completamente, el hombre bajó ella lo sintió, no sabía cómo, pero lo sintió. Su cuerpo respondió con más intensidad, como si intentara alcanzarla, como si buscará algo más de ella, pero La Roja no se lo permitió nunca lo hacía, abrió los ojos y con ese simple gesto volvió a tomar el control.
Sus movimientos se hicieron más precisos, más firmes, guiando cada reacción, cada respiración, llevándolo nuevamente hacia ese punto donde todo dependía de ella, donde nada existía fuera de su voluntad.
Sus uñas volvieron a marcar su piel, esta vez con más decisión, arrancando otra reacción contenida, otro sonido que se perdió en la habitación.
Ella lo observó, desde arriba, dominante, impenetrable. No era el hombre bajo ella que provocaba esa intensidad, ese deseo que alteraba su ritmo.
Bajo sus labios esta vez dominante, sus besos fueron fuego, su lengua arrasó con la poca cordura qué le quedaba al hombre estallando en un potente orgasmo. Mientras ella, aún sobre él, mantenía el control absoluto hasta el último instante.
Y aun así, en lo profundo de su mente, no era él quien ocupaba sus pensamientos… sino esos ojos oscuros que no la dejaban escapar.
En su interior, la calma comenzaba a resquebrajarse.
Porque esos ojos no desaparecía, no se desvanecía, seguían ahí, observando, midiendo.
Desafiando.
Como si pudieran verla incluso en ese momento.
Como si supieran, que algo en ella había cambiado.
La Roja se dejó caer al costado del hombre en la cama, recuperó su aliento, se levantó, libero las manos del hombre.
—Sal, — la voz de ella fue una orden.
El hombre se vistió y salió de la habitación, mientras ella fue a la ducha se quito el antifaz y la peluca antes se abrir la llave.
—Tengo que averiguar quien es ese hombre.
