Capítulo 6 Volver a la rutina
La noche aún vibraba en su piel cuando salió de Luna Nera, el aire frío de la calle la envolvió de inmediato, como un recordatorio brusco de la realidad.
La Roja camino sin mirar atrás, dejando el club, el escenario y todo lo que había ocurrido dentro atrás. O al menos eso intentaba, subió a su auto con movimientos mecánicos, precisos, como si cada acción estuviera grabada en su cuerpo.
Encendió el motor y el suave rugido del vehículo rompió el silencio del callejón.
Durante unos segundos, permaneció inmóvil, sus manos sobre el volante, sus ojos fijos en el frente, pero su mente, no estaba allí. Oscuridad, sombras y esos ojos oscuros profundos, inquebrantables.
Apretó levemente los dedos contra el volante, no, no era el momento, no era el lugar, giro la llave, puso el auto en marcha y salió del callejón con una suavidad que constrastaba con el leve torbellino qué comenzaba a formarse en su interior.
Las calles de Bolonia estaban más tranquilas a esa hora, las luces de la ciudad dibujaban reflejos dorados sobre el parabrisas, acompañadola en el trayecto hacia el centro. Conducía con precisión, sin errores, como todo en su vida, pero esa noche había algo fuera de lugar, no era el club, no era el juego, era él, su mirada.
La forma en que no se había acercado… y aun así había estado demasiado cerca, la forma en que no había intervenido… pero tampoco había retrocedido.
La forma en que la había visto, como si pudiera atravesar la máscara, como si supiera. Negó suavemente con la cabeza, obligándose a concentrarse en el camino.
No iba a permitirlo, no iba a darle ese espacio, ella era control, siempre lo había sido y nada… ni nadie… iba a cambiar eso.
El edificio donde vivía se alzaba imponente en el centro de la ciudad, moderno, elegante, tan impecable como todo lo que recordaba. Estacionó en su lugar habitual y descendió sin prisa, el sonido de sus tacones resono en el estacionamiento vacío, subió en el ascensor, sola en silencio, el reflejo en las paredes metálicas le devolvió una imagen que ya no era completamente una ni la otra.
Ni Amarís, ni La Roja, solo ella, las puertas se abrieron, entro a su apartamento sin encender las luces, no lo necesitaba conocía cada rincón, cada paso, cada sombra, era su espacio, su refugio.
Cerró la puerta tras de sí y camino directamente hacia su habitación, dejando caer su bolso en algún punto del camino sin preocuparse por el orden, esa noche no le importaba.
Se dejó caer sobre la cama, sin cambiarse, sin quitarse nada, simplemente dejándose llevar por el peso del cansancio.
Cerró los ojos y por un instante, el silencio fue absoluto.
Pero no duró, porque en la oscuridad de su mente volvieron, esos ojos, la forma en que la habían sostenido la mirada, la forma en que no habían cedido, su respiración cambió apenas, un leve gesto, casi imperceptible. Pero real, giró el rostro sobre la almohada intentó ignorarlo, intentó dormir y finalmente el sueño la reclamó.
Los rayos del sol se filtraron por las cortinas, suaves pero insistentes, anunciando el inicio de un nuevo día.
Siempre igual, siempre puntual, Amarís abrió los ojos y en ese instante todo volvió a su lugar, el control, la rutina, la perfección.
Se incorporó lentamente, apartando cualquier rastro de la noche anterior con la misma facilidad con la que se cambia de traje.
Porque eso era lo que hacía, siempre, se levantó y caminó hacia el vestidor.
El reflejo en el espejo ya no mostraba a la mujer de la noche.
Mostraba a Amarís impecable, intocable.
Eligió un traje con la precisión de quien no deja nada al azar, falda estructurada, blazer perfectamente entallado, tonos sobrios, elegantes. Cada detalle hablaba de poder, de control, de una autoridad que no necesitaba ser cuestionada.
Recogió su cabello con cuidado en una coleta alta, maquillaje sutil, perfecto, sin excesos, sin errores.
En la cocina, el aroma del café llenó el espacio mientras lo servía con movimientos automáticos. Se apoyó levemente en la encimera, llevando la taza a sus labios.
Calor, rutina, normalidad pero por un segundo…su mente traicionó ese equilibrio.
Oscuridad, una mirada, un silencio cargado de intención, apretó ligeramente la taza.
No, no iba a pensar en eso, no ahora, no aquí, sacudió su cabeza quitando esa imagen de su mente para salir rumbo a la empresa.
El edificio de AFRODITA ya estaba en pleno movimiento cuando llegó, el bullicio era constante, pero organizado. Diseñadores, asistentes, modelos, ejecutivos… todos se movían bajo una misma línea invisible.
Orden, eficiencia, perfección y en el centro de todo… ella.
Amarís cruzó la entrada con paso firme, sin detenerse, sin mirar a los lados, su presencia bastaba para marcar el ritmo.
El silencio la seguía, no por miedo, sino por respeto, su asistente ya la esperaba, como cada mañana, con la agenda en mano.
—Buenos días, señora De Luca —dijo con precisión.
—Informe.—Sin rodeos, sin pausas, comenzaron a caminar.
—A las nueve, reunión con el equipo creativo, a las diez treinta, llamada con los inversores franceses. A las doce, revisión de la campaña de otoño…
Amarís escuchaba, procesada, ordenaba, todo en su mente encontraba su lugar, todo… excepto una cosa.
—…y a las tres de la tarde, entrevista con la revista Milano Business—
—Reprograma eso —interrumpió, sin cambiar el tono.
—Sí, señorita.
Siguieron avanzando, puertas que se abrían, miradas que se apartaban.
Decisiones que se tomaban en segundos, ese era su mundo, donde nada se salía de control, donde todo respondía a su voluntad.
Pero mientras entraba a su oficina, hubo un instante, uno solo, en el que algo cruzó su mente, rápido, silencioso, persistente.
Unos ojos oscuros, observando la, desafiándola.
Amarís dejó el bolso sobre el escritorio, se quedó de pie, inmóvil, por apenas un segundo y luego continuó, como si nada.
Pero en el fondo…sabía la verdad, algo había cambiado y esta vez… no estaba completamente bajo su control.
—Señorita las nuevas modelos están esperando para que las evalúe. — La voz de la asistente la devolvió a la realidad.
