Capítulo 1 La mujer en la cama de mi esposo

—Quítate mi collar antes de que te arranque la garganta.

Odette se volvió despacio sobre las sábanas de mi esposo. No intentó cubrirse. La seda color vino apenas ocultaba sus pechos, y el emblema de la Luna de Ashfell descansaba sobre su piel como si hubiera nacido para llevarlo.

Leoric estaba detrás de ella, desnudo de cintura para arriba, con una mano todavía apoyada en su cadera.

Durante tres años había aprendido a reconocer cada gesto suyo. La forma en que apretaba la boca cuando mentía. El movimiento de sus hombros antes de dar una orden. La frialdad con la que observaba a quien ya no consideraba útil.

Nunca lo había visto mirarme como miraba a mi hermana.

—Eira —dijo él—. Sal de aquí.

Llevaba una bandeja entre las manos. Vino especiado, pan de miel y la pequeña caja de madera donde había guardado la noticia que pensaba darle esa noche.

Dentro estaba el listón blanco que la sanadora había atado alrededor de mi muñeca al confirmar que, después de tres años de intentos, un cachorro crecía en mi vientre.

La sanadora había sonreído al entregármelo. Yo no. Había pasado demasiadas lunas despertando con sangre entre los muslos para celebrar antes de tiempo. Aun así, caminé hasta nuestras habitaciones imaginando que la noticia repararía lo que Leoric y yo llevábamos meses fingiendo que no estaba roto. Qué equivocada estaba al creer que un hijo bastaría.

La bandeja tembló.

No la dejé caer.

—Esta es mi habitación —respondí—. Esa es mi cama. Y ella lleva el collar que me entregaste frente a toda la manada.

Odette sonrió. Mi hermana menor siempre había sonreído antes de hacer daño, incluso de niña, cuando escondía mis vestidos ceremoniales y lloraba después para que nuestra madre me castigara a mí.

—No seas mezquina —dijo—. Solo quería saber cómo se sentía.

—Puedes averiguarlo cuando nazcas de nuevo y alguien cometa el error de elegirte.

Leoric bajó de la cama. Sus pantalones estaban abiertos y su olor llenaba la habitación, mezclado con el de Odette. Mi loba arañó dentro de mí, humillada por la prueba de que nuestro compañero había reclamado placer en otro cuerpo.

Él se acercó.

—Te dije que salieras.

—¿Desde cuándo?

No pregunté si me engañaba. No necesitaba esa respuesta.

—No hagas esto más desagradable —murmuró.

—¿Más desagradable que encontrar tu boca entre las piernas de mi hermana?

Odette soltó una risa breve.

Leoric me sujetó del brazo.

—Cuida tus palabras.

El vínculo entre nosotros se tensó. Antes, su contacto me enviaba calor bajo la piel. Esa noche solo sentí una presión sucia, como una cuerda empapada en sangre ajena.

—Suéltame.

—Cuando aprendas a comportarte como Luna.

—¿Así se comporta una Luna? —miré a Odette—. ¿Abriendo las piernas mientras otra mujer dirige su manada?

Los ojos de Leoric cambiaron. El gris fue devorado por el negro de su lobo.

—Basta.

—No. Tres años he obedecido. Tres años he sonreído mientras tu madre revisaba mis sábanas, mientras tus consejeros contaban mis ciclos y mientras tú me culpabas porque no te daba un heredero. No voy a callar ahora.

Odette se levantó de la cama. El collar se deslizó entre sus pechos. Leoric no le pidió que se cubriera.

—Quizá no te culpaba —dijo ella—. Quizá estaba cansado de esperar algo que tú no puedes darle.

Apreté la bandeja hasta que el borde me cortó la palma.

—Tú no sabes lo que puedo darle.

—Sé más de lo que imaginas.

Su mirada bajó un instante hacia mi vientre.

Fue demasiado rápido para que Leoric lo notara.

Yo sí.

—Devuélveme el collar.

Odette tocó la piedra central.

—Leoric me lo puso.

El aire abandonó mis pulmones.

No era una joya cualquiera. El collar de la Luna solo podía colocarlo el Alfa durante el reconocimiento público de su compañera. Quitármelo sin ceremonia era una ofensa. Ponerlo sobre otra mujer era una declaración.

Miré a mi esposo.

—¿Es cierto?

Leoric no apartó los ojos.

—Odette ha demostrado lealtad a Ashfell.

—Se acostó contigo.

—Ha permanecido a mi lado mientras tú te encerrabas en tus habitaciones, llorabas cada sangrado y convertías nuestra unión en un funeral mensual.

La caja de madera pesó más que la bandeja.

—Yo enterraba a los hijos que no conseguimos tener.

—No enterraste nada. Nunca hubo un hijo.

Mi loba aulló.

No por la crueldad. Por la mentira que escondía contra mi pecho, dentro de la caja.

Había imaginado su reacción muchas veces. Leoric levantándome entre sus brazos. Su mano sobre mi vientre. La manada inclinándose cuando anunciáramos al heredero.

Ahora no quería que supiera.

No mientras el olor de Odette siguiera pegado a su boca.

—Te equivocas —dije.

Él dio otro paso.

—¿Sobre qué?

Odette descendió de la cama y recogió su vestido del suelo. Al pasar junto a Leoric, le rozó el abdomen con los dedos. Él no se apartó.

—No le debes explicaciones esta noche —susurró ella.

—No vuelvas a hablar por mi esposo.

—Alguien tiene que hacerlo. Tú solo sabes pedirle.

Arrojé la bandeja contra la pared.

La jarra se rompió. El vino corrió por la piedra como sangre oscura. Leoric giró hacia mí, furioso, pero yo ya había cruzado la distancia.

Agarré el collar.

Odette chilló cuando tiré de la cadena. Me arañó el cuello. Leoric me rodeó la cintura desde atrás y me arrancó de ella.

Por un instante quedé pegada a su cuerpo, con su respiración en mi oído y la mano extendida sobre mi abdomen.

El cachorro se movió como una chispa.

Leoric se quedó quieto.

—¿Qué escondes?

Aparté su mano.

—Nada que te pertenezca.

Su expresión se endureció.

Odette se llevó los dedos a la garganta. La cadena había dejado una marca roja, pero el collar seguía con ella.

—Mírala —dijo—. Se ha vuelto inestable.

—Sal de nuestra habitación —ordené.

—Ya no es tuya.

Leoric no la contradijo.

Algo terminó dentro de mí. No el vínculo. No todavía. Fue una parte más pequeña y más peligrosa: la esperanza de que existiera una explicación capaz de devolverme al hombre con quien creía haberme casado.

Me incliné para recoger la caja caída. La tapa se había abierto. El listón blanco asomaba entre las astillas.

Odette lo vio.

Su sonrisa desapareció.

Leoric avanzó, pero cerré la caja contra mi pecho.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Una noticia que ya no escucharás de mí.

Me dirigí a la puerta. Leoric me sujetó de nuevo.

—No te vas hasta que respondas.

La marca de nuestro vínculo ardió en mi hombro. Él utilizaba la autoridad del Alfa, esa presión que obligaba a los lobos de Ashfell a detenerse.

Mis rodillas cedieron.

Me sostuve del marco.

Odette se acercó por detrás. Su aroma dulce cubrió el del vino derramado. Puso una mano sobre mi hombro y acercó la boca a mi oído.

—Díselo, hermana —susurró—. Dile que por fin llevas a su heredero.

Todo quedó inmóvil.

Leoric aflojó los dedos.

Giré la cabeza hacia ella.

Odette ya no sonreía. En sus ojos había una calma peor que el odio.

—¿Cómo lo sabes?

Sus uñas rozaron la marca de mi cuello.

—Porque el veneno que llevas tres años bebiendo ya empezó a matar a tu cachorro.

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