Capítulo 2 El heredero perdido
—Repite lo que acabas de decir.
Leoric soltó mi brazo y miró a Odette. Ella retrocedió con una habilidad que conocía desde niña: primero provocaba el incendio, después fingía miedo al fuego.
—No dije que yo la envenenara —respondió—. Dije que lleva años bebiendo veneno.
—Eso no fue lo que susurraste —dije.
Un dolor bajo me obligó a apoyar la mano sobre el vientre. No era intenso todavía. Era una presión lenta, parecida al inicio de mis ciclos, salvo que esta vez no debía haber sangre.
Odette vio mi gesto.
—Necesita una sanadora.
—Necesito que se aleje de mí.
Leoric tomó la caja de madera antes de que pudiera impedirlo. La abrió, sacó el listón blanco y lo observó sin comprender.
—¿Qué significa?
—Que tu hijo sigue vivo si dejas de perder tiempo.
Sus ojos bajaron hacia mi abdomen. Durante un instante, el Alfa desapareció. Vi al hombre con quien había compartido tres años, al compañero que me había sostenido después de cada resultado negativo. Dio un paso, pero no permití que me tocara.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Siete semanas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Miré la cama desordenada.
—Llegué diez minutos tarde para darte la noticia.
Leoric cerró la mano alrededor del listón.
—Llamaré a Maelis.
—No —intervino Odette—. La sanadora de Ashfell responde ante Eira. Necesitamos a alguien que no pueda alterar lo que encuentre.
La forma en que lo dijo me inquietó más que el dolor.
—¿Qué estás preparando?
—Intento salvarte.
—Llevas mi collar sobre el pecho.
Odette lo cubrió con una mano, como si la piedra ya le perteneciera.
Leoric abrió la puerta y ordenó a un guardia que buscara al sanador del puesto norte. No llamó a Maelis, la mujer que había atendido mis ciclos y confirmado el embarazo esa misma tarde.
—Trae también a Tovan —añadió Odette.
Leoric la miró.
—¿Por qué al consejero?
—Porque si hay veneno dentro de estas habitaciones, no es solo un problema familiar.
—No hay veneno —dije—. Solo una hermana que sabe demasiado.
El dolor volvió, más agudo. Sentí humedad entre las piernas.
No quise mirar.
Mi loba se encogió dentro de mí y lanzó un gemido que no llegó a mi boca. Caminé hacia la puerta, pero las rodillas dejaron de responder. Leoric me sostuvo antes de que golpeara el suelo.
—Eira.
—No me cargues.
—Estás sangrando.
La palabra volvió real aquello que intentaba negar.
Leoric me levantó. El contacto con su pecho habría calmado a mi loba otra noche. Ahora llevaba encima el olor de Odette, y cada respiración me recordaba que sus manos habían estado sobre ella antes de tocar a nuestro hijo.
—Llévame con Maelis.
—El sanador viene hacia aquí.
—Maelis conoce mi cuerpo.
—Y podría estar implicada.
Lo miré.
—Ya le creíste.
—No he creído a nadie.
—Por eso obedeciste cada una de sus sugerencias.
Me dejó sobre el diván, no en nuestra cama. Odette retiró la bandeja rota con movimientos cuidadosos. Se había puesto el vestido, pero seguía usando el collar.
—¿Qué veneno? —preguntó Leoric.
—Ceniza de acónito blanco —respondió ella—. En pequeñas cantidades no mata a un lobo adulto. Debilita la curación, altera los ciclos y destruye embarazos recientes.
—¿Cómo sabes eso?
Odette fingió vacilar.
—Encontré un frasco esta mañana.
—¿Dónde?
Sus ojos se clavaron en mí.
—En el cofre privado de Eira.
Me incorporé pese al calambre.
—Mientes.
—Ojalá.
—Nunca has entrado en mis habitaciones.
La mirada que lanzó hacia la cama bastó para desmentirme.
Leoric apretó el listón entre los dedos.
—¿Dónde está el frasco?
Odette caminó hasta el tocador, abrió el cajón inferior y sacó un recipiente oscuro. Lo colocó sobre la mesa como quien presenta una prueba preparada con paciencia.
Reconocí la cinta plateada alrededor del cuello.
Era uno de los tónicos que Maelis me entregaba después de cada sangrado.
—Eso es medicina.
—Entonces bébelo —dijo Odette.
Leoric abrió el frasco. Un olor amargo llenó la habitación. Mi loba retrocedió con violencia.
—No —susurré.
Odette inclinó la cabeza.
—¿Por qué no?
—Porque algo está mal.
—Hace un momento asegurabas que era medicina.
—Lo era cuando Maelis me lo dio.
—¿Y cuántas veces lo bebiste?
No pude responder. Dos veces al día durante tres años. Después de cada comida, después de cada intento fallido, después de cada noche en que Leoric entraba en mi cuerpo con la esperanza de engendrar al heredero que la manada exigía.
El sanador llegó acompañado por Tovan y dos guardias. Era un hombre mayor llamado Bastian. Lo había visto atender fracturas, jamás embarazos.
—Revísala —ordenó Leoric.
Bastian se arrodilló frente a mí. Puso una mano sobre mi vientre y otra en mi muñeca. Su poder entró como hielo bajo la piel.
El dolor me dobló.
—No lo encuentro —murmuró.
—Busca otra vez.
—Alfa, la sangre...
—No acepto esa respuesta. Es mi cachorro. Busca otra vez.
Bastian obedeció. Cerré los ojos y traté de alcanzar la presencia diminuta que había sentido esa tarde. Una chispa. Un latido demasiado pequeño para oírse, pero suficiente para llenar un espacio que antes estaba vacío.
No encontré nada.
—Eira —dijo Leoric.
—No.
La palabra salió rota.
Bastian retiró las manos.
—El cachorro se ha perdido.
No grité. El sonido quedó atrapado detrás de mis dientes mientras mi cuerpo seguía contrayéndose alrededor de una ausencia. Había hablado con aquel hijo sin pronunciar palabra. Le contaba mis miedos al bañarme, apoyaba la palma sobre él cuando Leoric regresaba tarde y había empezado a imaginar unos ojos grises que no existían.
Leoric se arrodilló frente a mí.
—Eira, mírame.
No pude hacerlo.
—Dijiste que nuestro hijo estaba vivo —murmuró.
—Lo estaba esta tarde.
Su mano avanzó hacia mi rostro. Me aparté.
—No me toques con las manos que usaste sobre ella.
El golpe llegó a su expresión, pero no pidió perdón. Miró a Bastian.
—¿Puede saberse cuándo tomó el veneno?
—La acumulación parece antigua. La dosis de esta noche debió ser mayor.
—No bebí el tónico esta noche.
Odette se volvió hacia la copa intacta sobre la mesa.
—Pero bebiste durante la cena.
Recordé el vino que una criada había llevado antes de que yo bajara a buscar la bandeja. Odette había estado conmigo. Había insistido en brindar por mi “buena noticia” sin saber cuál era.
—Tú serviste esa copa.
—También bebí de la botella.
—No de mi copa.
Tovan se acercó al frasco y lo olió.
—Esto bastaría para matar un embarazo reciente.
—Entonces revisen a Odette —exigí—. Si dice la verdad, Bastian podrá confirmar que lleva un hijo.
Mi hermana palideció un segundo.
El silencio fue peor que el dolor. Leoric se quedó inmóvil. Odette bajó la cabeza para esconder su expresión. Yo miré el frasco, el collar y el listón blanco atrapado en el puño de mi esposo.
—Ella lo hizo —dije—. Odette cambió mis tónicos.
Mi hermana alzó la mirada, con lágrimas perfectas en los ojos.
—Leoric, yo también estoy embarazada.
Él giró hacia ella.
Odette puso una mano sobre su vientre y señaló el frasco.
—Eira no intentaba matar a su cachorro. El veneno era para el mío.
Leoric me miró como si acabara de convertirme en una desconocida.
—Guardias, enciérrenla. Al amanecer romperé su marca y Ashfell tendrá una nueva Luna.
