Capítulo 3 La marca destruida

—Si rompes mi vínculo delante de la manada, Leoric, nunca volverás a gobernarla sin recordar mi sangre.

Los guardias me sujetaron por los brazos mientras él descendía los escalones del estrado. El salón ceremonial estaba lleno. Consejeros, guerreros, hembras con sus cachorros y ancianos que habían bendecido nuestro matrimonio observaban en silencio. Nadie preguntó por qué llevaba el vestido manchado, por qué todavía sangraba o por qué la mujer que había perdido a su hijo debía permanecer de pie.

Odette ocupaba mi lugar junto al trono.

El collar de la Luna seguía sobre su cuello.

Leoric se detuvo frente a mí. Llevaba la túnica negra de los juicios y el cabello recogido. Parecía preparado para dictar sentencia contra una enemiga, no contra la mujer que había dormido a su lado durante tres años.

—Todavía puedes confesar —dijo.

—¿Confesar qué? ¿Que mi hermana envenenó a tu esposa mientras tú la llevabas a nuestra cama?

Un murmullo cruzó el salón.

Odette apoyó una mano sobre su vientre.

—No conviertas mi embarazo en otra de tus mentiras.

La miré.

—Bastian no te examinó.

—No permitiré que un hombre me toque delante de todos.

—Ayer no parecías tan preocupada por la modestia.

Algunos bajaron la vista. Leoric me tomó del mentón y obligó a levantar la cara.

—No vuelvas a humillarla.

—Ella todavía no ha descubierto lo que significa la palabra.

—Admite que guardabas acónito.

—Guardaba los tónicos que Maelis me entregaba por orden de tu madre.

La antigua Luna, sentada entre los consejeros, no mostró sorpresa. Miró el suelo. Aquello me confirmó que sabía algo, aunque no si había participado o prefería proteger el nombre de su hijo.

La madre de Leoric levantó la vista al fin. Durante años me había enseñado a caminar detrás del Alfa, a servir primero su plato y a ocultar mis dolores para no inquietar a los guerreros. Esperé que dijera que una Luna no debía ser juzgada horas después de perder a su cachorro. En cambio, se acomodó las mangas.

—La manada necesita estabilidad —declaró—. Un heredero vivo importa más que uno muerto.

Comprendí entonces que nadie allí lamentaba a mi hijo. Solo lamentaban que no hubiera sobrevivido para servirles.

—Maelis ha desaparecido —informó Tovan.

—Qué conveniente —respondí.

—Huyó después de que encontramos veneno en sus habitaciones.

—O la hicieron huir.

Leoric apretó los dedos sobre mi mandíbula.

—Siempre encuentras a alguien más a quien culpar.

—Porque tú siempre encuentras una mujer a quien castigar.

Su lobo apareció en sus ojos.

La marca sobre mi hombro ardió. Aún no había empezado el ritual y ya sentía la autoridad del Alfa presionando el vínculo. Mi loba se revolvió, herida por la pérdida del cachorro y aterrada ante la idea de perder también la conexión que la había mantenido unida a su compañero.

Odié esa reacción.

Odié que una parte de mí todavía lo reconociera.

—Arrodíllate —ordenó Leoric.

Mis rodillas temblaron, pero permanecí de pie.

—Tendrás que romperme las piernas.

Los guardias empujaron mis hombros. Caí sobre la piedra. El impacto abrió de nuevo el dolor en mi vientre. Respiré entre dientes.

Leoric miró la sangre bajo mi vestido.

Durante un instante pareció arrepentirse.

Odette descendió del estrado y colocó una mano en su brazo.

—No permitas que te manipule.

Él recuperó la dureza.

—Eira Solvane, has sido acusada de utilizar acónito contra una hembra gestante, ocultar veneno dentro de las habitaciones de la Luna y poner en riesgo la continuidad de Ashfell.

—Yo era la hembra gestante.

—Odette también lleva a mi heredero.

—Entonces ordénale a Bastian que lo confirme.

Leoric miró al sanador.

Bastian vaciló.

—Puedo hacerlo en privado después del juicio.

—Hazlo ahora —exigí.

Odette dio un paso atrás.

—No permitiré este espectáculo.

—No hay cachorro —dije—. Solo una mentira que necesita mi muerte antes de que pueda ser examinada.

La respiración de Leoric cambió.

Por primera vez, una duda real atravesó su expresión.

Odette la vio y se llevó ambas manos al vientre.

—Me duele.

Leoric acudió a sostenerla.

Ella enterró el rostro contra su pecho, pero me miró por encima de su hombro. No había dolor en sus ojos. Había triunfo.

—Llévenla a mis habitaciones —ordenó Leoric.

—Primero termina lo que comenzaste —susurró Odette—. Mientras siga marcada, puede usar el vínculo para dañar a nuestro hijo.

La duda desapareció.

Leoric regresó frente a mí y extendió la mano. Tovan le entregó el cuchillo ceremonial, una hoja curva utilizada para cortar vínculos traidores. La plata estaba mezclada con acónito negro. No mataría mi cuerpo de inmediato. Destruiría la conexión entre nuestras lobas dejando intacto todo el dolor.

—Última oportunidad —dijo Leoric—. Confiesa y te enviaré al exilio.

—¿Con el rostro cubierto y la lengua cortada para que Odette pueda fingir que murió tu esposa?

—No he ordenado eso.

—Todavía.

Leoric se arrodilló. Apoyó la punta del cuchillo sobre la marca que había dejado en mi hombro durante nuestra primera noche como compañeros.

Recordé aquella noche sin querer.

Su boca en mi cuello.

Sus manos temblando mientras prometía que nunca habría otra mujer.

Mi cuerpo recibiéndolo con una confianza que ahora me avergonzaba.

—Mírame —ordenó.

—No.

—Eira.

—No mereces que mi rostro sea lo último que veas de tu esposa.

Hundió la hoja.

El dolor no entró por la piel. Nació dentro de la marca y se extendió por mis huesos. Mi loba gritó. Sentí cómo el vínculo se tensaba, cómo cada recuerdo compartido era arrastrado hacia la herida: nuestra ceremonia, las noches de luna llena, sus manos sobre mi vientre vacío, mis promesas repetidas hasta creerlas.

Leoric jadeó. La ruptura también lo alcanzaba, aunque en él parecía una punzada soportable.

En mí era una amputación.

—Confiesa —repitió.

—No.

Giró el cuchillo.

El salón desapareció detrás de una luz blanca. Mi cuerpo cayó hacia delante, pero los guardias me sostuvieron. La sangre corrió por mi brazo.

Algo extraño ocurrió debajo del dolor.

Una hebra plateada surgió de la herida. No era el vínculo de Leoric. Era más antigua, más profunda. Se extendió por mis venas y rechazó la hoja. El cuchillo vibró.

Leoric frunció el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

—Nada.

La plata se quebró dentro de mi carne.

Todos retrocedieron.

Bastian se acercó.

—Alfa, detén el ritual. Hay otro poder en ella.

Odette palideció.

—Termínalo.

Leoric arrancó el fragmento y volvió a hundir la hoja rota. Esta vez el vínculo cedió.

Mi loba lanzó un último aullido.

Después quedó silencio.

No sentí a Leoric.

Ni su rabia, ni su presencia, ni aquella cuerda que durante tres años había confundido con amor.

Leoric se puso de pie respirando con dificultad.

—La marca está rota.

Toqué la herida abierta.

—No. Solo rompiste lo que tú pusiste.

Odette bajó corriendo y lo abrazó. Él permitió que lo hiciera frente a todos.

Tovan miró el cuchillo partido.

—¿Qué era esa luz?

Nadie respondió.

Leoric me observó como si por primera vez temiera aquello que acababa de destruir.

—Llévenla al bosque —ordenó—. La ejecución será antes del amanecer.

Los guardias me levantaron.

Antes de que me arrastraran, alcé la vista hacia Odette.

Ella sonrió.

Yo también.

—Disfruta mi collar, hermana —dije—. Cuando descubras lo que despertaste dentro de mí, vas a suplicar que vuelva a quitártelo.

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