Capítulo 4 La ejecución

—No cierres los ojos, Eira. Quiero que veas quién obedece cuando ordeno tu muerte.

Leoric caminaba detrás de mí mientras los guardias me arrastraban hacia el bosque. La sangre de la marca rota había empapado la manga izquierda de mi vestido. Cada paso abría una punzada nueva en el vientre, pero el dolor más extraño era la ausencia de su presencia dentro de mi cabeza.

Durante tres años había sentido el peso de su lobo incluso cuando dormía lejos.

Ahora no había nada.

Ni deseo.

Ni miedo.

Ni aquella obediencia que me hacía confundir la sumisión con amor.

—¿También vendrá Odette? —pregunté—. Sería una lástima que se perdiera el final que preparó.

—Ella descansa. Está protegiendo a mi heredero.

—Entonces pídele a Bastian que confirme que existe.

Leoric no respondió.

Los cuatro guerreros que me rodeaban evitaron mirarme. Conocía sus nombres, a sus esposas y a los cachorros que habían sostenido mis manos durante la fiebre del invierno. Uno de ellos, Darien, había comido en mi mesa la semana anterior.

—¿Cuántas veces juraron proteger a su Luna? —pregunté.

Darien apretó la mandíbula.

—No nos obligue a hacer esto más difícil.

—La orden vino de él. La cobardía les pertenece a ustedes.

El camino terminaba en el claro de los juicios, donde Ashfell ejecutaba traidores sin dejar rastros cerca de las casas. Tres antorchas iluminaban el tronco de piedra destinado a los condenados. El olor a acónito quemado me cerró la garganta.

Leoric se adelantó y tomó la cadena que llevaba alrededor del cuello.

—Arrodíllate.

—Ya me obligaste una vez.

—Esta será la última.

Tiró de la cadena. Caí sobre las rodillas. La piedra raspó mi piel y el mundo se inclinó. Una corriente tibia bajó por mis piernas. No sabía si era sangre de la herida, de mi hijo perdido o de ambas cosas.

Leoric se agachó frente a mí.

—Confiesa que intentaste matar al cachorro de Odette y te daré una muerte rápida.

—No puedo confesar un embarazo que ella inventó.

—Sigues insultándola.

—Sigo respirando. Eso parece molestarte más.

Su mano se cerró en mi cabello. Me obligó a levantar la cara hacia él. Había deseado ese rostro durante años: los ojos grises, la boca severa, la cicatriz pequeña junto a la ceja que yo solía besar después de cada pelea.

Ahora solo veía al hombre que había elegido creer la mentira que mejor protegía su traición.

—Pudiste seguir siendo mi Luna —dijo—. Incluso después de que Odette me diera un heredero.

—¿Querías conservarme cerca para verla ocupar mi cama?

—Quería evitar esto.

—No. Querías una esposa que aceptara ser reemplazada sin hacer ruido.

Leoric me soltó con violencia.

—Preparen el fuego.

Darien clavó una estaca en la tierra. Los demás colocaron acónito alrededor del círculo. No pretendían quemarme. La planta impediría que mi loba tomara el control cuando comenzaran a herirme.

La luz plateada que había roto el cuchillo volvió a moverse bajo mi piel.

No sabía qué era.

Solo sabía que estaba despierta.

Uno de los guerreros acercó una antorcha. El humo del acónito entró en mis pulmones y mi loba retrocedió con un gemido. Leoric desenvainó su espada.

—Eira Solvane, has traicionado a tu Alfa, a tu manada y a la sangre que juraste continuar.

—Mi sangre nunca te perteneció.

—Tu última palabra será una mentira.

—Mi última palabra no será para ti.

Leoric levantó la espada.

Darien sujetó mi hombro.

Entonces sentí su vínculo.

No el de Leoric. El de los cuatro guerreros.

Hilos oscuros salían de sus pechos y se extendían hacia el Alfa, tensos como correas. La misma obediencia que durante años había creído invisible brillaba frente a mí.

Toqué la muñeca de Darien.

El hilo se partió.

Él soltó un grito y cayó hacia atrás. Los otros guerreros retrocedieron, confundidos. Leoric bajó la espada.

—¿Qué hiciste?

Miré mis dedos. Una luz pálida corría entre ellos.

—Lo mismo que tú hiciste conmigo.

Darien se levantó respirando con dificultad. Sus ojos ya no tenían el brillo sometido de la orden Alfa.

—No puedo sentirlo —murmuró—. Ya no escucho su mandato.

Leoric se volvió hacia él.

—Mátala.

Darien no se movió.

—¡Obedece!

El guerrero dejó caer su arma.

Los demás miraron a Leoric con terror. Yo aproveché la confusión y agarré la cadena alrededor de mi cuello. La luz recorrió el metal. Los eslabones se abrieron sin resistencia.

Leoric atacó.

Rodé antes de que la espada golpeara la piedra. Corrí hacia los árboles, pero el acónito debilitó mis piernas. Escuché sus pasos detrás de mí y después el silbido de la hoja.

El filo rozó mi espalda.

Caí entre raíces húmedas.

Leoric me alcanzó y me dio la vuelta con el pie.

—No sé qué eres —dijo—, pero voy a arrancarlo de ti.

Alzó la espada otra vez.

Una flecha negra atravesó su antebrazo.

Leoric rugió y soltó el arma.

Desde la oscuridad aparecieron jinetes vestidos con capas de piel. Sus caballos no llevaban los colores de ninguna manada vecina. En el centro avanzaba un hombre enorme, con cabello oscuro hasta los hombros y una corona de hierro sobre la frente.

No necesitaba presentación.

Las historias sobre él llegaban incluso a Ashfell. Decían que había arrancado la garganta de un Alfa durante una cena, que dormía encadenado en las lunas rojas y que ninguna mujer abandonaba viva sus habitaciones. Mi madre utilizaba su nombre para asustarnos cuando éramos niñas. Odette siempre fingía no tener miedo. Yo imaginaba un monstruo cubierto de sangre. El hombre que avanzaba hacia nosotros era peor: no necesitaba rugir para que cinco lobos entrenados bajaran la mirada. Bajo su camisa negra se marcaban hombros capaces de partir huesos, y en su rostro no había furia, sino una calma que prometía consecuencias.

Rhydan Morcant.

El Rey Licántropo.

Leoric arrancó la flecha y se puso de pie.

—Este territorio pertenece a Ashfell.

Rhydan descendió del caballo sin apartar los ojos de mí. Su presencia empujó el aire del claro. Mi loba, debilitada minutos antes, levantó la cabeza dentro de mí.

El rey caminó hasta quedar frente a Leoric.

—Tus hombres cruzaron mi frontera persiguiendo a una mujer herida.

—Es mi esposa.

—Rompiste su marca.

—Sigue siendo propiedad de mi manada.

Rhydan miró la sangre en mi vestido, la herida de mi hombro y el corte de mi espalda. Después se agachó.

Sus dedos rozaron mi mejilla.

El contacto quemó.

La luz plateada saltó de mi piel a la suya. Rhydan soltó un gruñido, pero no retiró la mano. Sus ojos se volvieron completamente negros.

Algo feroz se movió dentro de él y respondió a mi loba.

Leoric dio un paso.

—No la toques.

Rhydan me levantó entre sus brazos. Mi cuerpo quedó pegado a su pecho, demasiado consciente del calor que atravesaba su ropa y de la mano firme bajo mis muslos.

—Devuélvemela —exigió Leoric.

El rey inclinó la cabeza hacia mí.

—Dime tu nombre.

Miré a mi antiguo esposo sobre su propia sangre.

—Eira Solvane.

Rhydan sonrió sin amabilidad.

—Escúchame bien, Alfa. Eira Solvane murió esta noche.

Leoric palideció.

El rey acercó la boca a mi oído, y su voz hizo despertar cada nervio de mi cuerpo.

—Desde ahora, la mujer que intentaste matar me pertenece a mí.

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