Capítulo 5 La mujer sin nombre
—Si vuelves a decir que te pertenezco, prefiero regresar y dejar que Leoric termine el trabajo.
Rhydan no detuvo el caballo.
Yo iba sentada frente a él, atrapada entre su pecho y el brazo con que sujetaba las riendas. Cada sacudida abría el corte de mi espalda. Su capa me cubría hasta los tobillos, pero debajo seguía llevando el vestido ensangrentado de mi ejecución.
—Si quisieras morir, no habrías corrido —respondió.
—Corrí para escapar de un hombre que me consideraba su propiedad. No para cambiar de dueño.
Su mano se cerró sobre mi cintura cuando el caballo saltó un tronco. El contacto me arrancó el aire. Rhydan inclinó la cabeza, atento al sonido, y su boca quedó cerca de mi sien.
—Lo que dije fue para él.
—Lo escuché yo.
—Y sigues viva gracias a que ese Alfa creyó que tocarte significaba desafiarme.
—Podías decir que estaba bajo tu protección.
—Los hombres como Leoric respetan poco la protección y temen mucho la posesión.
—Entonces eres igual que él, solo que conoces mejor su idioma.
La comitiva avanzaba entre árboles negros. Los guardias del rey cabalgaban a ambos lados sin acercarse. Ninguno hablaba. Tampoco miraban directamente a Rhydan, aunque parecían sentir cada movimiento suyo.
Él aflojó la mano en mi cintura.
—Cuando puedas caminar, elegirás si permaneces conmigo o te marchas.
—¿Lo juras?
—No.
Giré la cabeza.
—Qué conveniente.
—No hago juramentos a mujeres que conocí hace unos minutos.
—Pero sí las reclamas.
—Ya te expliqué por qué.
—No lo suficiente.
Rhydan tiró de las riendas. Los demás caballos se detuvieron al mismo tiempo. El silencio cayó sobre el bosque.
—Baja —ordenó.
Miré el suelo. Mis piernas apenas respondían.
—¿Planeas demostrarme que soy libre abandonándome aquí?
—Planeo demostrarte que no estás atada.
Desmontó y me sostuvo por la cintura. Mi cuerpo resbaló contra el suyo. Bajo la capa, su camisa estaba húmeda por la lluvia y el calor de su piel atravesó la tela. Sus manos quedaron firmes alrededor de mis caderas hasta que mis pies tocaron tierra.
Las rodillas cedieron.
Rhydan me atrapó antes de que cayera.
—Suéltame.
—Cuando puedas sostenerte.
—Puedo hacerlo.
Apartó las manos.
Caí.
No llegué al suelo. Me alzó otra vez, esta vez contra su pecho. La vergüenza quemó más que las heridas.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Te odio.
—Eso requiere demasiada energía. Guárdala.
Uno de sus hombres desmontó. Era ancho de hombros, con una cicatriz que le cortaba la ceja derecha.
—Majestad, la frontera queda atrás. Debemos llegar al puesto antes del amanecer.
—Tarek, adelántate y prepara a la sanadora.
El comandante me observó.
—¿Qué es ella?
Rhydan volvió la cara hacia él.
—Una mujer herida.
—La luz que salió de su mano rompió el mandato de un Alfa.
—Entonces también es una mujer interesante.
Tarek no sonrió.
—La bestia reaccionó cuando la tocaste.
Rhydan endureció la mirada.
—Adelántate.
El comandante obedeció, aunque dejó claro que no estaba de acuerdo. Montó y desapareció entre los árboles con dos guardias.
—¿Qué quiso decir? —pregunté.
—Nada que debas entender esta noche.
—Otra decisión tomada por mi bien.
—Otra conversación aplazada hasta que dejes de sangrar sobre mis botas.
Bajé la vista. Una gota oscura había caído sobre el cuero negro. Antes de responder, un calambre atravesó mi vientre. Me doblé contra él.
Rhydan me sostuvo con ambas manos.
—Eira.
—No uses ese nombre.
—Es el único que me diste.
—Eira murió en ese bosque.
La frase salió sin temblor. Era cierta. La Luna que esperó tres años un gesto de ternura, la esposa que bebía veneno porque confiaba en su sanadora, la hermana que defendía a Odette ante cada crítica, no había cruzado la frontera.
Rhydan me estudió.
—Entonces dime cómo debo llamarte.
Pensé en los nombres de las criadas de mi madre, en las mujeres que pasaban desapercibidas durante los banquetes y sobrevivían porque nadie recordaba sus rostros.
—Mara.
—¿Apellido?
—Vale.
—Mara Vale —repitió.
Escuchar el nombre en su voz produjo una sensación extraña. No era cariño. Era la impresión de que acababa de abrir una puerta que quizá no podría cerrar.
Rhydan me llevó de vuelta al caballo. Esta vez me sentó de lado y montó detrás. Cuando me recostó contra él, intenté mantener el cuerpo rígido.
—Puedes apoyarte —dijo.
—Puedo caerme también. Parece que te divierte.
—Solo cuando lo anuncias antes de hacerlo.
El cansancio venció mi orgullo. Apoyé la cabeza contra su pecho. Su corazón latía demasiado rápido para un hombre que parecía incapaz de alterarse.
—¿Le temes a Leoric? —pregunté.
—No.
—Entonces, ¿por qué huiste?
Su mano subió por mi costado para asegurar la capa.
—No huí. Evité matar a un Alfa delante de la mujer que acababa de perder un hijo.
Me tensé.
—No sabías lo del cachorro.
—Olías a sangre, acónito y leche lunar.
—¿Leche lunar?
—El cuerpo de una loba gestante la produce antes de que cambie su aroma.
Cerré los ojos. Leoric no había reconocido nada. Rhydan lo había comprendido con una respiración.
—No quiero hablar de él.
—Entonces no lo haremos.
La respuesta no llevaba preguntas escondidas. Por primera vez desde que encontré a Odette en mi cama, alguien aceptó un límite sin intentar negociarlo.
Avanzamos hasta que las antorchas de una fortificación aparecieron entre los árboles. El puesto de Morcant era una construcción de piedra oscura levantada sobre una colina. Los guardias abrieron las puertas apenas reconocieron la corona de hierro.
Una mujer de cabello plateado esperaba en el patio con vendas y un cuenco de agua.
—Bájala —ordenó.
Rhydan desmontó conmigo en brazos.
—Puede caminar —dije.
—También puede mentir —contestó él.
La sanadora se presentó como Nerissa y nos condujo a una habitación. Cuando intentó cerrar la puerta, Rhydan entró detrás.
—Fuera —le exigí.
—Debo saber qué te hicieron.
—Puedes leer un informe.
Sus ojos se clavaron en los míos. Después salió sin discutir.
Nerissa levantó una ceja.
—Nadie lo echa de una habitación.
—Acaba de aprender.
Me ayudó a quitarme el vestido. Cuando la tela dejó al descubierto la herida del hombro, maldijo. Sus dedos recorrieron la marca destruida sin tocarla.
—Esto no fue una ruptura común.
—Leoric usó plata con acónito.
—No hablo del arma. Algo rechazó el cuchillo desde dentro.
La luz pálida apareció bajo mi piel.
Nerissa retrocedió.
Un rugido sacudió el pasillo.
La puerta se abrió de golpe. Rhydan entró encorvado, con los ojos negros y las uñas convertidas en garras. Dos guardias intentaban contenerlo.
—¡Apártate de ella! —gritó Tarek.
Rhydan lanzó a uno contra la pared. Su bestia llenó la habitación con un olor salvaje que hizo temblar a mi loba.
No pensé.
Extendí la mano y toqué su pecho.
La luz salió de mis dedos.
Rhydan quedó inmóvil.
Sus garras desaparecieron lentamente. La oscuridad abandonó sus ojos, pero su mano atrapó la mía contra el corazón.
—¿Qué me hiciste? —pregunté.
Él respiró junto a mi boca.
—Nada, Mara. El problema es lo que mi bestia acaba de hacer por ti.
El silencio de la habitación se volvió insoportable. Tarek dejó de forcejear con los guardias. Nerissa me miró como si acabara de presenciar una profecía prohibida. Yo intenté retirar la mano derecha.
—¿Qué hizo?
Rhydan bajó la cabeza hasta rozar mi frente.
—Se arrodilló.
