Capítulo 6 Las tres órdenes del rey
—Suéltame antes de que tu bestia decida arrancarme la mano.
Rhydan mantuvo mi palma contra su pecho. Su corazón golpeaba con una fuerza que no coincidía con la calma de su rostro. El pulgar del rey rozó el interior de mi muñeca y una corriente descendió hasta mis dedos.
—Si te suelto, intentará recuperarte —dijo.
—Enséñale a aceptar un no.
La presión desapareció de inmediato.
Ese gesto me desconcertó más que sus garras. Leoric siempre convertía mis negativas en discusiones que terminaban cuando yo cedía. Rhydan retrocedió, aunque la oscuridad continuó moviéndose alrededor de sus pupilas.
—Todos fuera —ordenó Nerissa—. Mi paciente está medio desnuda, acaba de perder un cachorro y ninguno de ustedes sabe curar algo más complicado que su orgullo.
Tarek hizo salir a los guardias, pero se interpuso entre el rey y yo.
—La tocaste y tu bestia tomó el control.
—La tocó ella —corrigió Rhydan.
—Ese detalle no mejora nada.
La camisa del rey estaba abierta donde sus garras habían roto los botones. Sobre su pecho quedaba la huella luminosa de mi mano. Las cicatrices que cruzaban su piel parecían demasiado antiguas para pertenecer al hombre de treinta y seis años que tenía delante. Bajé la mirada y encontré una línea oscura que desaparecía bajo sus pantalones.
Rhydan lo notó.
—La sanadora pidió que salieras, Mara.
—Esta es mi habitación.
—Entonces deja de mirarme como si quisieras expulsarme de mis propios pantalones.
Nerissa disimuló una risa detrás de una tos. El calor me subió al rostro.
—Estaba contando cicatrices.
—Te faltaron las de abajo.
—Majestad —gruñó Tarek.
—Qué sensible eres cuando no se trata de tu cuerpo.
Rhydan cerró la camisa sin apartar los ojos de mí. La atracción llegó en el peor momento, breve y furiosa, mezclada con la vergüenza de encontrar atractivo a otro hombre mientras la sangre de mi hijo seguía seca en mis piernas. Mi loba no compartió la culpa. Permanecía alerta, pendiente de él.
Nerissa empujó a Rhydan hacia la puerta.
—Cinco minutos. Si la bestia vuelve, puedes destrozar el pasillo. Este cuarto me gusta.
—No cierres con llave.
—No des órdenes sobre mis puertas.
El rey salió. Tarek lo siguió después de dedicarme una mirada que prometía vigilancia.
Nerissa cerró y me indicó que me recostara. Retiró la venda provisional de mi hombro, limpió la herida y pasó una piedra de diagnóstico sobre mi vientre. La piedra se volvió verde antes de ennegrecerse.
—Hay acónito en tu sangre —dijo—. Mucho más del que una loba debería soportar.
—Lo bebí durante tres años.
Sus manos se detuvieron.
—¿Por voluntad propia?
—Me dijeron que era un tónico para quedar embarazada.
Nerissa soltó una maldición y buscó tres frascos en su bolsa.
—Esto no salió de una equivocación. Alguien calculó las dosis para debilitarte sin matarte. La cantidad más reciente fue distinta. Quien la preparó quería terminar el embarazo esa noche.
Los dedos se me cerraron sobre la sábana.
—Necesito una prueba.
—Primero necesitas sobrevivir a la limpieza. Después buscaremos pruebas.
Me ofreció una copa. El líquido tenía el mismo color lechoso que los tónicos de Maelis. La aparté con tanta fuerza que se derramó sobre el suelo.
—No beberé nada que no vea preparar.
Nerissa no se ofendió. Sacó las hierbas, las dejó frente a mí y encendió un pequeño brasero.
—Entonces aprenderás cada ingrediente.
Mientras trituraba las hojas, un dolor me atravesó la muñeca. No venía de las heridas. Era una presión brutal alrededor de los huesos, como si una mano invisible intentara obligarme a levantar un arma.
Grité.
La puerta se abrió antes de que Nerissa pudiera alcanzarme. Rhydan cruzó el cuarto y se arrodilló frente a la cama.
—¿Dónde duele?
—No me toques.
Sus manos quedaron suspendidas a ambos lados de mis piernas.
Nerissa examinó mi muñeca. Bajo la piel aparecía un hilo oscuro que se rompía y volvía a formarse.
—El guerrero —murmuré—. Darien sentía esto cuando Leoric le ordenaba matar.
—Rompiste su vínculo y te llevaste el daño —comprendió Nerissa—. No destruyes el dolor, Mara. Lo cambias de cuerpo.
Rhydan apretó la mandíbula.
—No volverás a usar ese poder.
—No aceptaré órdenes sobre mi cuerpo.
—Entonces considéralo una recomendación hecha por alguien que acaba de verte doblarte por el dolor de otro hombre.
—He sobrevivido a cosas peores.
—Eso no convierte el sufrimiento en una obligación.
La frase me dejó sin respuesta. Nerissa me entregó la nueva copa. La olí, observé los restos de las hierbas y bebí. El dolor cedió lentamente.
Tarek apareció en la puerta.
—No puede entrar en la fortaleza. Si vuelve a dominar a tu bestia, todos creerán que te hechizó.
—Nadie sabrá quién es —respondió Rhydan.
—Leoric la buscará.
—Buscará a Eira Solvane. Ella murió en su bosque.
Rhydan se puso de pie. Su presencia ocupó el espacio entre mis rodillas. Yo seguía en una camisola prestada, y él estaba demasiado cerca para que olvidara que debajo no llevaba nada. Sus ojos descendieron un instante. No fingió que no lo había hecho.
—Mara Vale llegará como sirvienta —decidió—. Una invitada despertaría preguntas.
—¿Y una sirvienta herida no?
—En Morcant todos llegan heridos de alguna parte.
—No sé servir a un rey.
Su boca se curvó apenas.
—Ya conseguiste que me arrodillara. Aprendes rápido.
Tarek cerró los ojos, resignado. Nerissa volvió a toser para ocultar otra risa.
—No aceptaré una nueva jaula —advertí.
—Tendrás una habitación, un salario y libertad para marcharte cuando puedas sostenerte sobre un caballo. A cambio, permanecerás cerca hasta que comprendamos por qué mi bestia te obedeció.
—Nada de investigar mi identidad.
—Hecho.
—Nada de marcas.
El humor abandonó su rostro.
—Jamás sin tu consentimiento.
Acepté con un movimiento de cabeza.
Rhydan se inclinó hasta apoyar una mano en el colchón, junto a mi muslo. Su aliento rozó mi boca, pero no avanzó el último espacio.
—A partir de ahora tendrás tres órdenes: no me mires cuando mi lobo despierte, no me hables y, por ninguna razón, vuelvas a tocarme.
—Tu idea de una doncella personal parece poco práctica.
—Mi idea es mantenerte viva durante la luna roja.
Nerissa miró hacia la ventana. Una claridad carmesí empezaba a filtrarse entre las nubes.
—Majestad, hay un problema —dijo—. La luna roja no saldrá mañana. Saldrá esta noche.
