Capítulo 7 La primera noche del rey

—Encadénenme antes de que oscurezca.

Rhydan pronunció la orden sin apartar los ojos de la claridad roja que teñía la ventana. Tarek salió de inmediato para preparar el regreso. Nerissa, en cambio, cruzó los brazos.

—Mara no soportará cuatro horas a caballo.

—Sí las soportaré —dije.

—Hace unos minutos perdiste una discusión contra una sábana.

Rhydan me miró de arriba abajo.

—Irá en mi carruaje.

—No necesito privilegios.

—Es un vehículo con ruedas, no una propuesta de matrimonio.

—Con tu reputación, conviene confirmar la diferencia.

La boca de Nerissa tembló. Rhydan abrió la puerta y me ofreció una mano. La ignoré para levantarme sola. Mis piernas aguantaron dos pasos antes de doblarse.

El rey me sostuvo por la cintura.

—El carruaje —murmuré.

—Sabia elección.

—Si te ríes, caminaré.

—No me atrevería a retrasarnos tanto.

Partimos antes del amanecer. Nerissa viajó conmigo y obligó a Tarek a acompañarnos porque, según ella, su mal humor servía para espantar bandidos. Rhydan cabalgó junto a la portezuela. Cada vez que el camino sacudía mis heridas, su mano aparecía sobre el marco, pero no intentaba entrar ni preguntar si estaba bien.

La Fortaleza Morcant surgió entre montañas cuando el sol comenzaba a ocultarse. No tenía torres elegantes ni jardines ceremoniales. Era una masa de piedra negra aferrada al risco, con ventanas estrechas y murallas capaces de resistir a una manada completa.

Los sirvientes se inclinaron al ver la corona de hierro. Ninguno levantó la mirada.

—¿Siempre te reciben como si estuvieran esperando una ejecución? —pregunté.

—Hoy están decepcionados porque llegué sin cadáveres.

—Dales tiempo —intervino Tarek—. La noche aún no empieza.

Nerissa me condujo a una habitación cercana a la torre del rey. Una criada dejó un vestido gris sobre la cama y salió sin preguntar mi nombre.

—La noticia ya fue entregada —explicó Nerissa—. Eres Mara Vale, la nueva doncella personal de Rhydan.

Levanté el vestido. El escote se cerraba con tres cordones demasiado cortos.

—¿Su doncella o su entretenimiento?

—La anterior era una mujer de sesenta años con bigote.

—Eso no responde mi pregunta.

—La responde mejor de lo que crees.

Nerissa cambió mis vendas y me ayudó a vestirme. El color gris me hacía invisible, pero la tela se ajustaba más de lo necesario al pecho. Cuando salí al pasillo, Rhydan esperaba frente a una puerta reforzada con hierro. Se había quitado la corona y llevaba los antebrazos descubiertos.

Su mirada bajó hasta los cordones.

—Ese uniforme será reemplazado.

—¿No combina con tus cadenas?

—Combina demasiado bien con mi falta de paciencia.

El comentario encendió un calor bajo mi piel. Rhydan se acercó y tomó uno de los cordones entre los dedos. No rozó mi pecho, pero mi cuerpo reaccionó como si lo hubiera hecho.

—Podría cerrarlo mejor —dijo.

—Podrías recordar tu orden de no tocarme.

—La orden era que tú no me tocaras.

—Conveniente otra vez.

Rhydan soltó el cordón. Su expresión cambió cuando la última franja de sol desapareció tras las montañas.

—Entra en tu habitación, cierra la puerta y no salgas hasta que Tarek vaya por ti.

—¿Y si necesitas ayuda?

—No la necesitaré de una mujer que aún tiembla al mantenerse de pie.

—Eso sonó casi considerado.

—Era un insulto. No arruines mi reputación.

Tarek abrió la puerta de hierro. Al otro lado había una cámara circular, con cadenas ancladas a las paredes y marcas de garras sobre la piedra. Rhydan entró sin mirar atrás.

Obedecí durante menos de una hora.

El primer rugido hizo vibrar mi cama. El segundo fue seguido por el sonido de metal desgarrándose. Salí al pasillo y encontré a dos guardias heridos. Tarek forcejeaba con la cerradura.

—Vuelve a tu cuarto —ordenó.

—¿Rompió las cadenas?

—Dos. Quedan cuatro.

Otro impacto dobló la puerta hacia fuera.

—No parece una cifra tranquilizadora.

Tarek me bloqueó el paso.

—Si te ve, la bestia intentará poseerte.

—Ya me vio en el puesto.

—No bajo una luna roja.

Desde el interior llegó mi nombre.

No fue la voz de Rhydan. Era más grave, rota por los colmillos.

—Mara.

Mi loba respondió antes que yo. La luz bajo mi piel se dirigió hacia la puerta.

—Ábrela —exigí.

—El rey te dio tres órdenes.

—Y tú acabas de decir que ya rompió dos cadenas.

La tercera cedió con un estallido.

Tarek abrió.

Rhydan estaba sujeto por una muñeca y ambos tobillos. Había destrozado la camisa. Las venas oscuras cubrían su torso y sus ojos eran dos pozos negros. Sangre fresca bajaba por sus brazos.

Lo miré.

Primera orden rota.

Su nariz se movió al reconocerme. Tiró de las cadenas, pero no atacó.

—Rhydan —dije.

Segunda.

Su respiración llenó la cámara.

—Ven.

—No —respondí, aunque avancé.

—Mara, no lo hagas —advirtió Tarek.

Rhydan cayó de rodillas cuando quedé frente a él. Levantó una mano, pero la cadena se tensó antes de alcanzar mi cintura.

—Dime que me vaya —susurré.

Él mostró los colmillos.

—No puedo.

Apoyé la palma sobre su pecho.

Tercera.

La luz explotó entre nosotros. Rhydan rompió la cadena de su muñeca y me sujetó por la cintura. Tarek desenvainó la espada, pero el rey solo me atrajo hasta encajar mi cuerpo contra el suyo.

Su boca descendió hacia mi cuello. El roce de sus labios hizo que mis rodillas perdieran firmeza. Su mano subió por mi espalda, evitando las vendas, y se detuvo debajo de mi cabello.

—No me muerdas —ordené.

Rhydan quedó inmóvil.

Sus dientes rozaban mi piel. No cerró la boca. Giró el rostro y apoyó la frente sobre mi hombro. Su respiración caliente se deslizó dentro del escote, despertando una tensión que no tenía fuerzas para negar.

—Tampoco me beses —añadí.

—Esa orden no me gusta —respondió con su propia voz.

La oscuridad abandonó sus venas. La mano que sostenía mi cintura se aflojó, pero no desapareció.

—Funcionó —murmuré.

—Rompiste mis tres órdenes en una sola noche.

—Tú rompiste tres cadenas. Estamos empatados.

Un hilo plateado apareció entre su pecho y el mío. Tarek lo vio y palideció.

—Majestad, ese vínculo significa que ella es...

—Cállate —rugió Rhydan.

Intenté separarme, pero él cubrió la luz con su mano.

—¿Qué estás ocultándome?

—Vuelve a tu habitación, Mara.

—Prometiste no investigar mi identidad.

Rhydan acercó la boca a la mía, sin besarme.

—Prometí no hacer preguntas sobre tu pasado. Nunca prometí contarte lo que mi lobo acaba de descubrir sobre nuestro futuro.

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