Capítulo 4
Punto de vista de Aria
Durante el trayecto, Harrison me puso al corriente sobre la manada Luna Creciente.
Sus activos eran inmensos: la mayoría pertenecían a Vincent, y Victor Smith y el difunto padre adoptivo de Vincent poseían participaciones menores.
Ahora que había heredado los bienes de Vincent, en la práctica yo era la accionista mayoritaria del imperio de la familia Smith.
Victor y su hijo Lucas habían estado administrando los bienes de Vincent durante su ausencia.
Sylvia y Nathan también participaban activamente: eran la esposa y el hijastro de Vincent en la manada Luna Creciente.
Por la cautela con que Harrison eligió las palabras, ninguno de los dos estaba encantado con mi repentina aparición.
—Tu tío Victor lleva tiempo esperando la oportunidad de conocerte como es debido —dijo Harrison—. Quería ponerse en contacto contigo antes, pero el proceso legal se demoró.
—¿Y Sylvia?
Su expresión permaneció neutral, aunque percibí un destello en sus ojos.
—La señora Smith está... adaptándose a la nueva situación.
Traducción: me odiaba.
Una hora después, el todoterreno atravesó unas enormes puertas de hierro. Una construcción de piedra y cristal se extendía entre céspedes cuidados y árboles centenarios cuyas copas se tragaban el cielo.
Varias alas se ramificaban en todas direcciones. En el centro del camino circular de entrada había una fuente digna de Versalles.
En cuanto cruzamos el umbral, algo cambió en el aire.
Harrison me abrió la puerta.
—Bienvenida a casa, señorita Smith.
Casa. La palabra todavía me resultaba extraña.
Pero, mientras contemplaba la imponente fachada, no pude evitar pensar que quizá aquel era exactamente el lugar al que siempre había pertenecido.
Seguía en la entrada cuando una mano me rozó el codo.
—Señorita Smith.
Un hombre de poco más de cincuenta años se acercó a mí. Tenía ojos bondadosos, el cabello entreverado de plata y vestía un impecable traje a medida. Había algo familiar en la línea de su mandíbula y en la forma de sus hombros.
—Soy Victor Smith. Tu tío.
Le estreché la mano.
—Alfa Smith.
—Victor, por favor. —Miró hacia la entrada y después otra vez hacia mí. Su expresión era cuidadosamente neutral, pero sus ojos contenían una advertencia inequívoca—. Quería hablar contigo antes de que entraras. Sylvia y Nathan llevan mucho tiempo dirigiendo las cosas aquí. No renunciarán a ese poder fácilmente. Intentarán intimidarte. Tal vez amenazarte.
Hizo una pausa.
—No dejes que te obliguen a nada. Tienes pleno derecho legal a estar aquí. Vincent quería que todo esto fuera tuyo.
Lo estudié.
—¿Por qué me ayudas? Apenas me conoces.
Vaciló.
—Porque Vincent era mi hermano en todo lo que de verdad importa. Y porque me recuerdas a él.
A pesar de todo, las comisuras de mis labios se alzaron un poco.
—Gracias por la advertencia.
Harrison me condujo a través de unos pasillos opulentos, entre candelabros de cristal, suelos de mármol y pinturas al óleo que valían más que la mayoría de las casas. Se detuvo ante unas pesadas puertas de roble.
—El salón principal. La señora Smith y el señor Nathan la esperan.
La estancia era enorme. Los ventanales de suelo a techo daban a unos jardines perfectamente cuidados y los costosos muebles estaban dispuestos con absoluta simetría.
Sylvia estaba junto a las ventanas, con el cabello rubio recogido en un elegante moño, diamantes en el cuello y las muñecas, y dos sirvientes apostados detrás de ella. Nathan, un hombre de poco más de treinta años, estaba sentado en el sofá con un impecable traje azul marino y la postura pulida por toda una vida de privilegios.
Harrison hizo las presentaciones y se retiró. El silencio se prolongó un instante de más.
—¿Te llamas Aria? —preguntó Sylvia, aunque era evidente que ya lo sabía.
—Sí.
—Siéntate. Ahora estás en casa. No tienes por qué ponerte nerviosa.
No estaba nerviosa. Y aquello no se parecía ni remotamente a un hogar.
—No perdamos el tiempo —dijo Sylvia mientras tomaba asiento frente a mí—. Tenemos que hablar de tu herencia.
Nathan dejó un documento grueso sobre la mesa de centro.
—La muerte de mi padre te ha convertido en su heredera legal. Sin embargo, las operaciones y alianzas de la manada no pueden confiarse a alguien sin experiencia en nuestro mundo. Estamos dispuestos a ofrecerte cien millones de dólares en efectivo. A cambio, cederás todos tus derechos sobre los activos de la familia Smith: acciones, propiedades y control operativo.
Cien millones. Más dinero del que jamás había imaginado, pero ni de lejos lo que Vincent me había dejado en realidad.
Revisé las páginas. Renuncia voluntaria a todas las acciones y participaciones de la familia Smith, al control operativo y a todos los bienes inmuebles...
Sylvia bebió un sorbo de té.
—Tu madre y Vincent tuvieron una breve aventura. Pasaste la infancia en un orfanato. Cien millones es una oferta más que generosa dadas las circunstancias.
Su voz destilaba falsa compasión.
—Pero seguro que lo entiendes: la familia Smith no puede presentar públicamente como heredera a una hija ilegítima. Llevas la sangre de Vincent. Siempre tendrás un lugar en esta familia, al menos de nombre.
Lo hacía parecer un acto de bondad.
Nathan deslizó una pluma sobre la mesa.
—Por favor, firma.
Dejé el documento sobre la mesa.
—Me niego.
La palabra cayó como una granada.
La taza de Sylvia se detuvo a medio camino de sus labios. La expresión de Nathan vaciló.
—Me has llamado ilegítima —dije con firmeza—, pero a la ley no le importa la legitimidad, sino la sangre. Vincent dejó un testamento, contrató a un abogado y encargó pruebas de ADN. Todo está documentado y es legal. Soy su heredera. Su única heredera.
La sonrisa de Sylvia desapareció. Su taza chocó contra el platillo con un tintineo agudo.
—Puede que tengas los documentos, pero no tienes capacidad para administrar un imperio como este.
—No te corresponde decidirlo.
Nathan se inclinó hacia delante.
—Esto no es una negociación. Nuestras propiedades abarcan los territorios de numerosas manadas. Nuestras relaciones son delicadas y se han construido durante décadas. Un solo paso en falso podría destruirlo todo. —Hizo una pausa—. No puedes luchar contra una familia entera.
—Tal vez no. Pero sí puedo luchar por lo que me pertenece legalmente.
Sylvia soltó una risa fría y quebradiza.
—Llevas cinco minutos en este mundo. ¿De verdad crees que la ley basta para protegerte aquí?
Tomé el documento.
—El patrimonio Smith está valorado en más de diez mil millones de dólares y los ingresos anuales superan los ochocientos millones. Me ofrecen cien millones: apenas el uno por ciento de lo que Vincent me dejó. —Le tendí el documento a Nathan—. Eso no es una compensación. Es un robo.
Me levanté y caminé hacia la puerta.
—Si quieren tratar este asunto como es debido, conforme a la ley o a las reglas familiares, estoy dispuesta. Pero no permitiré que me intimiden para obligarme a renunciar a mi herencia.
Me detuve en el umbral.
—Y, para que quede claro, señor Smith: usted es el hijastro de Vincent. Según la ley, sus derechos hereditarios están por detrás de los míos. ¿De verdad sugiere que un hombre sin lazos de sangre debería heredarlo todo por encima de la hija de Vincent?
Silencio absoluto.
Sylvia se levantó despacio. Su expresión se endureció hasta volverse fría y peligrosa. No habló. No hacía falta.
—Deténganla —ordenó Nathan.
Apenas había tocado el picaporte cuando dos guardias surgieron de las sombras. Eran enormes, tenían rostros pétreos y se movían con una eficiencia entrenada que me heló la sangre. Me quedé paralizada.
—Aria —dijo Sylvia con engañosa calma—. Te sugiero que cooperes mientras aún me quede paciencia.
Nathan cruzó la habitación hasta plantarse delante de mí.
—Si no estás conforme con la oferta, di tu precio.
Sostuve su mirada y me negué a retroceder, aunque el corazón me martilleaba.
—¿Mi precio? No puedes pagarlo. Vincent me dejó diez mil millones de dólares. No aceptaré ni un centavo menos.
La expresión de Nathan se volvió glacial.
—Entonces tendremos que hacerlo por las malas.
Los guardias se acercaron. Uno me agarró del brazo y me arrastró de vuelta hacia la mesa. El otro me obligó a sentarme y me inmovilizó por los hombros. Forcejeé, pero la fuerza de un hombre lobo no admitía comparación con la desesperación de una humana.
Sylvia se volvió hacia las ventanas y me dio la espalda, como si no valiera la pena mirar.
Nathan tomó el documento y la pluma.
—Fírmalo.
—Vete al infierno.
Me agarró la muñeca y me obligó a bajar la mano hacia el papel. Intenté apartarme, pero el guardia me sujetaba con una fuerza de hierro.
Aquello era una locura. Iban a forzar mi firma, a falsificar mi consentimiento.
El pánico me arañó la garganta.
—¡Deténganse! —grité—. ¡No pueden hacer esto! ¡Es ilegal!
—¿Ilegal? —La voz aburrida de Sylvia llegó desde las ventanas—. Cariño, nosotros somos la ley aquí.
La pluma rozó mis dedos. Nathan estaba a segundos de obligarme a mover la mano.
Entonces las puertas del salón estallaron hacia dentro.
El estruendo fue ensordecedor: la madera se astilló y las bisagras chirriaron.
Todos se quedaron inmóviles.
Un hombre cruzó el umbral destrozado, flanqueado por media docena de hombres con equipo táctico oscuro. La temperatura de la habitación pareció descender diez grados.
Era alto, de al menos un metro noventa y tres, con hombros anchos y una complexión que revelaba una fuerza letal.
Llevaba el cabello negro peinado hacia atrás, apartado de un rostro que parecía tallado en granito. Mandíbula afilada. Pómulos altos. Y sus ojos...
Dios, sus ojos. Eran de un gris oscuro, casi negro, y recorrieron la habitación con un cálculo tan frío que parecía estar decidiendo quién moriría primero.
Los guardias me soltaron al instante y retrocedieron tambaleándose como si se hubieran quemado.
Nathan palideció.
La mirada del desconocido recorrió la estancia antes de posarse en mí. Algo destelló en sus ojos: oscuro, posesivo y absolutamente aterrador.
Durante un instante, me faltó el aire.
Entonces habló con un gruñido bajo y letal que me recorrió la espalda en forma de escalofrío.
—Ella es MÍA.
