Capítulo 5

Punto de vista de Damian

El aroma me golpeó en cuanto puse un pie en el territorio de Luna Creciente.

Jazmín y vainilla, con un matiz que solo podía pertenecerle a ella; algo que hizo que mi lobo se abalanzara hacia delante con una violencia que jamás había sentido.

Compañera.

La palabra rugió en mi mente como un trueno.

Después de treinta y un años. Después de incontables reuniones en las que el Consejo me presionó para que eligiera a alguien, a cualquiera. Después de haber estado a punto de rendirme. Ella estaba allí.

En cuanto derribé de una patada las puertas del salón, la rabia me consumió. La vi inmovilizada en una silla, con dos guardias sujetándola mientras algún bastardo intentaba obligarla a empuñar una pluma.

Todos mis músculos se tensaron como resortes. Mi campo de visión se agudizó y se estrechó hasta centrarse en aquellas manos sobre ella. Sobre lo que era mío.

—Es MÍA. Quiten sus malditas manos de encima.

Mi voz brotó en forma de gruñido y la orden alfa atravesó la habitación como una fuerza física.

Los guardias la soltaron al instante y retrocedieron trastabillando.

Crucé la habitación en tres zancadas.

Ella alzó hacia mí unos enormes ojos verdes: deslumbrante, desafiante, absolutamente sobrecogedora.

Todo en mí exigía que la estrechara entre mis brazos, que la protegiera, que despedazara a cualquiera que se hubiera atrevido a tocarla.

Pero me obligué a detenerme a unos pasos de distancia, con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo.

Nathan había palidecido.

—Rey alfa Blackwood, no lo esperábamos...

—Es evidente. —No aparté la mirada de mi compañera—. Deberían haberlo hecho.

Sylvia se acercó desde las ventanas.

—Su Majestad, este es un asunto familiar...

—Dejó de serlo en el momento en que le pusieron las manos encima.

Permití que mi lobo se filtrara en mi voz y observé con satisfacción cómo Nathan y Sylvia retrocedían otro paso.

Mi compañera seguía sentada, mirándome como si no consiguiera asimilar lo que ocurría. No había reconocimiento en sus ojos. Ninguna chispa del vínculo.

Eso debería haber sido imposible.

Todo hombre lobo reconocía al instante a su compañera. La atracción era innegable, abrumadora. Sin embargo, ella me contemplaba como si yo fuera un desconocido más que acababa de irrumpir por una puerta.

Humana. La palabra encajó de pronto. Era humana.

Eso explicaba la ausencia de reconocimiento. Los humanos no percibían el vínculo de pareja como nosotros. Había que explicarles su existencia y enseñarles lo que significaba.

Pero no explicaba el muro que percibía entre nosotros: algo frío y defensivo en su expresión que iba mucho más allá de la confusión.

Extendí una mano hacia ella.

—Ven conmigo.

Vaciló y desvió la mirada de mi mano a mi rostro. Por un momento pensé que se negaría.

Entonces se puso de pie, ignoró por completo mi mano extendida y caminó sola hacia la puerta.

Mi lobo se erizó ante el rechazo, pero reprimí el impulso de levantarla en brazos y sacarla de allí. Ya había soportado bastante aquel día.

—Su Majestad —empezó Sylvia con voz tensa—, seguro que podemos hablar...

—No hay nada que hablar. —Ni siquiera me molesté en mirarla—. Vuelvan a tocarla y desmantelaré la manada Luna Creciente pieza por pieza. ¿Ha quedado claro?

El silencio posterior fue respuesta suficiente.

Me di la vuelta y seguí a mi compañera fuera del salón, mientras mis hombres formaban a nuestro alrededor.

El viaje de regreso a la ciudad fue tenso.

Mi compañera ocupaba el extremo más alejado del asiento trasero, tan lejos de mí como le permitía el vehículo. Miraba por la ventanilla, con la mandíbula tensa y las manos entrelazadas sobre el regazo.

El vínculo palpitaba entre nosotros, insistente y enloquecedor. Todos mis instintos me exigían acercarla, respirar su aroma y escuchar su voz.

Pero ella guardaba silencio.

—¿Cómo te llamas? —pregunté con suavidad.

—Aria.

—Aria —repetí, probando el nombre en la lengua. Le sentaba bien—. Yo soy Damian.

—Sé quién eres. Rey alfa de la manada Blackwood. Gobernante de todo el reino de los hombres lobo. Todos saben quién eres.

No había asombro en su voz. Tampoco miedo. Solo... nada.

Mi lobo gimió suavemente en mi pecho.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó de repente, todavía sin mirarme.

—Porque necesitabas ayuda.

—Eso no es una respuesta.

Estudié su perfil: la línea definida de la mandíbula, el modo en que retorcía los dedos sobre el regazo. Estaba nerviosa pese a su fachada de calma.

—Eres mi compañera, Aria.

El silencio se instaló entre nosotros.

Entonces se volvió por completo hacia mí y lo vi: incredulidad. Una incredulidad fría, endurecida.

—Tu compañera —repitió despacio.

—Sí.

—Claro.

Soltó una risa amarga que me oprimió el pecho.

—¿Y se supone que debo creérmelo sin más? ¿Un alfa poderoso aparece de la nada, afirma que soy su alma gemela destinada y yo debería desmayarme de emoción y darle las gracias a la Diosa de la Luna?

El sarcasmo de su voz me hirió más de lo que esperaba.

—Te digo la verdad.

—Seguro que sí. —Volvió la vista hacia la ventanilla—. Mira, agradezco que me rescataras. De verdad. Pero por hoy ya he tenido suficiente de hombres poderosos que creen tener algún derecho sobre mí.

—No se trata de creerlo. Es un hecho. —La frustración empezó a filtrarse en mi voz—. El vínculo...

—No siento ningún vínculo.

La frase me golpeó con fuerza.

Mi lobo retrocedió, herido. Por supuesto que ella no lo sentía: era humana. Pero la forma en que lo dijo, la absoluta certeza de su tono, pareció un rechazo.

Me obligué a respirar.

—No puedes sentirlo porque eres humana. Yo sí. Y sé lo que significa.

—¿Y qué? —preguntó con brusquedad.

Cruzó los brazos y se recostó contra el asiento para aumentar la distancia entre nosotros.

Percibí la cautela en sus ojos, la tensión de quien está preparada para huir. No podía permitir que escapara. Tenía que encontrar la forma de retenerla el tiempo suficiente para que comprendiera lo que aquello significaba.

—Un matrimonio por contrato.

Me miró como si hubiera perdido la razón.

—Necesitas protección frente a la familia Smith —continué, obligándome a conservar un tono profesional mientras mi lobo me arañaba el pecho—. Yo necesito una compañera para satisfacer al Consejo. Los dos obtenemos lo que necesitamos. Limpio. Sencillo. Temporal.

La última palabra me supo a ceniza.

Mi lobo aulló en protesta ante la reducción de nuestro vínculo sagrado a una transacción comercial.

—Quieres un matrimonio por contrato —dijo despacio, con voz incrédula—. Entre nosotros.

—Sí. Es el acuerdo más beneficioso para ambos en este momento, ¿no?

Las palabras me supieron a veneno, pero me obligué a pronunciarlas.

Guardó silencio durante un buen rato. Casi podía ver su mente en funcionamiento, sopesando las opciones, calculando los riesgos.

Al final, negó con la cabeza.

—No creo que sea una buena idea.

El pecho se me tensó, pero no discutí. Saqué el teléfono y le envié mi número privado sin pedir permiso.

—Si cambias de opinión —dije con un tono que no admitía negociación—, ponte en contacto conmigo.

Miró su teléfono y después volvió a observarme con el ceño fruncido.

—Puedes dejarme aquí.

Seguí la dirección de su mirada. La Torre Meridiano. Un rascacielos de lujo en el centro de la ciudad. Lo bastante exclusivo para la mayoría, pero muy por debajo de lo que correspondía al estatus de mi compañera.

—¿Te alojas aquí?

—Por ahora.

—Aria...

—Estaré bien. —Buscó la manija de la puerta—. Gracias por lo de hoy. Lo digo en serio.

Cuando se dispuso a cerrar, me incliné hacia delante y capturé su mirada.

Me permití sonreír, despacio y con deliberación. La clase de sonrisa que había hecho que más de una loba se sometiera sin pronunciar palabra.

—Espero con impaciencia nuestro próximo encuentro.

Aria contuvo el aliento. Solo un segundo. Después recompuso su máscara.

—Adiós, rey alfa.

La puerta se cerró. La observé entrar en el vestíbulo mientras todos mis instintos me gritaban que la siguiera. En lugar de hacerlo, toqué el separador.

—Conduce.

Mientras el coche se alejaba, llamé a mi beta.

—Rick. Quiero una investigación exhaustiva sobre Aria Smith. Todo. Averigua quién es, dónde ha estado y qué demonios le ocurrió para dejarla así.

—Enseguida, alfa. —Hizo una pausa—. La has encontrado, ¿verdad? A tu compañera.

—Sí. —Contemplé las luces de la ciudad, difuminadas por el movimiento—. La he encontrado.

—¿Y?

—Acabo de ofrecerle un matrimonio por contrato.

Silencio. Después, una risa breve e incrédula.

—Estás bromeando.

—Ojalá.

—¿Qué vas a hacer?

Me pasé una mano por el rostro.

—Todavía no lo sé.

Terminé la llamada y me recosté con los ojos cerrados. Mi lobo seguía dando vueltas en mi interior, inquieto y herido.

Ella no nos quiere, le dije.

Lo hará —gruñó él—. Tiene que hacerlo.

Yo no estaba tan seguro.

Algo tenía que haber ocurrido para que mi compañera perdiera la fe en los hombres lobo y en el vínculo de pareja.

¿Qué demonios le había pasado?

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