Capítulo 7 El dolor de la marca: La humillación de la loba.

Narra Celenia:

Aquel beso que recibí del Alfa Elios, me había paralizado durante un momento en mi sitio, aquella era la segunda vez que me besaba, y sin tiempo para golpearlo y alejarlo de mí, lo vi salir de mis aposentos tan rápido como una brisa ligera.

Mis labios aún se sentían tibios, y aquella sensación extraña; como un hormigueo curioso en mi estómago, me hizo sentir mareada. Quizás, después de varios días de no haber probado alimento, el pollo asado me había caído mal.

—¿Se encuentra usted bien? Mi señora. — Atka me cuestionó.

—Me ha besado y se ha largado como si nada, ¿Cómo se supone que debo de sentirme? — lancé aquella pregunta más para mí misma que para Atka.

Atka se había quedado en silencio, y dándome una reverencia también ella salía de mi habitación con una sonrisa pícara que me hizo sentir avergonzada.

De alguna manera, todos parecían estar esperando a que cediera, con un lobo o con otro, pero me querían atada a un macho, y la sola idea la detestaba.

“Tendrás a mis hijos, guerreros fuertes.” Me dijo Antoné un día.

“Las lobas solo servimos para parir a los herederos de nuestros Alfas.” Decía Faela cada vez que tenía oportunidad de echarme en cara el no acostarme con Antoné presumiéndome que ella si lo hacía.

“La luna debe de someterse, parir cachorros fuertes para su Alfa…ese es el destino de una Luna que ha sido marcada.”

Desde que fui marcada y capturada por Antoné, y después de negarme a tener sexo con él, sufrí humillaciones y maltratos realmente atroces. Se me negaba el alimento tanto como pudiera ser hasta caer desmayada, me golpeaban salvajemente con el fuete de los caballos para divertir a la luna Halia y a su hija Faela, quienes me aborrecían por ser yo la Luna elegida para el joven Alfa Antoné a pesar de ser una “sucia mestiza” como ellas decían, en lugar de ser Lyra quien era una loba de sangre pura. También fui obligada a limpiar los pies de Faela con mis manos desnudas cada vez que ella decidía intencionadamente salir a trotar junto a Antoné después de acostarse con él, haciéndome oler lo que habían hecho…durante años, tuve que soportar cada golpe y humillación que recibí tan solo por aquella marca maldita que me obligaba a permanecer atada a ese miserable. Pero ya no más. No tendría hijos para nadie.

Entre humanos, se decía que el apareamiento entre una humana y un licántropo alfa era un acto realmente indigno, infame, salvaje, y atroz; algo completamente violento y repulsivo que solo buscaba someter a la hembra a la voluntad del macho…y desde entonces repudie aquello.

Tomando fuerzas, decidí que no me quedaría encerrada en ese lugar; no iba a convertirme en la diversión ni en la criadera de nadie. La noche comenzaba a caer, y confiando en mi fuerza sin la influencia de la marca de Antoné, estaba convencida de que lograría atravesar el hierro impregnado de licántropo que me mantenía cautiva…después de todo, era mitad loba, aquello no me debería de detener por completo.

Esperaría a que la noche cayera por completo y luego me largaria de allí para buscar la manera de regresar a mis propios territorios…para regresar a mi soledad auto impuesta. 

Mis pensamientos, esperando a la hora indicada, se fueron entre recuerdos pasados; repentinamente sentía que las heridas de las golpizas recibidas en mi espalda se habían abierto de nuevo. Desde el día uno en que fui marcada y secuestrada por Antoné me negué a entrar en su cama; noche tras noche, y con una desesperación mezquina, Antoné intentó abusar de mi cuerpo, pero jamás pudo lograrlo porque no lo permití, no quería convertirme en una criadera de herederos…y no lo haría.

Mis ojos pesaban recordando como era aquella sensación antes de llorar, pero ni una sola lágrima se asomaba en mi rostro; desde hacia demasiados años no fui capaz de llorar, me había acostumbrado a cargar sola con mis recuerdos, mis penurias y mis tristezas, pues la soledad era más segura. Sin embargo, en ese momento deseaba poder hacerlo.

—Eres débil… — me dije a mi misma.

La luna en lo alto comenzaba a cubrirse de nubes, y los lobos y humanos que había visto trabajar desde el ventanal, poco a poco se iban retirando a sus casonas para descansar, quedando solo unos pocos desperdigados por aquí y por allá. Ese era mi momento, sin embargo, un dolor repentino y sordo comenzaba a aparecerme en donde anteriormente había recibido la mordida del Alfa Antoné, pero decidiendo ignorarlo, me brinqué desde el ventanal hasta el primer piso sin ser vista.

Como alma que se lleva el diablo, comencé a correr teniendo cuidado de no ser vista o escuchada. Sobre los labios, sin embargo, aun sentía el aroma que el Alfa Elios me había dejado después de aquel segundo beso que me dio…y me sentí irritada por ello.

Su aroma era como los altos pinos y cedros de los bosques más recónditos, y me traía una nostalgia desconocida, como si antes hubiese sentido ese aroma, aunque no lo recordaba con claridad.

Pronto, pude divisar aquella reja que me mantenía cautiva dentro de las tierras del Alfa Elios, y sonriendo, me sentí casi saboreando mi libertad.

—¡Celenia! — escuche a aquella voz ronca y cavernosa gritando mi nombre, pero no iba a detenerme.

Saltando hacia la reja, sentí como el hierro me quemaba las manos de una manera atroz, pero aferrándome a pesar del dolor, comencé a escalar para salir de allí.

—No soy la prisionera de nadie. — me dije a mi misma mientras seguía escuchando al Alfa Elios gritando mi nombre.

Sin embargo, y a punto de llegar a la cima para brincar hacia mi libertad, una punzada extremadamente dolorosa me apuñaló el cuello sin piedad, atravesándome de lado a lado y haciéndome perder el equilibrio. Mi cuerpo se sintió tan débil como cuando llevaba aquella maldita marca impuesta por Antoné, y estando a casi ocho metros de altura desde el suelo, comencé a caer directamente a mi muerte. Cerrando los ojos, sentí como aquel lugar en donde estaba la marca me dolía como nada nunca me había dolido antes.

—¡Celenia! — escuché nuevamente al Alfa Elios gritarme por mi nombre,

Esperando a estrellarme contra el suelo y morir, me resigné, sin embargo, en lugar de la loza fría y dura, sentí el calor de un par de fuertes brazos sosteniéndome en ellos.

Aquel dolor en mi cuello me debilitaba, y abriendo los ojos, me encontré con la mirada dorada y angustiada de Elios, entonces, repentinamente, todo se volvió negro.

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