Capítulo 4 El estudiante

Helena agarró su saco, su bolso y salió de su despacho.

—Me iré a la casa, Lexi —dijo Helena, avisando a su secretaria—. Solo quiero descansar.

Al terminar su frase, fue la primera vez que resonaron las campanas del destino; sonaron de manera lenta y más pausada.

—No se preocupe, señora. Aquí somos conscientes de todo lo que trabaja. Usted puede reposar cuando lo desee.

—Espero sea apenas por hoy —dijo Helena, con resignación. No había querido marcharse, pero la molesta situación la obligaba a ausentarse por el resto del día—. Avisa al estacionamiento, para que me traigan mi auto.

Helena abandonó las instalaciones, siendo despedida de forma cariñosa por los empleados. Era querida y admirada por todos, debido a su carácter comprensivo, paciente y calmado. Eso generaba un excelente ambiente laboral en la empresa. Se subió a su coche y manejaba por la ciudad. Se detenía en los semáforos en rojo y apreciaba las calles de la ciudad desde el interior de su carro. Vio en las banquetas a los muchachos con las chicas, en el apogeo de la juventud. En esa época, el romance adolescente era cuando mayor se disfrutaba y en ese periodo era donde se manifestaba con mayor ímpetu, como un deseo desenfrenado de experimentar el amor, porque a todos nos gusta amar y ser amados. Pero su tiempo ya había pasado, y solo le faltaba envejecer para que culminara el ciclo de su vida. Había sido feliz, se había enamorado, se había casado, había tenido una hija y, a su edad, tenía un trabajo estable. Ya era una mujer realizada, a la que no le hacía falta nada. Entonces, ¿por qué su alma se sentía tan sola y vacía? Se concentró en el camino y agarró con firmeza el volante. Quizás, debía planear unas vacaciones para distraerse, porque ya estaba divagando en asuntos superfluos. No tardó en llegar a su distinguida mansión, que era de tamaño mediano. La reja fue abierta por uno de sus empleados. Antes de entrar, divisó estacionados un par de carros deportivos en la calle. Estacionó el auto en la cochera de su casa con total tranquilidad y salió del vehículo…

El chico de cabello rizado, marrón, estaba sentado en una de las banquetas del campus de la universidad. Eran las doce, cuando había terminado de recibir sus clases, ya que su horario empezaba desde las seis de la mañana. Leía la Ilíada de Homero, aprovechando la sombra que le daba uno de los árboles. Sus ojos azules oscuros estaban concentrados en las palabras de cada página de la epopeya griega. Estudiaba economía al ser bueno en matemáticas, pero una de sus grandes pasiones eran los libros, así como la escritura y la lectura. Estudiaba por medio de una beca, debido a su excelente rendimiento, y también recibía apoyo de sus padres para los estudios y para vivir en una ciudad vecina, donde se hallaba la universidad. Era aplicado, estudioso y callado; pasaba desapercibido ante los otros. Además, la expresión en su rostro era seria, casi como si estuviera enojado. Era desinteresado de las modas sociales, como la música y los youtubers. El calor del medio día lo sofocaba de forma moderada. Activó la pantalla de su móvil para ver la hora y suspiró. Ya estaban a final de semestre, era el momento de trabajos y parciales definitivos. Sin mencionar que las notas que había obtenido en los cortes anteriores eran altos. Al terminar sus clases, caminó por el campus de la universidad y se dirigió a la salida principal. Vestía ropa modesta: un jean oscuro y una camisa café y un bolso a su espalda. Avanzó algunos metros cuando tres autos deportivos a los que habían recogido los techos. Allí estaba un grupo de compañeros universitarios, entre ellos, se encontraba su novia, Rebeca Hall. Su relación era solo por palabra, para evitar que fuera acosado y molestado por ese mismo conjunto de chicos. Además, él la ayudaba con los trabajos, exámenes y demás cosas académicas de la universidad.

—¿A dónde vas, Hoel? —preguntó el chico rubio que manejaba el Ferrari que iba a la cabeza del pelotón. Era Ibrahím Walton, el más rico, guapo y popular de la universidad y el verdadero amante de Rebeca.

—A casa —respondió Hoel de manera tranquila, mientras continuaba su camino. Ellos habían reducido la velocidad para adaptarse a su paso.

—Ven con nosotros. Vamos donde tu novia —dijo Ibrahím con cierto tono burlesco en la última frase. Todos sabían que su relación era una farsa, pues Rebeca era en verdad su amante—. Nunca has ido. Anímate.

—No —respondió Hoel a secas y siguió su paso sin prestarles atención.

—Hoel —dijo una vez femenina. Hoel miró hacia el Ferrari, intercambiando miradas con Rebeca Hall, la que era su novia—. Ven con nosotros para que conozcas donde vivo.

Hoel Dalton dio algunos pasos más en la acera, luego se detuvo con expresión neutra. Entonces, fue cuando las campanas del destino se escucharon alrededor de él. Era lento y pausado, ese sonido etéreo que nadie, ni él, podían escuchar. Dos almas gemelas estaban por encontrarse. Inhaló y exhaló profundo y aflojó sus hombros. No respondió nada y solo subió a otro de los vehículos.

Así, se dirigieron a la casa de Rebeca. Al llegar, fue excluido de la celebración de ellos. Estaba en una silla, en la distancia y apartado de los demás. A lo lejos, el bullicio de la fiesta continuaba, ajeno a su desánimo. Los jóvenes reían y bromeaban, celebrando sin preocupaciones. Observó cómo Ibrahím se movía con una confianza despreocupada, atrayendo la atención de todos, en especial la de Rebeca.

Las manos de Ibrahím se deslizaban con suavidad por los hombros de ella, susurrándole algo al oído que la hacía sonreír.

Hoel desvió la mirada, sintiendo una punzada de envidia, pero también de indiferencia. Ya no era el mismo chico que se había ilusionado con Rebeca. Había pasado tanto tiempo desde que empezó a notar la verdadera naturaleza de sus sentimientos, que ahora solo quedaba una sombra de lo que una vez sintió. Un viento fresco sopló, refrescando el ambiente.

Recordó las primeras veces que salió con Rebeca, las conversaciones triviales y los intentos torpes de acercarse a ella. Pero aquellos días se sentían lejanos, casi irreales. La relación se había convertido en una rutina sin emoción, en una costumbre que ambos mantenían por inercia. En un trato de conveniencia. Cerró los ojos un momento, escuchando el eco lejano de la música y las risas.

En su mente, comenzó a formarse una idea que había estado evadiendo durante semanas: terminar con Rebeca. No por Ibrahím ni por la incomodidad de verlos juntos, sino porque merecía algo más que una relación sin amor. Merecía la oportunidad de encontrar a alguien que lo apreciara de verdad, de sentir de nuevo el entusiasmo que había perdido. Antes, al menos evitaban hacer cosas delante de él. Mas, cada vez eran cínicos y descarados en público y al frente de los demás. Abrió los parpados y se levantó de la silla, con gesto inexpresivo.

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