Capítulo 5 El atractivo

Él no se iba a quedar viendo como otro hombre tocaba a la chica que alguna vez le había gustado. Caminó hacia la puerta, para entrar a la casa. Allí se encontró con la ama de llaves, la señora Chanel, una mujer de porte elegante y mirada amable.

—¿Tienen libros aquí? —preguntó Hoel, esperando distraerse en la lectura.

—Por supuesto —respondió ella con una sonrisa—. La señora es dueña de una editorial.

Hoel se impresionó por esa noticia. Durante su relación con Rebeca, nunca habían hablado de asuntos personales, por lo que, en realidad, ninguno de los dos sabía mucho del otro. La señora Chanel le indicó el lugar de la biblioteca privada que tenían.

—Siga por ese pasillo y luego gire a la derecha —dijo, señalando la dirección—. La biblioteca está al final.

Hoel siguió sus indicaciones y pronto llegó al sitio destino. Era una habitación de tamaño modesto a mediano, pero al cruzar el umbral, se sintió como si hubiera entrado en un paraíso literario. Las paredes estaban revestidas de estanterías de madera oscura, llenas de libros de todos los géneros y épocas. El aroma a papel viejo y nuevo, encuadernaciones llenaban el aire, dándole una sensación de tranquilidad y permanencia. Quedó maravillado viendo el lugar y se sumergió en la tarea de explorar y revisar las novelas que allí se encontraban. Cada libro que sacaba de las estanterías parecía abrir una puerta a un mundo nuevo, y se perdía en las sinopsis y los prólogos, tratando de decidir cuál sería el primero en leer. Pasó los dedos por los lomos escritos, sintiendo la textura y apreciando los títulos dorados grabados en algunos de ellos.

Mientras examinaba una colección de clásicos, se preguntó cómo era posible que nunca hubiera sabido de esta faceta de la vida de Rebeca y su familia. La profundidad y riqueza de la biblioteca le revelaban un mundo de intereses y conocimientos que él no había imaginado. Se dio cuenta de lo poco que en realidad conocía a Rebeca. Así, una sensación de curiosidad y fascinación comenzó a crecer en su interior por la madre de ella, ¿estaba el mundo editorial por ser un negocio o si le apasionaba la literatura? O, ¿tal vez eran ambos? Aquella mujer vivía rodeada de libros. Eso era algo que podría llegar a envidiar, de buena manera. Después de un rato, encontró un rincón acogedor junto a una gran ventana que daba al jardín. Se sentó en un sillón de cuero y abrió uno de los libros que había seleccionado. El sol entraba por la ventana, creando un ambiente cálido y acogedor. Mientras leía, se sintió cada vez más relajado, permitiendo que las palabras lo transportaran lejos del ruido y las complicaciones de la fiesta.

Hoel perdió la noción del tiempo y le dio sed. Decidió bajar a la cocina para tomar agua. Sin embargo, iba distraído en las páginas del libro que había estado leyendo. Al bajar las escaleras y al estar en la sala de estar, no se percató de la persona que venía caminando hacia él.  En su distracción, chocó de lleno con alguien. La colisión fue fuerte como para que ambos perdieran el equilibrio. Dos golpes ahogados se oyeron, uno era el celular y el otro del libro.

En ese momento fue cuando las campanas sonaron con mayor fuerza y rapidez, como si el destino mismo estuviera emocionado por haber propiciado que dos personas se encontraran por primera vez en la vida.

Hoel cayó encima de ella, quedando sus rostros el uno frente al otro a escasos centímetros. No necesitaba ser un genio para saber de quién se trataba. Aunque no la conocía, sabía que ella la señora Hall: LA MADRE DE MI NOVIA, pensó.

Hoel sentía el calor del cuerpo de esa mujer con la que había chocado. La respiración de ella acariciaba su rostro. Mas, no pudo evitar encantarse con esos labios gruesos, cincelados y pintados de rosa. Esos ojos marrones que brillaban con energía vibrante. Las largas pestañas y las cejas pobladas. Esa señora era hermosa en todos los sentidos en los que se podía contemplar la belleza. Su iris azul resplandeció al quedar embelesado. Mientras la admiraba, su mente se nubló por la atracción que sentía. Se mantuvo atrapado en un trance del que no podía escapar, sin percatarse de que una de sus manos estaba presionando uno de los senos de ella, ni que su rodilla hacía presión contra la blanda humanidad.

El instante se alargó, como si hubieran pasado horas. La realidad solo los enfocó a ellos. Así, aquellas campanas que habían resonado antes, se escuchaban con mayor intensidad. Ambos estaban en un espacio donde solo existían ellos dos. La belleza de esa señora era abrumadora, y Hoel se sintió perdido en la profundidad de sus ojos. La cercanía de sus caras, a escasos milímetros, hacía que cada pequeño detalle de ella, se volviera más evidente y cautivador. Era una mujer madura, pero que aún irradiaban vitalidad y energía en su semblante. Ese punto medio que transmitía solo lo cegaba y lo hechizaba cada vez más.

Helena estaba debajo de ese chico, sintiendo la presión de su mano sobre su pecho derecho y la rodilla tocando su intimidad. Sus pupilas oscuras se dilataron ante la sorpresa y el fervor del momento, como en sus tiempos de juventud, cuando había estado con el hombre al que amaba. Esa emoción de nervios, expectativa y excitación habían quedado en el olvido para ella. Luego de su divorcio había, olvidado que existía un mundo pasional y sensual entre hombres y mujeres, porque se había enfocado a su trabajo y a su hija, sin prestarle atención a los romances.

Contempló el rostro del muchacho, esos ojos azules eran como la profundidad del océano en el que se hallaba sumergida, descendiendo hacia el fondo del mar sin poder apartar la mirada de él. La barba ligera y el cabello rizado, marrón, eran inusuales de ver. No podía negar el hecho de que era lindo y atractivo. Pero se veía demasiado joven. ¿Cuántos años tendría? ¿Diecinueve, veinte, veintiuno? O, tal vez, la mitad de los que tenía ella, ¿veintidós? Era solo un niño comparado con ella. Cuando ya había estado viviendo a plenitud, él apenas debía ir en secundaria.

La sorpresa y el desconcierto inicial dieron paso a una curiosidad involuntaria. A pesar de la situación comprometedora, no podía dejar de observar cada facción de él. Su piel parecía suave y tersa, y sus rasgos, aunque jóvenes, transmitía una madurez y misterio que la intrigaba. Sin mencionar que, la cercanía de sus cuerpos la hacía consciente de cada latido de su corazón, que parecía resonar en sus oídos.

En otra oportunidad jamás le hubiera prestado atención. Pero teniéndolo encima de ella, mientras se imponía con su peso corporal, sería difícil para cualquier ignorar la situación.

La presión de la mano contra su pecho y su rodilla contra su intimidad era abrumadora, creando una mezcla de incomodidad y una inesperada excitación. Hace ya muchos años que no estaba en esa posición y en esa circunstancia con un hombre.

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