Capítulo 6 Los cómplices

Desde que se había divorciado de su marido, su vida íntima era inexistente, nula, por lo que el estímulo en su seno, en su humanidad y el recuerdo de la escena de cuando tocó sus propios labios para simular un beso formaban una secuencia en cadena que hacía que su piel ardiera y que su pulso se acelerara. Era como si dentro de su ser, una chispa se hubiera vuelto a encender, luego de que ya se había apagado. ¿Cómo podría explicarlo? Ese chico, de modo inesperado, era como el combustible que había propiciado que el fuego de su alma volviera a arder con temblante fulgor. En su piel recordaba el contacto físico de una pasión que pensaba olvidada y que yo no volvería a experimentar nunca más. Su cuerpo respondía de manera involuntaria, como prueba de que seguía viva y de que era una mujer que, reaccionaba, frente a una acción externa. Era cuestión de ciencia, una ley física a la que estaba siendo expuesta. Así, aunque la racionalidad la impulsaba a alejarse de la tentación que representaba ese joven. Su atención se enfocó en los delgados y rosados labios de ese muchacho. Estaba tan cerca que, al mínimo movimiento, podría tocarlos con los suyos. La proximidad de sus rostros creaba una tensión eléctrica en el aire. En ese momento suspendido en el tiempo, cualquier cosa parecía posible. Sin importar lo inmoral o incorrecto que fuera. Sus vellos se erizaron y su existencia se vio estremecida como un sismo de gran nivel por ese extraño. Fue ella la que intentó decir algo. Pero el ruido de voces acercándose por el pasillo interrumpió el momento. Era el grupo de amigos de Rebeca, riendo y hablando en voz alta mientras se dirigían a la cocina en busca de más cerveza.

Hoel le puso la otra mano sobre la boca, para evitar que hablara y delatara su presencia. Por suerte, habían quedado detrás del sofá y el celular y el libro, también estaban resguardados por el mueble.

Ambos recogieron sus piernas para asegurarse de que estuvieran cubiertos por completo y no ser capturados in fraganti. Los ojos de Hoel se encontraron con los de Helena. Era la primera vez que veían, como dos espejos que escondían un mundo desconocido que ahora se manifestaba ante su entendimiento. Eran como dos cómplices en medio de su crimen, en el que los gestos eran suficientes para entender todo lo que el otro le intentaba decir. En ese punto eran conscientes de la necesidad de mantenerse encubiertos por la forma en la que estaban. Una simple y pequeña distracción se había convertido en algo de mayor magnitud que podía ser explicado con sencillez. Pero no había por qué arriesgarse a malentendidos.

La tensión en el aire solo era captada por ellos dos. Los amigos de Rebeca, ajenos a la situación, continuaban su disturbio en la cocina, el sonido de botellas y vasos chocando llenaba el espacio. Respiraban con dificultad, tratando de no hacer ruido. Hacía demasiado calor y la fricción de sus cuerpos despertaba emociones extrañas en ambos. No era algo que podían controlar, solo era la respuesta de su anatomía frente al estímulo externo al que estaban expuestos.

Hoel mantenía su mano firme sobre la boca de ella, sintiendo el calor de su aliento contra su piel. El espacio detrás del sofá era estrecho y cada movimiento debía ser calculado para no revelar su escondite. Los minutos pasaron de forma lenta. Al final y luego de evitarlo, sucumbió a la emoción y no pudo retener la erección en su entrepierna que hacía presión contra el muslo de esa mujer. Sus mejillas se ruborizaron por la vergüenza y por la pena que le provocaba tal acción. En verdad no quería que pensara que era un pervertido o que tenía malas intenciones. Solo era algo que ya no podía controlar. Tragó saliva, fundiéndose en la mirada marrón de esa señora. Su intento de levantarse era en vano, pues sus brazos se habían entumecido. Su talento solo se endurecía y se extendía más poco a poco. Además, la pantaloneta y el bóxer no eran sus mayores aliados, ya que no contenían su emergente vigor.

Helena podía escuchar el latido de su propio corazón; cada pulsación era más rápida y fuerte que la anterior. Ahora, podía percibir como la virtud de él se había despertado y se encontraba en el muslo de su pierna. No era ajena a cómo era la excitación de un hombre. No era una niña o una adolescente que recién estaba descubriendo el mundo de la sexualidad. Era una mujer madura, era madre y alguien que ya había recorrido ese camino a plenitud. Nada más estaba un poco sorprendido por cómo se habían desarrollado los hechos de una manera tan imprevista y atareada. Así, su expresión no se inmutó al estar expuesta a la erección de ese muchacho. Era un accidente y los dos estaban envueltos en esta escena. No había culpas, ni agresiones, solo dos personas que se habían distraído por un momento.

Los murmullos y risas en la cocina eran un constante recordatorio de que no podían permitirse el lujo de ser descubiertos. Después de lo que pareció una eternidad, conteniendo su excitación, evitando moverse en lo más mínimo, las voces comenzaron a alejarse. El grupo se dirigió de nuevo hacia la piscina, llevando consigo el bullicio de la fiesta.

Hoel relajó su palmar y la retiró de la boca de Helena, permitiéndole respirar con más libertad. Ambos se miraron de nuevo, esta vez con una mezcla de alivio y relajación. Apretó su diestra derecha por reflejo y percibió como si una gran bola de algodón, suave y agradable, se amoldara a su agarre. Fue entonces cuando el sutil jadeo de esa mujer lo hizo despertar de su trance en el que todavía estaba inmerso.

Entonces notó que le había apretado el enorme busto, mientras que su rodilla estaba tocando la intimidad de ella. Había estado tan distante de la realidad, que solo se había concentrado en la belleza que ostentaba. Tragó saliva y una corriente eléctrica viajó por su anatomía. Así, con toda su fuerza de voluntad y determinación, se puso de pie con su respiración pesada.

Hoel observó como la señora Hall tenía un brazo en el vientre y el otro sobre la frente. Divisó el cuerpo completo y la curvilínea figura que tenía. Esa cadera ancha y el pecho de gran tamaño, complementado por la piel blanca y esa expresión alterada con las mejillas sonrojadas y sentidas, por como habían estado, se grabó en su retina de forma instantánea.

Debía confesar que poder apreciar tal imagen de esa mujer así de hermosa y sensual era una obra de arte que cualquier hombre desearía ver. Además, eso no ayudaba a controlar su vigor. No recordaba que su entrepierna estuviera tan endurecida por nadie, nada más en las mañanas, cuando recién se despertaba.

En su pantaloneta se manifestaba la rigidez de su atributo que alzaba la tela de su prenda. Ella era tan blanda, curvilínea y hermosa que solo le provocaba malos pensamientos. Si la hubiera conocido en otras circunstancias, lo más probable era que no imaginara tantas cosas perversas.

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