Capítulo 7 Las reacciones
Helena divisó a ese muchacho estando de pie. En realidad, era más alta que ella, pese a ser más joven. Pero eso era algo normal. Su vista marrón se posó en la erguida protuberancia que se la marcaba a él. Había estado sintiendo tal longitud en su muslo. Sin embargo, al contemplarlo, se notaba de mayor tamaño. Por algún motivo, no podía hablar, ni colocarse de pie. Su cuerpo estaba ardiendo por el peso de alguien atlético y esbelto al que había estado expuesta. No recordaba la dureza, tacto y vigor de un hombre desde hace tantos años que había olvidado que eran así de rígidos y firmes. Sin mencionar que su ser había respondido a él. Era una libertina e inmoral. ¿Cómo era que estaba caliente por un niño? Era una degenerada que se iría al infierno.
Hoel extendió su brazo hacia Helena para ayudarla a levantarse. Su mano temblaba de manera involuntaria por el nerviosismo que las emociones que aún seguía experimentando le causaban.
—Lo siento —dijo Hoel cuando ella estuvo de pie.
Hoel no comentó más nada. Dio un paso hacia atrás, desviando la mirada de la señora Hall. Sabía que, si seguía mirándola, su excitación no desaparecería, por más que lo deseara. Caminó por la sala de estar y llegó hasta la puerta principal, que abrió para salir al patio delantero. El viento fresco de la tarde era su aliado para calmar su fervor y su estímulo. Cada parte de él estaba caliente y un poco sudada. Necesitaba apaciguar su ímpetu y volver a la normalidad.
Afuera, el sol de la tarde bañaba el jardín con una luz dorada, mientras una suave brisa jugaba con las hojas de los árboles. Hoel se apoyó en la barandilla del porche y cerró los párpados, inhalando de manera intermitente. Poco a poco, su respiración se fue estabilizando y su corazón dejó de latir con tanta intensidad. El sonido lejano de la fiesta aún llegaba a sus oídos, pero allí, al aire libre, todo parecía menos abrumador. Recordó la expresión de la señora Hall antes de que todo se interrumpiera, la sorpresa en sus ojos cuando las voces los obligaron a esconderse. ¿Qué habría querido decir ella? Ahora, sin la presión inmediata de ser descubiertos, se sentía un poco avergonzado por su reacción impulsiva de haberla silenciado. Había actuado por instinto, pero eso no justificaba su comportamiento brusco. Se preguntó qué pensaría ella ahora. Aunque no la conocía, había algo en la situación que le había hecho sentir una conexión, aunque fuera momentánea y circunstancial. Al menos quería disculparse de forma adecuada.
El ambiente seguía refrescándolo y calmándolo, disipando el calor que lo había envuelto. Luego de un rato se enderezó y se dirigió de nuevo a la casa. Entró con pasos nerviosos. ¿Ella seguía allí o ya se había ido? Caminó por el pasillo hasta la sala de estar, donde no había nadie. Respiró aliviado.
Helena asintió ante la disculpa del joven. Pero cuando quiso responderle, él ya se había girado y se empezaba a alejar. Extendió su brazo para detenerlo y quiso hablarle. Sin embargo, se vio interrumpida por la ama de llaves.
—Ya está listo su baño de espumas, señora Hall.
Helena se quedó viendo cómo aquel muchacho salía al jardín delantero, después de haber estado en esa situación comprometedora. Pero ya no podía hacer nada.
—Enseguida voy —dijo ella con resignación.
Helena dio un paso para marcharse. Pero recordó su celular y también el libro que él estaba leyendo. Si su memoria no le fallaba, era una de las novelas que estaban en su biblioteca. Además, él había bajado del segundo nivel, por lo que era posible que viniera de allí. ¿Quién era ese muchacho? Se le iba a caer la cara de vergüenza por lo que había pasado entre ellos. Suspiró con agotamiento. Recogió su móvil y el texto del suelo. Subió las escaleras hacia su recámara. La escena de lo que había pasado se repetía en su cabeza. Mientras caminaba hacia su cuarto, la inquietud de lo ocurrido la abarcaba. Cerró la puerta detrás de ella y se detuvo unos instantes, tomando una profunda respiración. Sus pensamientos giraban en torno a la inesperada conexión y excitación que había despertado en su alma. Su entrepierna estaba acalorada y sentía un anormal hormigueo. Recogió su falda y llevó su mano derecha a su intimidad, tocándose por encima de su blandura con el anular y el medio. Las yemas de sus dedos se humedecieron con ligereza por un fluido transparente y espeso que brotaba de su virtud. Sus párpados y sus pupilas se ensancharon al ver cuánto se había excitado, solo por el contacto con ese muchacho. Ni siquiera en su juventud había sido tan sensible que su cuerpo se hubiera lubricado con solo el peso de aquel joven. En ese momento, la escena revivió en su mente. El recuerdo de la presión de la mano en su pecho, la rodilla contra su intimidad, la proximidad de sus labios, la dureza del talento en su muslo, el calor del ambiente que los rodeaba, el cuerpo esbelto, todo volvía con una intensidad que hacía que su piel ardiera y su pulso se acelerara. Negó con la cabeza y despejó sus ideas. Debía estar loca, perdiendo la cordura por haberse estimulado de esa forma por ese chico y seguir rememorándolo de manera tan lujuriosa.
Helena dejó sus pertenencias en la mesita de noche. Aún la abrazaba un sentimiento de ardor en la piel. Estaba acalorada, pese a que en el ambiente el aire acondicionado refrigeraba la habitación. Se despojó de su atuendo, uno por uno, con movimientos lentos y deliberados. Su figura curvilínea quedó expuesta con su ropa interior, revelando sus envidiables atributos. Su pecho y sus glúteos, de gran volumen, destacaban de manera voluptuosa, resaltando sus encantos femeninos. Era de talla extra, y sus curvas solo acentuaban su presencia imponente y su elegancia natural.
Con cuidado, se retiró las prendas restantes y se cubrió con una bata suave y lujosa. Se colocó un gorro para proteger su cabello y entró al baño, donde la atmósfera cálida y aromática la envolvió. Había regresado a la mansión porque había tenido malestares, pero todo eso se le había olvidado por su encuentro con ese chico desconocido.
Se sumergió en la bañera de espumas, dejando que el agua la rodeara y las burbujas acariciaran su piel. Sin embargo, ni siquiera así la sensación de calor desapareció de ella. Cerró los ojos y, en lugar de relajarse, su mente volvió una y otra vez a la escena con el muchacho. El recuerdo del contacto de ese chico en sus virtudes. La manera en que le había tapado la boca, sintiendo el roce de los dedos en ella. La proximidad de sus labios la mantenía en un estado de excitación y nerviosismo.
Ese rostro hermoso, con ojos azules intensos y su barba ligera, aparecía una y otra vez en memoria. No podía olvidar cómo su mirada la había atrapado, cómo su cuerpo había respondido al contacto inesperado.
