De vuelta al infierno.

Mario me arrastra del coche por el brazo.

Sigue maldiciendo en varios idiomas mientras caminamos.

Una vez dentro, en una enorme sala de estar, me empuja y tropiezo, cayendo al suelo.

Me levanto.

—Loco— gimo.

—Maldita perra— se acerca a mí furioso, agarrándome del cuello mientras empieza a estran...

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