Capítulo 1 El aliento de las sombras

La nieve no caía. Se deslizaba.

Como si el cielo mismo tuviera miedo de tocar la tierra maldita donde ella vivía.

Misty observaba desde el umbral de la cabaña de piedra negra cómo los copos se detenían a unos centímetros del suelo y se deshacían en un suspiro de vapor oscuro. Su magia. Siempre su magia. Incluso cuando no la invocaba, incluso cuando intentaba contenerla entre los dientes y bajo las uñas, el poder se filtraba. Corrompía. Ennegrecía. Convertía la pureza del hielo en algo que los hombres de Eldoria llamarían abominación.

Ella lo llamaba supervivencia.

El viento de las fronteras aullaba entre las grietas de las montañas como un animal herido. Misty apretó el chal de lana gruesa contra el pecho y sintió el latido familiar bajo la piel: ese segundo corazón oscuro que nunca descansaba. Latía más despacio cuando estaba sola. Más profundo. Como si esperara.

Siempre esperaba.

Entró de nuevo en la cabaña. El fuego de turba ardía bajo, apenas suficiente para mantener el frío a raya. Las paredes estaban cubiertas de runas trazadas con su propia sangre diluida en agua de deshielo. Protecciones imperfectas. Recordatorios constantes de que el mundo exterior la odiaba con una pureza que ella nunca podría alcanzar.

Se arrodilló frente al cuenco de piedra negra. Dentro, tres gotas de su sangre todavía humeaban, negras como tinta antigua. El ritual de la noche anterior. Había sentido a la bestia acercarse a la aldea de abajo. Un niño gritando. El olor a miedo. Y ella, como siempre, no había podido quedarse quieta.

Había usado la magia sucia.

Había salvado al niño.

Y ahora el precio se cobraba en forma de silencio. Nadie vendría a agradecerle. Nadie vendría a preguntar si estaba bien. Solo el eco de pasos alejándose y el susurro de “la hechicera de las sombras” dicho con el mismo tono con el que se nombra a la peste.

Misty cerró los ojos.

El poder se removió dentro de ella, cálido y viscoso, como miel oscura que quería derramarse. Sintió el tirón familiar hacia el norte. Hacia el corazón del Reino de Hielo. Hacia Eldoria. Hacia el trono de cristal negro del que todos hablaban en voz baja.

Hacia él.

No sabía su nombre todavía. Solo había oído los susurros de los comerciantes que pasaban de lejos: el príncipe heredero. El maldito. El que no podía tocar sin destruir. El que caminaba entre su corte como un dios de hielo al que nadie se atrevía a rozar.

Misty abrió los ojos y miró sus propias manos.

Dedos largos, pálidos, con las uñas teñidas de un negro permanente que ninguna hierba podía borrar. Manos que habían salvado y que habían condenado. Manos que nunca serían tocadas con ternura.

¿Qué se sentiría, se preguntó, que alguien extendiera la mano hacia ella sin miedo?

La pregunta la dolió más de lo que debería.

Se levantó. El movimiento hizo que el chal se deslizara de un hombro, dejando al descubierto la clavícula marcada por una antigua cicatriz de magia. El aire frío la besó allí. Ella no se cubrió. Dejó que el frío entrara. Dejó que le recordara que todavía estaba viva.

Fuera, la noche se espesaba.

Y entonces lo sintió.

No un sonido. No un olor. Algo más antiguo. Una vibración en el aire, como si el mundo mismo contuviera la respiración.

Misty salió de nuevo.

Desde el risco donde se alzaba su cabaña se dominaba el camino de los comerciantes, ese hilo plateado que serpenteaba entre las montañas hacia Eldoria. Y esa noche, por primera vez en meses, el camino no estaba vacío.

Una comitiva.

Antorchas de hielo eterno que no se consumían. Caballos de pelaje blanco como la nieve no tocada. Y en el centro, montado en un corcel negro que parecía tallado de la propia oscuridad, un hombre.

Misty se quedó inmóvil.

El viento le golpeó el rostro, le revolvió el cabello oscuro contra los pómulos, pero ella no parpadeó.

Él iba descubierto. Sin yelmo. El cabello plateado le caía hasta los hombros, brillando bajo la luz de las antorchas como si estuviera hecho de luna rota. La capa azul oscuro se agitaba a su espalda. Y aunque la distancia era grande, Misty juró que podía sentir la temperatura del aire cambiar. Volverse más denso. Más peligroso.

Connor.

El nombre no lo sabía aún, pero el cuerpo sí. El poder dentro de ella se removió con violencia, como un animal que reconoce a otro de su misma jauría. El segundo corazón oscuro latió una vez, fuerte, doloroso, y luego se quedó en silencio absoluto. Como si esperara.

Ella contuvo la respiración.

Él giró ligeramente la cabeza.

No la miraba. No podía verla desde allí. Y sin embargo, durante un segundo interminable, Misty tuvo la certeza absurda de que él sabía que estaba siendo observada. Que sentía el peso de su mirada igual que ella sentía el peso de su existencia.

El aire entre ellos —kilómetros de nieve y viento y magia prohibida— pareció tensarse.

Misty sintió el pulso en la garganta. En las muñecas. Entre los muslos. Un calor vergonzoso e inesperado que no tenía nada que ver con el fuego de la cabaña.

Él continuó su camino.

La comitiva avanzó, lenta, regia, intocable.

Y Misty se quedó en el risco, con los dedos enterrados en la piedra negra hasta que le dolieron, respirando el aire gélido como si pudiera atrapar en los pulmones el eco de esa presencia.

Cuando la última antorcha desapareció entre las montañas, el silencio regresó.

Pero ya no era el mismo silencio.

Algo se había roto.

O algo se había despertado.

Misty volvió a entrar en la cabaña. Cerró la puerta. Se apoyó contra ella y cerró los ojos. El segundo corazón oscuro volvió a latir, más rápido ahora. Más hambriento.

Se llevó una mano al pecho, justo encima de ese lugar donde el poder esperaba.

—No —susurró para sí misma, con la voz ronca por el desuso—. No tú. No él.

Pero el cuerpo no escuchaba a la razón.

Esa noche, por primera vez en años, Misty soñó con frío.

No el frío que mataba.

El frío que llamaba.

Y en el sueño, una mano de piel pálida se extendía hacia ella a través de la oscuridad. No la tocaba. Solo esperaba.

Y ella, maldita sea, también esperaba.

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