Capítulo 2 El eco que no se apaga
El sueño no la abandonó al despertar.
Misty abrió los ojos en la oscuridad de la cabaña y el frío seguía allí, no el de las paredes de piedra negra ni el del viento que se colaba por las grietas, sino ese otro frío. El que había entrado en su pecho la noche anterior y se había instalado como un invitado que no tenía intención de marcharse. Latía junto a su segundo corazón. Más lento. Más profundo. Como si respirara con ella.
Se quedó inmóvil sobre el catre de pieles gastadas. El chal seguía enrollado alrededor de su cuerpo, impregnado del olor a humo de turba y a la magia residual que siempre dejaba en la ropa. Cada inhalación le traía el recuerdo del aire de la montaña cuando él pasó. Ese cambio casi imperceptible en la densidad del viento. Esa certeza absurda de que, por un instante, el mundo se había inclinado hacia ella.
Llevó una mano al pecho.
Los dedos rozaron la tela áspera justo encima del lugar donde el poder oscuro solía removerse con más fuerza. Ahora latía diferente. No con el hambre habitual de expandirse y corromper. Sino con una especie de reconocimiento. Como si hubiera olido algo que le pertenecía.
—Basta —susurró.
La palabra salió ronca, apenas un hilo de voz. La cabaña no contestó. Solo el crepitar bajo del fuego que se apagaba y el lejano aullido del viento entre los riscos.
Se levantó con lentitud. Los músculos le dolían de haber dormido tensa, como si durante toda la noche hubiera estado conteniendo algo. Encendió una nueva brasa con un gesto mínimo de magia. El poder respondió demasiado rápido, demasiado ansioso. Una chispa negra saltó de sus dedos y se clavó en la madera, dejando una marca irregular que humeó un segundo antes de apagarse.
Misty observó la marca.
Siempre dejaba marcas.
Siempre.
Se lavó el rostro con agua de deshielo guardada en un cántaro de piedra. El frío le mordió la piel, le aclaró la mente solo un poco. En el reflejo distorsionado del agua vio sus propios ojos: oscuros, rodeados de ojeras profundas, con ese brillo violáceo que aparecía cuando la magia había sido usada recientemente. El niño. El grito. La bestia de ojos amarillos que había bajado de las cumbres buscando carne fácil.
Había llegado tarde para evitar el miedo, pero no para evitar la muerte.
Recordó el momento exacto en que la magia se desbordó. Cómo el aire se espesó alrededor de sus manos. Cómo las sombras del bosque se alargaron y se retorcieron hasta formar una red que atrapó a la criatura. El olor a carne quemada por poder impuro. El silencio posterior. Y luego los gritos de la madre del niño, no de agradecimiento, sino de horror.
«No la toques. No dejes que te toque. Es de las sombras.»
Misty se pasó las manos mojadas por el cabello. Los mechones oscuros se le pegaron a la nuca. El agua corrió por su cuello, por la clavícula, por la cicatriz antigua que nunca terminaba de cerrarse del todo. Cada gota parecía llevarse un poco del calor residual del sueño. Pero no lo suficiente.
Salió de la cabaña cuando la primera luz gris comenzó a filtrarse entre las nubes bajas.
El paisaje de las fronteras era siempre el mismo y nunca igual. Nieve manchada de negro en los lugares donde su magia había tocado la tierra. Árboles retorcidos cuyos troncos parecían haberse torcido para alejarse de ella. Y más abajo, en el valle estrecho, la aldea que fingía no saber que ella existía.
Esa mañana había movimiento.
Hombres con antorchas todavía encendidas a pesar de la luz. Mujeres con los rostros cubiertos. El niño que había salvado estaba en brazos de su madre, envuelto hasta la cabeza. Misty se quedó en el risco, oculta entre las rocas negras, y observó. Nadie levantó la vista hacia ella. Nadie lo haría nunca. Pero ella vio cómo uno de los hombres señalaba hacia el norte, hacia el camino real, y cómo los demás asentían con gravedad.
La comitiva del príncipe.
Seguro que hablaban de eso. Del paso del heredero. Del hombre que no podía ser tocado. Del maldito de Eldoria que viajaba con una escolta que se mantenía a una distancia respetuosa, casi ritual.
Misty sintió otra vez ese tirón en el pecho.
Se obligó a bajar la mirada. A concentrarse en lo inmediato. Había que recolectar hierbas antes de que la nieve las cubriera del todo. Había que revisar las protecciones de la cabaña. Había que comer algo, aunque el estómago se negara.
Caminó hacia el pequeño claro donde crecían las plantas que toleraban su presencia. Las hojas estaban oscurecidas en los bordes, como siempre. Ella se arrodilló y comenzó a cortarlas con una daga de hueso. Cada movimiento era preciso, casi ceremonial. Mientras trabajaba, su mente no dejaba de volver al cabello plateado bajo las antorchas. A la forma en que la capa se agitaba. A esa sensación de que el aire mismo había cambiado de temperatura cuando él pasó.
¿Cómo se sentiría estar cerca?
La pregunta se formó sin permiso. Misty apretó los labios hasta que le dolieron. No. No iba a permitir que esa línea de pensamiento continuara. El príncipe de hielo era tan intocable para ella como ella lo era para el resto del mundo. Dos maldiciones que no debían encontrarse.
Y sin embargo…
El poder dentro de ella se removió, lento, deliberado. Como una lengua oscura que lamía el recuerdo. Misty sintió el calor subir por su cuello, por sus mejillas. No era vergüenza. Era algo más antiguo. Más peligroso. Una necesidad de saber. De medir la distancia exacta entre su magia y la de él. De descubrir si el frío que había sentido en el sueño podía realmente llamarla o si solo había sido el eco de su propia soledad.
Terminó de recolectar las hierbas. Volvió a la cabaña con los brazos cargados. Preparó un caldo amargo que apenas pudo tragar. Luego se sentó frente al cuenco de piedra negra y abrió una de las pequeñas heridas de su antebrazo con la punta de la daga. Tres gotas cayeron. El ritual diario de contención. El poder respondió de inmediato, ansioso, y por un momento las sombras de la cabaña se alargaron hacia ella como si quisieran abrazarla.
Misty cerró los ojos y dejó que el ritual la atravesara.
En esa oscuridad interna volvió a verlo.
No con claridad. Solo fragmentos. El perfil bajo la luz de las antorchas. La rigidez de los hombros bajo la capa. La forma en que los guardias se mantenían a una distancia exacta, como si el aire alrededor de él fuera una frontera invisible. Y luego, esa fracción de segundo en la que él había girado ligeramente la cabeza. Como si hubiera sentido algo.
Como si hubiera sentido la.
El poder se tensó dentro de su pecho. Misty abrió los ojos de golpe. La respiración le salió entrecortada. El cuenco temblaba ligeramente sobre la piedra. Las gotas de sangre se habían vuelto completamente negras.
—No —repitió, más firme esta vez—. No eres para mí. Y yo no soy para nadie.
Pero la frase sonó hueca incluso para sus propios oídos.
El resto del día se le escapó entre tareas pequeñas y silenciosas. Revisó las runas de las paredes. Reforzó las que se habían debilitado. Preparó un ungüento para la cicatriz de la clavícula que nunca terminaba de cicatrizar del todo. Cada vez que sus dedos rozaban esa piel sensible, el recuerdo del frío del sueño regresaba. Y con él, la imagen de una mano extendida en la oscuridad. Esperando.
Al atardecer volvió a salir.
El camino real estaba vacío otra vez. Solo quedaban las huellas de los caballos, ya medio borradas por el viento. Misty caminó hasta el borde del risco y se quedó mirando hacia el norte. Hacia Eldoria. Hacia el lugar donde el príncipe de hielo dormiría esa noche, rodeado de muros de cristal y de personas que no podían tocarlo.
Se preguntó si él también sentía el eco.
Si en alguna habitación de piedra fría un hombre de cabello plateado había cerrado los ojos y percibido, aunque fuera por un instante, la presencia de una magia oscura y prohibida mirándolo desde las fronteras.
La idea la hizo temblar.
No de miedo.
De algo mucho más peligroso.
El viento levantó su cabello y se lo pegó a los labios. Misty no lo apartó. Dejó que el frío le llenara la boca, la garganta, los pulmones. Dejó que le recordara lo sola que estaba. Y lo cerca que, de pronto, se sentía de algo que no tenía nombre todavía.
Cuando finalmente regresó a la cabaña, la noche ya era completa.
Encendió una sola vela. Se sentó en el suelo con la espalda contra la puerta y abrazó las rodillas. El segundo corazón oscuro latía con fuerza constante. Ya no intentaba expandirse. Solo esperaba.
Misty apoyó la frente contra sus rodillas y cerró los ojos.
En la oscuridad detrás de los párpados, el frío volvió a llamarla.
Y esta vez, aunque odiara admitirlo, ella respondió con un suspiro apenas audible. Un sonido pequeño. Íntimo. Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien hubiera dicho su nombre en voz baja y ella hubiera decidido escucharlo.
