Capítulo 3 La herida que respira
La noche no terminó cuando el sol intentó asomar detrás de las nubes bajas.
Para Misty, aquella oscuridad se había instalado dentro del pecho y se negaba a disolverse. El segundo corazón oscuro latía con un ritmo nuevo, más lento, más deliberado, como si hubiera aprendido una canción que solo ella podía oír. Cada pulsación traía consigo el recuerdo del aire cambiando de densidad, del cabello plateado bajo las antorchas, de esa fracción de segundo en la que el príncipe había girado la cabeza como si el viento le hubiera susurrado un secreto.
Ella se despertó con la respiración entrecortada y una mano apretada contra el esternón, justo donde el poder se arremolinaba. La piel bajo los dedos estaba caliente. Demasiado caliente para tratarse solo de sangre. Era el roce invisible de algo que la llamaba desde muy lejos.
Se quedó quieta en el catre, escuchando el viento golpear las paredes de piedra negra. El fuego se había apagado por completo. El frío de la cabaña se filtraba por cada grieta, le mordía los tobillos desnudos, le subía por las pantorrillas hasta el borde del camisón de lana gruesa. No se movió. Dejó que el frío la atravesara. A veces era la única forma de recordar dónde terminaba ella y dónde empezaba la magia.
Cuando por fin se levantó, las piernas le temblaron un instante. El cuerpo pesaba distinto. Como si durante el sueño hubiera cargado con una distancia imposible y ahora la distancia se negara a soltarla.
Encendió el fuego con un gesto mínimo. El poder respondió antes de que terminara de pensar la runa. Una llama negra, breve, voraz, saltó de sus dedos y se clavó en la turba. El olor a humo oscuro llenó la cabaña. Misty observó cómo la llama se volvía roja solo después de varios segundos, como si le costara aceptar las reglas del mundo ordinario.
Siempre le costaba.
Se lavó con el agua que quedaba en el cántaro. Estaba casi helada. Cada gota que resbalaba por su cuello, por la clavícula, por la cicatriz antigua, le provocaba un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. La cicatriz latía. Había empezado a latir la noche en que vio la comitiva y no había parado desde entonces. Como una segunda boca abierta bajo la piel, respirando el mismo aire que ella.
Misty se detuvo frente al pequeño espejo de metal pulido que había encontrado años atrás entre los restos de un convoy saqueado. El reflejo era imperfecto, distorsionado en los bordes, pero suficiente para mostrarle lo que no quería ver: los ojos demasiado brillantes, la boca ligeramente entreabierta, el pulso visible en la garganta. Parecía una mujer que había sido tocada por algo que todavía no tenía nombre.
Apartó la mirada.
No había tiempo para debilidades.
El día anterior había notado que las protecciones del lado norte de la cabaña se debilitaban. Las runas trazadas con su sangre se habían vuelto opacas, como si algo las estuviera lamiendo desde fuera. O desde dentro. Se arrodilló junto a la pared y pasó los dedos por las líneas negras. El poder respondió de inmediato, ansioso, y por un momento las sombras del suelo se alargaron hacia su mano como dedos hambrientos.
—Tranquilo —murmuró.
La magia no escuchaba palabras. Nunca lo había hecho. Solo respondía a la necesidad, al miedo, al deseo. Y últimamente el deseo se había vuelto más peligroso que cualquiera de los otros dos.
Trabajó durante horas. Cortó una nueva herida en la parte interna del antebrazo, dejó que la sangre cayera sobre las runas antiguas, susurró las palabras que su madre le había enseñado antes de que el exilio las separara para siempre. El ritual era doloroso. Siempre lo era. La magia entraba y salía de su cuerpo como una marea oscura, raspando las paredes internas de las venas, dejándola temblando y con la boca llena de un sabor metálico y dulce a la vez.
Cuando terminó, el sol ya había alcanzado su punto más alto detrás de la capa perpetua de nubes. Misty se quedó sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared recién reforzada, respirando con cuidado. El pecho le subía y bajaba demasiado rápido. Cada inhalación parecía traer consigo un hilo invisible que tiraba hacia el norte.
Hacia Eldoria.
Hacia él.
Se obligó a levantarse. Preparó un caldo con las hierbas del día anterior y un trozo de carne seca que ya empezaba a saber a polvo. Comió sin probar realmente. El estómago aceptaba la comida por costumbre, no por hambre. El verdadero apetito estaba en otra parte. Más abajo. Más adentro. En ese lugar donde el segundo corazón oscuro había decidido latir al ritmo de un recuerdo.
Por la tarde bajó al claro de las hierbas otra vez. Necesitaba más. Siempre necesitaba más. Las plantas que crecían cerca de su cabaña eran las únicas que toleraban la corrupción lenta de su presencia. Hojas negruzcas en los bordes, tallos retorcidos, flores que nunca terminaban de abrirse del todo. Misty se arrodilló entre ellas y comenzó a cortar con la daga de hueso.
El viento cambió de dirección.
Lo sintió antes de oírlo. Una corriente más fría, más limpia, que venía del camino real. Misty levantó la cabeza. A lo lejos, entre las grietas de las montañas, todavía se distinguían las últimas huellas de la comitiva. El viento las estaba borrando, pero no lo bastante rápido. Como si la tierra misma se negara a olvidar que él había pasado.
Se pasó la lengua por los labios secos.
¿Qué se sentiría estar lo bastante cerca como para oír su respiración?
La pregunta se formó sola. Misty cerró los ojos con fuerza, pero la imagen ya estaba allí: el hombre de cabello plateado, la capa oscura, la distancia exacta que todos mantenían a su alrededor. Y ella, en el risco, respirando el mismo aire que él había respirado segundos antes.
El poder se tensó dentro de su vientre. Caliente. Peligroso. Como una mano invisible que apretaba justo encima del hueso del pubis y luego subía, lenta, hasta el pecho. Misty soltó un sonido bajo, casi un gemido, y se inclinó hacia adelante hasta apoyar la frente en la nieve manchada. El frío le quemó la piel. No fue suficiente.
Se obligó a terminar la recolección. Volvió a la cabaña con los brazos cargados y la respiración todavía alterada. Dejó las hierbas sobre la mesa de piedra y se quedó mirándolas sin verlas realmente. El cuerpo le pedía algo que no podía darle. Movimiento. Contacto. Una respuesta a ese tirón constante hacia el norte.
Decidió salir una vez más antes de que anocheciera del todo.
Caminó hasta el borde del risco, más cerca esta vez. El viento le azotaba el rostro, le pegaba el cabello a la boca, le hacía llorar los ojos. Abajo, el camino real era solo una herida plateada entre la nieve. Vacío. Silencioso. Y sin embargo, Misty juró que todavía podía sentir el eco de los cascos, el peso de una presencia que había alterado el equilibrio de aquellas montañas.
Se arrodilló en la nieve.
No le importó que el frío le empapara las rodillas a través de la tela. Apoyó ambas manos en el suelo y cerró los ojos. Dejó que el poder se expandiera un poco. Solo un poco. Las sombras alrededor de sus dedos se alargaron, buscaron, olieron el rastro invisible que la comitiva había dejado. Y entonces lo encontró.
Un hilo.
Fino. Gélido. Vibrante.
No era magia de hielo propiamente dicha. Era algo más antiguo. Una marca residual. El rastro de un hombre que no podía tocar sin destruir y que, sin embargo, había dejado una huella que su magia de sombras reconocía de inmediato.
Misty inhaló temblando.
El hilo tiró de ella.
No con fuerza. Con paciencia. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para esperar a que ella decidiera seguirlo.
Abrió los ojos de golpe. La respiración le salía en nubes blancas y rápidas. El pecho le dolía. Entre las piernas, un calor vergonzoso e insistente latía al mismo ritmo que el segundo corazón. Se pasó una mano por el rostro y descubrió que tenía los labios entreabiertos, la lengua seca, la garganta apretada.
—No —dijo en voz alta, y la palabra se la llevó el viento—. No voy a seguirte. No voy a buscarte.
Pero el cuerpo no estaba de acuerdo.
Regresó a la cabaña cuando la oscuridad ya era completa. Cerró la puerta. Se apoyó contra ella y dejó que las piernas cedieran hasta quedar sentada en el suelo. El chal se le había resbalado de un hombro. La cicatriz de la clavícula latía a la vista, oscura y sensible. Misty la tocó con la yema de los dedos. El contacto le arrancó un escalofrío que recorrió toda la columna.
Esa noche no preparó el ritual de contención.
No tuvo fuerzas.
Se quedó sentada frente al fuego recién reavivado, con las rodillas contra el pecho y la mirada perdida en las llamas. Cada chispa le recordaba el brillo del cabello plateado bajo las antorchas. Cada sombra que se movía en las paredes parecía dibujar el perfil de un hombre que mantenía a todo el mundo a una distancia exacta.
Y en algún lugar muy dentro de ella, el segundo corazón oscuro seguía latiendo al ritmo de ese hilo invisible que ahora conocía.
Misty apoyó la frente en las rodillas y cerró los ojos.
El frío la llamó otra vez.
Esta vez no fue un susurro.
Fue una respiración.
Lenta.
Profunda.
Como si, a muchos kilómetros de distancia, alguien hubiera sentido el roce de su magia sobre el rastro que dejó y hubiera respondido sin palabras.
Ella no contestó.
Pero tampoco se tapó los oídos.
Y esa pequeña rendija, ese mínimo permiso, fue suficiente para que el eco se instalara todavía más hondo, allí donde el deseo y el miedo ya no sabían distinguirse el uno del otro.
